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Movilizaciones mapuches e ideología neoliberal

Arauco Chihuailaf

Noviembre 2000.


En diciembre de 1997 estalló en Lumaco (provincia de Malleco) un agudo conflicto entre dos comunidades mapuches y la empresa Forestal Bosque Arauco. Esta empresa explotaba un fundo, con plantaciones de pino insigne, sobre el cual las dos comunidades pedían restitución de tierras aduciendo derechos ancestrales. Desde entonces los mapuches han concitado la atención de la prensa y de quienes habitualmente no se ocupaban del tema indígena. Mucha tinta ha corrido desde aquel instante. Menos abundante ha sido la solidaridad con quienes se confrontan a las empresas forestales. Sin embargo, la movilización por la tierra no es nueva, ella ha marcado la historia mapuche de este siglo.

Ante los «ojos modernos», las reivindicaciones mapuches aparecen hoy como excesivas y desfasadas. Entonces, excedidos por tanta osadía de «la indiada» no han resistido al desbordamiento de sus prejuicios contenidos. El lenguaje se ha remozado. Si en el siglo XIX fueron los “bárbaros”, “salvajes”, “brutos”, ahora son los «manipulados», los «violentistas», una «minoría contumaz». No escapará, suponemos, la carga ideológica de este vocabulario acuñado con los mismos prejuicios, el mismo menosprecio de siempre. Pero el léxico no es aquí nuestro objetivo. Un elemento central para un debate de fondo sería plantear cuál ha sido la situación mapuche (tierra, educación, discriminación) en el marco de la sociedad chilena de este siglo. Mas quienes impugnan las movilizaciones mapuches han preferido recurrir a argumentos preeminentemente ideológicos. Es el caso del historiador S. Villalobos en sus artículos de El Mercurio (mayo y septiembre 2000). En esos artículos hace gala de un florilegio de afirmaciones, entre otras: «los llamados araucanos no son más que mestizos», los «recalcitrantes» al castellano constituyen una «curiosidad», hubo «indios» que marcharon junto a los españoles contra sus «hermanos de sangre», «colaboraban con las fuerzas hispano-criollas y luego chilenas», los más «indolentes, con escasa capacidad y rutinarios … se refugian en la protesta y el alcohol», «hay que crear el sentido de la responsabilidad y del esfuerzo individual, en lugar de esperar el maná del Estado benefactor», etc.

No estamos aquí en el ámbito de la historia, sino en el terreno de las opciones ideológicas.

Para hablar sin rodeos (y refiriéndonos a los arts. mencionados): los «indios» molestan, sobre todo en un contexto en que el neoliberalismo económico se presenta como la vía inevitable hacia la modernización fundamentada en el mérito individual y arrojando las iniciativas colectivas a los escombros del pasado.

Ayer como hoy, los «indios” han constituido “un problema” para los detentores del aparato económico e ideológico. En el siglo precedente se recurrió tanto a la guerra para descartar a los indígenas «insumisos» de la sociedad «civilizada» como a los «agasajos», «sueldos», etc. para seducir a otros. Todos los medios eran válidos. Y las contradicciones asomaron como en toda sociedad. Pero los «araucanos», pese a todo, sobrevivieron.

Hoy como ayer se recurre a la línea divisoria. Hoy, están los «indolentes» y adictos al alcohol y los «responsables» e «inteligentes» que han aceptado la «práctica de una tecnología moderna».

En este siglo se ensayó la «integración», la «asimilación», y aquéllos cuya imaginación fue más desbordante tuvieron la idea de relegarlos a tierras australes. Pero los indios resultaron testarudos pues tras haber «aceptado la dominación», allí están nuevamente reivindicando tierras, haciendo Nguillatunes, reclamando el derecho a la identidad cultural. Desde septiembre de 1973, la dictadura recurrió a métodos más expeditivos: la eliminación física y, en otros casos (tal vez para no dejar rastros) quiso imponer la eliminación legal: las tierras divididas dejarían de considerarse «tierras indígenas, e indígenas a sus ocupantes» (Decreto-Ley de 1979).

Ahora, envuelto con el manto de la historia (la historia no mapuche) se ha afirmado que las movilizaciones por la tierra carecen de fundamento, sobre todo porque al aceptar la dominación «renunciaron a sus derechos ancestrales». Veamos algunos argumentos esgrimidos por el profesor Villalobos.

La aceptación de la dominación. Si es el caso, habría que interrogarse sobre el sentido de: «un siglo de guerra» (si aceptamos la tesis de S. Villalobos); las malocas del siglo XVIII; los levantamientos de 1723 y 1764; la participación araucana en la Guerra a Muerte (1818-1824) y en las guerras civiles de 1851 y 1859; la «guerra de exterminio» (1867), como la calificó la prensa de la época, (asesinatos, robos, asaltos); las luchas encabezadas por Mañil y luego Quilapán; el levantamiento de 1881 que culminó con la eufemísticamente llamada «Pacificación de la Araucanía» llevada a cabo por el ejército; las luchas de las diferentes organizaciones mapuches a lo largo de este siglo. ¿Significa eso «aceptar» la dominación»? Sería una curiosa manera de aceptarla.

Chile, un país «unitario». Ha sido la «mejor característica de su historia» y debe «ser su destino». Entonces, «ni autonomía ni bandera diferente…» dice S. Villalobos. Loable propósito. A condición de no olvidar que la historia de esa «unidad» no estuvo exenta de contradicciones y antagonismos entre sectores hegemónicos que llevaron a guerras civiles en el siglo XIX. Es decir, no hubo «frente unido». La carencia de frente común, por lo tanto, no ha sido peculiaridad mapuche, como tampoco la «colaboración». Respecto a ésta última, algunos chilenos que la practicaron en contra de sus «hermanos de sangre» en el Chile dictatorial, nos entregan una triste ilustración reciente. Y hay quienes convierten la «unidad nacional» en credo!

Habría que interrogarse, por otro lado, acerca de los arquitectos de esa «unidad» que encuentra en el siglo XIX su fundamento nacional y cultural; fueron las elites de entonces las que buscaron darle sustancia conforme, desde luego, a su concepción de la sociedad. El discurso historiográfico contribuyó a ello. Las capas populares quedaron ausentes de la construcción de esa «unidad» y para los mapuches ha representado un proceso compulsivo.

Más que la «unidad» así concebida sería más promisorio que en los albores del siglo XXI se abriera la vía a una pluralidad de culturas para que todos los componentes de la «nación» fueran actores de un destino común en el cuadro de una nueva democracia.

«Desarrollo desigual» de las culturas. Nada parece más natural que las culturas «menos evolucionadas» caigan en la tentación de disfrutar de los progresos de la cultura más «avanzada». Quién podría impugnar explicación tan lógica! Pero de una lógica aparente, pues este postulado requiere una condición: olvidar que la «civilización material» implicó un costo humano considerable, para ello habría que empezar escamoteando el significado de la Conquista (¿sólo las armas significaron agresión?).

«Curiosidades» lingüisticas. Los pocos y «recalcitrantes» hablantes de mapudungun son clasificados en el estante de las «curiosidades». ¿Por qué? ¿El mapudungun tendría una connotación de atraso o un atributo vergonzante? ¿Acaso se quiera sugerir que la conversión absoluta al castellano sería el requisito indispensable para acceder a la supuestamente única vía de despegue posible: el neoliberalismo?

Mirado desde otro ángulo: ¿no habría que considerar la “curiosidad” lingüistica y otras «curiosidades» como el Nguillatun, el Machitun, como signos identitarios? La respuesta de los neoliberales podemos imaginarla.

Además, la idea acerca de los «recalcitrantes» que no renuncian a su idioma supone un requisito: pasar por alto el tema de la identidad cultural presente hoy en los movimientos socio - culturales y en la elaboración discursiva latinoamericana.

En este siglo ha habido una proliferación de las «curiosidades». México se reconoce constitucionalmente como nación multiétnica, la Constitución colombiana de 1991 reconoce el multiculturalismo así como las lenguas y dialectos de los grupos étnicos junto al castellano. En Nicaragua, el régimen autonómico se definió en 1987. Y qué decir de las «curiosidades» europeas! Las autonomías españolas (uso del idioma, de una bandera, radios, canales de televisión) no ha impedido a España actuar como un sólo país en el concierto internacional. Suiza tiene cuatro cantones y cada uno con su idioma. En Francia, las llamadas lenguas minoritarias aún gozan de salud; todavía se habla, por ejemplo, bretón, occitano, alsaciano, vasco, provenzal, incluso un periódico del sur publica artículos en lengua regional. En Bélgica se habla francés y flamenco.

La vieja Europa ¿se habrá vuelto loca? Y qué decir del admirado e imitado Estados Unidos en donde no hay una lengua constitucionalmente reconocida. Habrá que cambiar de paradigma para conservar nuestro monolitismo cultural y eliminar las «curiosidades» lingüísticas. (Acaso sea ésta una de las razones que haya llevado al Parlamento a no ratificar el convenio 169 de la O.I.T., conduciendo al Estado chileno a situarse entre los pocos que se resisten a firmarlo).

Otro elemento que no debemos perder de vista: la globalización ha reanimado los movimientos identitarios.

Tierras «mal aprovechadas». Quienes miran con «ojos modernos», es decir, los apóstoles del neoliberalismo económico a ultranza que todo lo miden en términos de rentabilidad y que todo lo mercantilizan, lamentan (¿o reprochan?) que los mapuches no hayan sacado todo el provecho posible de sus tierras. Pero olvidan que otros han sacado tanto provecho de las tierras que nadie ignora hoy los estragos de la desforestación (como tampoco han trepidado en la explotación irracional de las riquezas del mar). Con mayor razón olvidan que los mapuches fueron arrinconados en las tierras más improductivas. Y, por supuesto, no se dice una palabra acerca de las formas de enajenación, desde el siglo XIX, de las tierras indígenas. Esto es secundario para quienes develan, en este argumento, el viejo gesto etnocéntrico: mirar toda diferencia («derechos ancestrales», lengua, etc.) como un retraso y no como un rasgo caracterizador de un grupo o de un pueblo.

 Tras el argumento de las tierras «mal aprovechadas», se perfila el verdadero objetivo de los impugnadores de las movilizaciones mapuches. Por una lado, justificar la imposición de la lógica económica que la llamada globalización ha puesto en marcha hoy en todas partes; es la lógica productivista cuyo fetiche es el mercado. Por otro lado, buscan advertir, en el plano político, acerca de las connotaciones y repercusiones de las acciones mapuches.

¿Qué les queda entonces a quienes no contienen su hostilidad a las movilizaciones mapuches? ¿Qué hacer para desarraigarles a estos «indios» la reclamada identidad y desbaratar sus «derechos ancestrales»? Insinúan ya un recurso: el discurso del mestizaje.

Los mestizos suceden a los araucanos. Podría obviarse el problema reconociendo que ya no hay «araucanos» o mapuches, sino sólo sus «descendientes mestizos» (como se señala en los mencionados arts. de El Mercurio). Por esta vía ya no podrían reclamar antiguos derechos ni una «identidad cultural». La dificultad es que estos «mestizos» siguen creyéndose mapuche. Y como esto ya implica sentimientos de pertenencia, conciencia de identidad, el problema se complica. Habrá que dar pruebas de imaginación para resolverlos en el siglo XXI.

Por añadidura, estos «mestizos» carecen de realismo pues con un procedimiento «contumaz» (movilizaciones) no han hecho sino espantar a los «inversionistas nacionales y extranjeros». Qué afrenta al «modelo» económico! En lugar de empujar las puertas del futuro que ofrece el mundo neoliberal, se empantanan en un pasado aferrándose a «derechos ancestrales» inexistentes según algunos preconizadores del neoliberalismo.

Pero invocar el discurso del mestizaje podría comportar un riesgo: ¿estos «mestizos» no se convertirían en pesadilla de tantos que, sin mirarse en el espejo, se reclaman de antepasados de pura cepa europea? Muy probablemente abalanzarían sobre ellos los estigmas con que marcaron al «indio», más aún tratándose de una sociedad que no ha hecho del mestizaje uno de sus componentes valorizadores.

El recurso de la afrenta. El prof. Villalobos al recurrir a la afrenta: adictos al alcohol, indolentes, minoría contumaz, etc. reproduce la más pura tradición ideológica conservadora metamorfoseada hoy (el menos en lo concerniente a los adjetivos peyorativos) en neoliberalismo. Ese recurso se ha manejado a gusto desde el siglo pasado. Y es hoy una manera de esquivar lo fundamental. Los mapuches esencialmente reivindican hoy: derechos territoriales, el respeto y el desarrollo del patrimonio cultural, el reconocimiento de la diversidad cultural que conlleva el reconocimiento de Chile como nación multiétnica, el ejercicio de sus derechos en un marco de autonomía.

Si una justificación tiene ahora apelar a la historia, es para recordar que estas reivindicaciones forman parte de una deuda histórica del Estado chileno para con los mapuches.

Que los neoliberales no induzcan, entonces, al equívoco confundiendo los planos del debate y presentándonos con ribetes de historia lo que no es sino alegato ideológico.
 
 


Véase también
Artículos de Sergio Villalobos (1) (2)
Réplica de Jorge Calbucura
Réplica de Danilo Salcedo Vodnizza
Réplica de Marcos Valdés 
Réplica de José Mariman