“Las
exequias que los Ranqueles han hecho al cacique Mariano Rosas, muerto hace
unos días han sido verdaderamente regias. El cuerpo de Mariano ha
estado expuesto a la puerta de su toldo por espacio de veinticuatro horas
y lo rodeaban más de doscientas mujeres que lloraban como las antiguas
plañideras. Todos los objetos de que se servía en vida, estaban
a su cabecera, es decir el apero, lazo, boleadoras, etc. A las veinticuatro
horas después de haber dejado de existir fue llevado a su última
morada, acompañándolo todos los indios de Ramón, de
Caiomuta, de Epumer y Baigorria [Baigorrita]. Las mujeres lloronas,
seguían las angarillas, en que iba conducido por cuatro mocetones.
Llegado que hubo el cortejo al sitio donde debía ser sepultado el
cadáver, varios cautivos e indios procedieron a abrir un gran hoyo.
Mientras unos hacían esta operación, otros degollaban tres
de sus mejores caballos del finado y una yegua gorda. Después de
haber concluido de abrir el hoyo, se hicieron las ceremonias de estilo.
En la fosa se sepultaron los caballos, la yegua, varias prendas del finado,
etc., para que pueda emprender el largo viaje con felicidad. Encima de
todo se puso el cuerpo de Mariano, y los primeros que echaron tierra sobre
su cadáver, fueron los capitanejos. En ese mismo lugar han pasado
dos días, las mujeres llorando, y los hombres desechando penas,
es decir emborrachándose. He aquí como cumplen sus últimos
deberes los hijos de la Pampa.”
Así
anunciaba el periódico La América del Sur el 26 de
agosto de 1877, la muerte del cacique ranquel Mariano Rosas. ¿Quién
fue este personaje, a quien se brindaban honras fúnebres de tal
importancia? Estas ceremonias sólo se realizaban a la muerte de
aquellos hombres que habían ocupado un lugar sobresaliente en la
sociedad indígena.
Mariano
Rosas, cuyo nombre ranquel era Paguithruz,había
muerto pocos días antes, 18 de agosto, en Leubucó. Era el
cacique principal y autoridad indiscutida del gran cacicato ranquel que
controlaba las tierras de la pampa central, la zona del monte, mamuel
mapu en la lengua araucana. Leubucó, en el corazón del
territorio, era el centro político del cacicato y la sede del gobierno
de Mariano. El gran cacique tenía entonces unos 52 años y
gobernaba el cacicato desde 1858, cuando había sucedido a su hermano
mayor, Calvaiu, muerto de forma trágica al explotar accidentalmente
un cajón de pertrechos militares. Ambos eran hijos de otro gran
cacique ranquel, Painé, fundador de la dinastía conocida
por el nombre del linaje al que pertenecían, los Güor.
Disponemos
de un magnífico retrato del cacique escrito por Lucio V. Mansilla
quien unos años antes, en 1870, había visitado a Mariano
Rosas en su toldería de Leubucó, empresa que inmortalizó
en su libro Una excursión a los indios ranqueles. Nos dice
allí
“El
cacique general de las tribus ranquelinas tendrá cuarenta y cinco
años. [...] Es delgado, pero tiene unos miembros de acero. Nadie
bolea, ni piala, ni sujeta un potro del cabestro como él. Una negra
cabellera larga y lacia, nevada ya, cae sobre sus hombros y hermosea su
frente despejada, surcada de arrugas horizontales. Unos grandes ojos rasgados,
hundidos, garzos y chispeantes, que miran con fijeza por entre largas y
pobladas pestañas, cuya expresión habitual es la melancolía,
pero que se animan gradualmente, revelando entonces orgullo, energía
y fiereza; una nariz pequeña, deprimida en la punta, de abiertas
ventanas, de líneas regulares y acentuadas; una boca de labios delgados
que casi nunca muestran los dientes, marca de astucia, una barba aguda
manifestación de valor, y unas cejas vellosas, arqueadas, entre
las cuales hay siempre unas rayas perpendiculares, caracterizan su fisonomía,
bronceada por naturaleza...”
Paguithruz,
bautizado años después como Mariano Rosas, había nacido
hacia 1825. Era elsegundo hijo
de Painé, quién gobernó el cacicato ranquel entre
1838 y 1844. Su madre, cuyo nombre no conocemos, fue seguramente la primer
esposa de Painé. Poco sabemos de su infancia, aunque no debió
ser muy distinta de la de otros niños. En la sociedad indígena,
los varones comenzaban, desde los primeros años de vida, a prepararse
para las que serían las actividades principales en sus años
adultos: la guerra y las labores pecuarias. Así, debían aprender
a cuidar el ganado, a montar,enlazar,
manejar armas – en especial las boleadoras - a cazar, a cuerear, trozar
y salar la carne de los animales. También debían colaborar
en las tareas cotidianas de la toldería, ayudando en la preparación
de los alimentos, buscando agua y leña, manteniendo el fuego, participando
en las tareas de limpieza, retirando sobre cueros la basura acumulada.
Cuando eran un poco más grandes, participaban en actividades más
complejas, a veces muy lejos de sus tolderías: cuidaban las caballadas
de reserva durante los malones o las grandes cacerías, ayudaban
a arrear los ganados, actuaban como emisarios o chasques, acompañaban
a las partidas que salían a comerciar, a participar en juntas y
parlamentos, a asistir en las grandes ceremonias colectivas. Todas y cada
una de estas actividades constituían un aprendizaje para la vida
adulta.
En
1834, cuando tenía apenas unos nueve años, Paguithruz fue
tomado prisionero por una partida militar-
otras fuentes lo atribuyen a indios del
cacique Llanquelén quién en 1831 se había separado
de los ranqueles. El niño se encontraba junto con otros en la laguna
de Langheló cuidando la caballada en espera del regreso del malón
que llevaban adelante Painé junto a Pichuín sobre el pueblo
de Rojas en la provincia de Buenos Aires. Mansilla, refiere estehecho
que fue importante en la vida del pequeño:
“Mariano
Rosas y sus compañeros de infortunio fueron conducidos a los Santos
Lugares. Allí permanecieron engrillados y presos, tratados con dureza,
cerca de un año, según sus recuerdos [...]
un día los llevaron a presencia del dictador don Juan Manuel
de Rosas. Interrogándolos minuciosamente, supo éste que Mariano
[...] era hijo de un cacique principal de mucha nombradía. Le
hizo bautizar, sirviéndole de padrino, le puso Mariano en la pila,
le dio su apellido y le mandó con los otros de peón a su
estancia del Pino.”
Así
Paguithruz tomó el nombre con que lo inmortalizó la historia,
que él mismo adoptó, y con el cual firmaba su correspondencia,
Mariano Rosas.
En
1840, luego de seis años de cautiverio, Mariano se fugó de
la estancia de Los Pinos aprovechando la relativa libertad de movimiento
que gozaba entre los peones de su patrón y padrino. Elrecuerdo
de los momentos vividos en la estancia quedó grabado a fuego en
la memoria del futuro cacique. La vida en la estancia era dura, la disciplina
estricta y el trabajo pesado. Sin embargo, allí completó
el joven ranquel su educación, especialmente en las actividades
pecuarias, habilidad altamente valorada en el mundo indígena. Por
eso no extraña que conservara un agradecido recuerdo de su padrino,
a quién, según reconoce ante Mansilla, debía todo
“cuanto es y sabe”.Sin embargo,
fue esa
la última vez que pisó tierra dominada por los blancos: Mariano
se juró a sí mismo no abandonar nunca más sus dominios
para evitar un nuevo cautiverio.
Y
Mariano cumplió esa promesa. Fue por ese motivo que años
después, ya cacique, cuando Mansilla decidió acelerar la
firma del tratado de paz con los ranqueles, debió viajar él
a las tolderías, pues el cacique rechazó las invitaciones
que se le formularon. Esto indica también la importancia que la
figura del cacique había ya adquirido. Mariano Rosas no sólo
era reconocido como jefe indiscutido entre su propia gente sino también
entre los cristianos, o huincas: que elcomandante
de la frontera se internara sólo con una pequeña escolta
hasta el corazón del territorio ranquel para discutir, de igual
a igual, los términos de un tratado de paz, muestra que el poder
del cacique estaba legitimado no sólo al interior de su propia sociedad
sino también ante sus adversarios.
Mariano,
como se señaló, asumió la máxima conducción
del cacicato en 1858, iniciándose así el capítulo
mas conocido de su vida, gracias tanto a los relatos de quienes fueron
sus interlocutores, como Mansilla o el capitán Martín Rivadavia,
delegado de Mansilla ante los jefes ranqueles, como a la correspondencia
que el cacique mantuvo con los sacerdotes franciscanos instalados en Río
Cuarto y con los comandantes de fronteras.
Siguiendo
la tradición, Mariano fue reconocido por los guerreros ranqueles,
los conas,apto para desempeñarse
como cacique general, siendo proclamado sin objeción. Pesaban en
esa elección tanto sus orígenes - pertenecía al linaje
más prestigioso entre los ranqueles que ya había dado dos
caciques - como sus virtudes y habilidades: su vigor y valentía,
su habilidad para las tareas pecuarias, su diplomacia, su capacidad oratoria,
su conocimiento del mundo blanco. Todas estas virtudes y habilidades lo
colocaban en inmejorables condiciones para el mando, permitiéndole
mantener el equilibrio con los dos grandes caciques ranqueles que le seguían
en jerarquía: Baigorrita, que tenía sus tolderías
en Poitahué, y Ramón, apodado el Platero por su habilidad
en esta actividad, asentado en Quenque.
Mariano
tenía claro el papel que debía cumplir ante sus indios. Aunque
por haber estado entre ellos por varios años conocía muy
bien la lengua castellana y las costumbres y hábitos de los cristianos,
en su territorio y delante de sus indios utilizaba siempre su lengua y
jamás imitó la vida de aquellos. El mismo cacique comentaba,
según relata Mansilla, que los blancos habían querido hacerle
una casa de ladrillos, negándose él para que sus indios no
creyeran que se había vuelto cómodo, flojo e imitador de
los cristianos.
Desde
su asunción como cacique, debió hacer frente a las complejas
relaciones de los ranqueles con los gobiernos criollos, las que conocieron
durante esos años turbulencias, idas y vueltas, negociaciones y
rupturas. Los gobiernos, tanto nacional como provincial, enviaban frecuentes
emisarios al territorio ranquel, algunas veces para negociar, otras para
reprimir, y en muchas ocasiones para solicitar la intervención de
los indios en las disputas internas en que bandos y partidos se enfrentaban
por controlar el poder en el naciente estado argentino. Y se requería
singular habilidad y astucia para negociar con todos sin caer en trampas
de las que hubiera sido difícil salir. Recordemos que en esas negociaciones
se jugaba la supervivencia de su propio mundo.
Mariano
y sus indios tenían profunda desconfianza sobre las “buenas intenciones”
de los blancos. Y no les faltaban motivos. Por esa razón, cuando
en el verano de 1874 se desató entre los indios una epidemia de
viruela – al fin y al cabo una enfermedad de los mismos blancos - que debilitó
sus fuerzas, Mariano rechazó la oferta del gobierno nacional para
que abandonara sus tierras y se instalara en otras ofrecidas por el mismo
gobierno. Sabía que si acataba la oferta de las autoridades, ponía
en juego su libertad y la de sus indios y arriesgaba la pérdida
definitiva de sus tierras.
Negociar,
pero no ceder en los aspectos esenciales parece haber sido la regla que
dirigió sus negociaciones con los blancos. Quería la paz,
pero no estaba dispuesto a pagar cualquier precio por ella. Esta claridad
de metas parece haberlo acompañado hasta el momento de su muerte,
cuya causa ignoramos. La noticia de la misma llegó hasta Buenos
Aires, siendo publicada por el diario La América del Sur
del 26 de agosto. Allí podemos leer:
“Muerte
de un cacique. Acaba de morir el poderoso cacique de la tribu de los Ranqueles,
de muerte natural, Mariano Rosas. Era una autoridad del desierto. Por su
influjo, su valor y, sobre todo, por su prudencia, ha sido posible mantener
la paz con él[...]”.
Sepultado
con los honores de un gran cacique, su descanso fue interrumpido pocos
años después, cuando las fuerzas de la Tercera División
Expedicionaria al Desierto invadió el territorio ranquel. La tumba
de Mariano fue profanada y por orden del propio jefe de la expedición,
el coronel Eduardo Racedo, el cráneo del cacique fue retirado y
enviado a Estanislao Zeballos quien, poco después lo donó
al Museo de Ciencias Naturales de La Plata, en cuyas vitrinas permaneció
durante 123 años. Dónde estaba la civilización y dónde
la barbarie.
Mandrini,
Raúl
1992:
“Pedir con vuelta. ¿Reciprocidad diferida o mecanismo de poder?,
en Antropológicas,
Nueva Época, Nro. 1 (México).
Mandrini,
Raúl
1997:“Las
fronteras y la sociedad indígena en el ámbito pampeano”,
en Anuario del IEHS, 12. 1997 (Tandil).
Mansilla,
Lucio V.
1966:
Una excursión a los indios ranqueles. Buenos Aires, Kapelusz
(2 vols)