| Fuente de datos: Agencia de Noticias Argenpress Edición: 1556 |
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Escrito por Néstor Sappietro
Jueves, 23 de Julio de 2009 13:50
(APe).- Los pibes de la comunidad wichí se nos siguen muriendo como
si nada fuera.
Sucedió en General Mosconi, provincia de Salta.
Otro pibe fusilado por el hambre.
El hijo del cacique Lucio Juan tenía dos años. Murió por
desnutrición y forma parte de la oscura antología de la desidia.
Sin embargo, su muerte no produjo ningún escándalo.
Tal vez, con un poco de suerte, en estos días aparezca algún
informe televisivo que muestre el desamparo en el que viven las comunidades.
Al finalizar el informe esbozaremos algunos pordioses, ¡qué barbaridad!, ¿cómo
puede ser?... y después la indignación se esfumará cuando
el conductor pase sin solución de continuidad a “otro tema”.
Aparecerán entonces la recomendación del uso de un jarabe
expectorante, una toma de rehenes, una pomada hemorroidal que da asombrosos
resultados, un nuevo cambio de gabinete, las estrategias de la oposición
que no deja en claro a qué se opone, los 40 años de la llegada
del hombre a la luna, la modelo que sale con el jugador de fútbol,
los nuevos clones de Tinelli, las chicas de Berlusconi y la muerte de Michael
Jackson... Todo por el mismo precio. Todo envuelto en el mismo paquete.
La noticia del pibe de dos años fusilado por el hambre pasará fugazmente
por la pantalla para no poner en riesgo el rating... Se sabe, nadie quiere
andar viendo pobres por la tele.
Toda esta mezcolanza contribuye al olvido.
Toda esta fugacidad de las noticias, esta confusión entre lo que es
urgente y lo vacuo, hace que lo poco que aparece en los medios de comunicación
en referencia al genocidio que nunca acaba; se diluya, se pierda, se olvide...
El pibe que murió desnutrido en General Mosconi, era hijo del cacique
Lucio Juan.
El mismo cacique Lucio Juan que había aparecido el pasado 23 de junio
en el informe de la agencia de noticias Copenoa reclamando junto a diez comunidades
wichí, a la vera de la ruta nacional 34, mejoras en viviendas, salud,
trabajo genuino y que llevaba 30 días tomando una válvula de
gas que cruza su territorio poblado de precarias viviendas.
El mismo cacique Lucio Juan que mira impotente a las petroleras multinacionales
enriqueciéndose, con la anuencia del Estado, arrasando y saqueando
las riquezas naturales, contaminando el medio ambiente sin crear fuentes
de trabajo ni erradicar la pobreza.
El hijo de dos años del cacique Lucio Juan murió por desnutrición
diez días después de ese reclamo que no encontró una
respuesta estatal ni la necesaria repercusión mediática.
La doctora Mara Puntano, integrante de la Asociación de Abogados
de Derechos Indígenas de Argentina (AADI), se pregunta: ¿Quién
escucha el llanto de los niños con hambre en Salta? ¿Qué funcionario
responde por su desnutrición y muerte? ¿Qué fiscal o
juez promueve acción penal de oficio por la muerte de los niños
aborígenes ante el incumplimiento de los deberes de los funcionarios
públicos que debieron intervenir garantizando alimentos y asistencia
médica a la niñez...?
Las preguntas de la doctora no tienen respuesta.
O tal vez sí... La respuesta es que esas vidas no importan ni a los
funcionarios, ni a los fiscales, ni a los jueces, ni al Estado... ¿Y
nosotros? ¿Nosotros qué?
Nosotros corremos detrás de los escándalos que nos propone
la tele. Escándalos de poca monta. Escándalos de campaña
electoral. Noticias fugaces que nos entretienen. Nos distraen.
Mientras tanto; sucede el abandono, el escándalo verdadero, el de
los pibes fusilados por el hambre, el de las vidas que no garantizan un buen
rating.