En las políticas públicas la incorporación de la perspectiva de género en los planes y programas ministeriales aun es lento debido a la lógica sectorialista y centralizada de la acción estatal y a la falta de voluntad del Gobierno de asumir los problemas de las mujeres como problemas políticos.
No existe aun un discurso estructurado con respecto al género en las políticas públicas que den cuenta del avance teórico, político, metodológico y operativo respecto a este enfoque. Sin embargo, tal como señalan algunas autoras, es posible observar cierta eficiencia en las acciones dirigidas hacia mujeres.
En el caso de las políticas dirigidas a mujeres indígenas, el proceso es más lento y dificultuoso aun. Recién en la década de los noventa se iniciaron las políticas dirigidas explícitamente hacia los indígenas con profundos vacios legales y políticos en cuanto al sector femenino. A dos años de la promulgación de la Ley Indígena, los avances en materia de equidad de género y étnica aun se hace esperar, las mujeres indígenas han sido "invisibles" en un proceso que las involucra, pero no las incorpora.
A pesar que en Chile no han existido fuertes movimientos de mujeres indígenas que luchen por su incorporación en la agenda pública, en la actualidad, es imposible negar la importancia de tratar el tema a nivel del debate e investigación social, mucho menos es posible negar que es necesaria la intervención estatal en el mejoramiento de los problemas del sector femenino indígena.
A nivel nacional, regional e internacional se reconoce que la situación de las mujeres indígenas y rurales es de alto riesgo. En América Latina las comunidades indígenas y sus familias enfrentadas a problemas de subsistencia han tenido que recurrir al último recurso que le permitía su sociedad: la movilidad geográfica de las mujeres indígenas del campo, que permite y avala la salida de muchas de ellas de sus hogares con la obligación, por lo regular bien cumplida, de enviar su salario a la casa. Esta situación no es ajena al mundo indígena rural de la Araucanía. Al contrario, la alta migración femenina confirma la necesidad de intervenir en favor de las mujeres, puesto que de no mediar políticas dirigidas a mejorar sus condiciones de vida y posición social, corren riesgos no sólo ellas, sino también el bienestar de las futuras generaciones.
Este problema -que tan sólo es un indicador de otros tantos- aun no ha sido plasmado como un conjunto estructurado de ideas con respecto a la situación de las mujeres indígenas rurales, menos aun ha sido posible su construcción social como problema de debate de políticas públicas. No obstante, la oportunidad para lograrlo no es lejana, puesto que el Estado se encuentra en su fase de consolidación de una política hacia los indígenas y hacia las mujeres, donde deben confluir distintos actores y donde es necesario definir cual es el papel que les corresponde a las mujeres en el desarrollo de sus comunidades, así como cual es papel que le corresponde a la Estado respecto a las mujeres.
Intentar incorporar el tema de las mujeres y equidad de género de hecho generará "tensiones", puesto que la política del Estado debe responder a las necesidades y aspiraciones de distintos sectores de la sociedad indígena, no siempre compatibles entre sí. Tradicionalmente esta tensión se "resuelve" supeditando la equidad de género a la superación de la pobreza, argumentando que una vez superada la pobreza se podría invertir en mujeres. En relación a esta tensión, en este documento contraargumento que los objetivos de la política social y la equidad de género no se contraponen. Al contrario, la superación de la pobreza será más rápida y eficiente si se construye desde una perspectiva que incorpore a las mujeres. Otra "tensión" que se produce radica en que los problemas de las mujeres chocan con cuestiones culturales, argumentándose que es imposible que sean tratadas en forma aparte ya que en la sociedad indígena la familia es una unidad indivisible. Este argumento no toma en cuenta que la migración de las mujeres ya ha dividio a la familia indígena, y que el Estado al momento de planificar y establecer las prioridades de intervención está a la vez optando por un proyecto de sociedad que deja claramente a las mujeres fuera de sus ámbitos de preocupación.
Este es el contexto donde se enmarca este documento. Su objetivo central es entregar elementos de diagnóstico para relevar los problemas de las mujeres e iniciar el tratamiento sobre un tema importante para las políticas públicas (aunque no necesariamente se reconozca como tal). Los contenidos del documento se estructuran de la siguiente manera: En el primer capítulo introduzco aspectos demográficos, en el segundo trato la partipación de las mujeres en la economía familiar y en el tercero me refiero a los mecanismos sociales y culturales que orientan y potencian la participación social de las mujeres indígenas. Finalmente, a modo de comentarios, dejo de manifiesto las profundas brechas que existen entre las mujeres y al interior de la sociedad mapuche.
En la IX región, la población indígena suma en total 145.364 habitantes cuya distribución por grupo étnico y por sexo es la siguiente:
| Grupo Etnico/Sexo |
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| Mujeres |
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| Hombres |
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| Total |
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A continuación entregaré una
cantidad no despreciable de argumentos en cifras que nos permitirán
construir una primera imagen, aun nebulosa, sobre ellas. Con ésto
no pretendo dar por acabada una discusión, muy por el contrario,
pretendo dar los primeros pasos en la construcción social de un
grupo humano tan importante para la sociedad mapuche.
2.1. Envejecimiento paulatino de la población femenina en las zonas rurales y reducciones indígenas
La población femenina rural de la región suma en total 96.685 mujeres, encontrándose la mayor concentración en adultas mayores, es decir de más de 65 años; contrario a lo que ocurre en las zonas urbanas donde la mayor parte de la población femenina es joven (15 a 29 años). En este último grupo etáreo la población rural solo cuenta con 24.482 mujeres, es decir, menos del 35% de la residentes en las zonas urbanas, que alcanzan a 71.425.
Si se compara la población adulta joven femenina y masculina rural, se encuentra que el número de hombres cuyas edades fluctúan entre los 15-29 años de edad (41.145) es mayor en un 40% con respecto a las mujeres pertenecientes al mismo grupo etáreo. Situación que se repite y aumenta en cada una de las comunas de la región.
En el caso de la comunidades mapuches, la baja concentración de mujeres adultas jóvenes con respecto a los hombres y a la población femenina urbana del mismo grupo etáreo no es casual. Son precisamente las comunidades mapuches, las que tienen mayores problemas para satisfacer sus necesidades, y dentro de cuyas estrategias de sobrevivencia se encuentra la migración femenina hacia los centros urbanos; y la importante concentración de mujeres en edad de adultas mayores se debe principalmente a la características educacionales, familiares y culturales de dicha generación. Muchas de ellas no han migrado nunca mientras que otras han regresado a las comunidades después de un periodo de migración y trabajo en la ciudad debido a que han perdido la agilidad de antes, están viejas, solas y no cuentan con imposiciones para tener derechos a una mínima jubilación, pasando a formar parte de sus comunidades nuevamente.
2.2. Las mujeres indígenas tienen menos hijos que las mujeres urbanas y rurales
La fecundidad de las mujeres rurales, en términos de número promedio de hijos es mayor que la de las mujeres urbanas, alzando un promedio de 4.2 y 3.3 hijos respectivamente. Sin embargo, en las zonas urbanas la mayoría de la mujeres tienen o han tenido hijos (72%), mientras que en las zonas rurales éstas se reducen prácticamente a la mitad.
Pese a que se ha mantenido la alta fecundidad de las mujeres rurales, de todas formas el descenso en términos generacionales es evidente: aquellas mujeres entre los 55 a 65 años y más tienen en promedio 6.4 hijos, mientras que las mujeres entre 35-44 años tiene un promedio de 3.6 hijos. Si se considera que muchas de estas últimas ya no forman parte de las mujeres en edad reproductiva; entonces, el número promedio de hijos por mujer ha descendido prácticamente a la mitad en el transcurso de aproximadamente 10 años.
En el caso de las comunidades indígenas, las mujeres tienen una fecundidad de toda la vida menor a la rural, alcanzado a 2.6 hijos por mujer en comparación con 2.8 por mujer rural, con leves diferencias de acuerdo a grupo etáreo.
Es posible observar además que el promedio de hijos por mujer ha ido disminuyendo en las comunidades indígenas en comparación con el año 1982, presentándose diferencias a medida que avanza la edad fértil de las mujeres.
2.3. El éxodo de las mujeres mapuches hacia los centros urbanos
Para evaluar tentativamente la magnitud de la migración Peyser (1994) toma como base la tasa natural de crecimiento (nacimientos y defunciones) cuyo valor intercensal es negativo, indicando que ha habido una disminución de la población en las reducciones producto de la migración de alrededor de 22.641 indigenas.
En el Censo de 1992 las mujeres indígenas migrantes de la IX región suman 6.711 distribuyéndose de acuerdo a grupo étnico de la siguiente manera:
| Grupo Etnico |
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| Mapuche |
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| Aymara |
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| Rapa Nui |
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| Total |
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Las mujeres representan el 52% del total de población indígena migrante de la IX región, siendo principalmente jóvenes (5.046 mujeres migrantes entre 15-29 años). Cabe señalar que la Araucanía es la segunda región que expulsa mayor número de indígenas a nivel nacional.
2.4.. La mortalidad infantil es más alta en las comunidades mapuches
En general, la mortalidad infantil en las comunidades mapuches sigue siendo alta en comparación con los niveles que se presentan a nivel regional y nacional, pese a que ha habido una disminución en los últimos veinte y dos años: de 85 muertes por mil nacidos vivos en 1966 bajo a 28 por mil en 1988 (Peyser; 1994)
La alta tasa de mortalidad infantil en reducciones tiene especial incidencia aquellas comunas donde las mujeres mapuches representan más del 23% del total de la población femenina. En ellas, la mortalidad infantil sobrepasa el 20%, encontrando indices dramáticos en comunas como Lumaco (46%), Curarrehue (46%), Teodoro Schmidt (36%) y Ercilla (34%) (UNICEF; 1990).
2.5. Las mujeres rurales residentes en zonas indígenas tienen menos años de escolaridad que las mujeres urbanas y de zonas no indígenas
De acuerdo a los información obtenida en el Censo de 1992 existirían un total de 56.031 mujeres indígenas que se dedican a quehaceres de su propio hogar. Si se considera que en las comunidades indígenas el trabajo femenino es categorizado como quehaceres domésticos por las encuestas, entonces, podría referirse, en gran parte, a mujeres indígenas que residen en el campo
Del total de mujeres que declaró dedicarse a quehaceres de su hogar, la gran mayoría no ha cursado mas de 9 años de estudio. El mayor número de ellas sólo cursó entre 4 y 5 años de instrucción formal. Situación que se mantiene similar cuando se desagrega la información por grupo étnico.
Para fines de analizar la información me centraré en aquellas comunas donde la población femenina indígena es alta: Saavedra, Ercilla, Perquenco, Lautaro, Lumaco y donde se concentra mayoritariamente la propiedad indígena rural: Temuco e Imperial.
a)Niveles de instruccion de población femenina rural donde se concentra la propiedad indígena
En la comuna de Temuco, el nivel de instrucción formal de las mujeres rurales, es bajo, con un 68% que han cursado menos de 6 años de estudios, de ellas cerca del 20% no ha ido nunca a la escuela y un 17% no ha alcanzado a terminar el primer ciclo de educación general básica. De acuerdo a edades, el número de mujeres sin estudios aumenta a medida que su edad avanza (siendo la moda de 65 años y más). Estas mujeres se caracterizan por tener pocos hijos y dedicarse a labores domésticas al igual que las mujeres que tienen un bajo nivel de instrucción (hasta 6 años). En el caso de aquellas mujeres con mas años de estudio (10 y mas) sus características etáreas y niveles de actividad cambian: son mujeres jóvenes entre los 15 a 29 años y generalmente activas.
En la comuna de Imperial, los niveles educacionales de las mujeres disminuyen, aumentando el porcentaje de aquellas sin estudios (22%) o que no han cursado mas de 6 años de instrucción (76%), pese que es la comuna donde mayor porcentaje de mujeres rurales cursa la enseñanza media y prosiguen estudiando (13.3%) . Sus características etáreas y de actividad son prácticamente similares a las mujeres de la comuna de Temuco.
b) Niveles de instrucción de mujeres rurales residentes en comunas con alta población femenina indígena
En términos generales, en aquellas comunas donde la población femenina indígena representa un porcentaje alto a nivel comunal, los niveles educacionales de las mujeres rurales son bajos.
Del total de mujeres mayores de 14 años de las comunas de Saavedra, Perquenco, Ercilla y Lumaco (9.391 mujeres) el 72% no ha cursado más de 6 años de estudios, habiendo más mujeres con el primer ciclo de enseñanza básica cursado y menos (1.8%) que continuen estudiando después de la enseñanza media. Mención especial merece la comuna de Lumaco, donde el 28% no tiene ningún año de instrucción y apenas 1.6% ha cursado más de 13 años de estudio.
En conclusión, tanto las mujeres rurales que residen en comunas donde hay gran concentración de propiedad mapuche como en aquellas donde la población femenina indígena es significativa. Existen bajos niveles de instrucción formal con una moda concentrada entre 4-6 años de estudios, y un número significativo de mujeres que no han accedido a la educación. En el caso de indicadores positivos como ser aquellas que tienen mas de 10 años de estudios, su concentración es bajísima, no superando el 5%.
2.6. Reducción de posibilidades de formación de familias
En la región el 50% de la población rural mayor de 14 años es casada. La distribución total por sexo es prácticamente equivalente entre hombres y mujeres (53.335 y 52.519 respectivamente), pese a que las edades para contraer las nupcias varían. Los hombres se casan en edades más tardías que las mujeres, éstas comienza su vida conyugal prácticamente desde los 15 años en adelante, mientras que los hombres lo hacen cinco años después.
De igual modo, las mujeres enviudan antes y más que los hombres, siendo el porcentaje de viudas significativo desde los 35 años en adelante, mientras que en los hombres comienza serlo desde los 45 años.
La población soltera alcanza a 77.676 personas de los cuales 28.877 son mujeres y los restantes 48.799 hombres. Como se observa la población masculina soltera es superior a la femenina, concentrada principalmente en adultos jóvenes.
En cuanto a las uniones libres (convivencia) las mujeres se unen más tempranamente que los hombres, pero a medida que avanza la edad, la proporción de mujeres unidas consensualmente disminuye con respecto éstos.
También existen más hombres separados que mujeres, quienes también en menor proporción han anulado su matrimonio.
En el caso de la información por comunas con alta población indígena femenina, la tendencia se mantiene: mayor población masculina soltera que femenina y más mujeres viudas que hombres.
Esta situación es completamente diferente a lo que ocurre en las zonas urbanas de la región. En ellas existe un mayor número de mujeres solteras que hombres del mismo estado civil. También se invierte la relación con respecto a las mujeres que mantienen convivencia y aquellas cuyo matrimonio ha sido anulado, las cuales son mayoría en relación a los hombres.
2.7. Jefatura de Hogar: Peculiaridades compartidas entre mujeres rurales y urbanas
En la región el número de hogares rurales alcanza a 71.004, cuya jefatura es predominantemente masculina (58.676)
En hogares con Jefatura femenina (12.328) los miembros del hogar son generalmente parientes entre sí, con predominancia de hijos (as) y nietos (as). Las edades de las Jefas de hogar se concentran en adultas mayores (60 años y más) con un total de 5.578 mujeres, que de acuerdo al punto anterior serían generalmente viudas.
El tamaño de los hogares rurales con jefatura femenina está compuesto mayoritariamente por tres personas al igual que sus pares urbanos.
En general las características de tamaño y composición del grupo familiar de una jefa de hogar es similar tanto en zonas urbanas como rurales, con la salvedad que en los primeros existen más hogares unipersonales femeninos que en las zonas rurales.
De acuerdo al nivel de estratificación, las mujeres de aquellos niveles más pobres participan más activamente en la satisfacción de necesidades del grupo familiar, presentándose como tendencia una mayor presencia femenina en los movimientos migratorios y un mayor porcentaje de mujeres en relación a los hombres en los centros urbanos, revelando una "expulsión de las mujeres de los sistemas agrarios" como parte de las estrategias de sobrevivencia de sus familias. En este tipo de migración se da como una característica casi permanente el que las mujeres indígenas se inserten al mercado laboral como "empleadas domésticas", debido a sus características educacionales como también a las garantías que ofrece este tipo de trabajo para sus familias
En aquellas economías en las mujeres representan un valor económico, por ejemplo a través de la generación de ingresos de la producción y venta de artesanía, es preferida la migración masculina. Es el caso de aquellas familias donde el varón migra temporalmente, dependen de un trabajo asalariado y donde las mujeres tienden a hacerse cargo de la producción de subsistencia como actividad secundaria.
En cuanto a los sistemas productivos en la región, aquellos categorizados como: Producción hortalicera, chacarera, ganado menor y artesanía y Producción triguera y artesanía, las mujeres hacen aportes considerables, debido a su alta presencia en el cuidado y manejo de ganado menor, huerta, producción y comercialización de artesanía (Toledo; 1993). También aportan en otros rubros -tales como chacarería o producción triguera- inclusive en forma indirecta a través del pago de las deudas de insumos, semillas y otros (Catalán y Herrera; 1994)
A su vez en todos estos sistemas y niveles de estratificación el aporte de las mujeres es fundamental a través de su rol doméstico, función inestimada cuantificablemente, pero que ocupa más del 60% del tiempo de un día diario de las mujeres (Huenchuán y Parra;1994, Celis y Manque; 1994)
3.1. ¿Espacios domésticos v/s espacios mayores de explotacion campesina?
Con fines analíticos definiré una división al interior del predio de la familia en relación a los roles productivos de las mujeres, que estarían dados por dos espacios de movilidad y trabajo: i) "espacio doméstico ampliado" y ii) espacio mayor de explotación campesina.
El espacio doméstico ampliado estaría formado por la casa y el huerto donde las mujeres mantienen y crían aves, ganado menor, se encargan de algunos frutales y hacen su huerta. Es importante hacer la salvedad que si bien el espacio doméstico está relacionado con la tareas necesarias para reproducir las fuerza de trabajo, tiene características que hacen muy peculiar este tipo de trabajo: aparte de las labores agrícolas y artesanales, todas las labores relacionadas con la cocina quedan a cargo de las mujeres e hijas. Al respecto hay que hacer una diferenciación importante, las condiciones de realización de estas tareas son completamente diferentes entre mujeres urbanas y mujeres rurales, pues en las segundas se puede apreciar un proceso de preparación de alimentos, que parte por acarrear agua en la mañana, buscar o recoger leña para el fogón, hacer fuego, recoger alimentos del huerto o de la chacra, moler, picar, etc., en fin una serie tareas que implican que el tiempo y esfuerzo destinado a la preparación de alimentos desgaste gran parte de las energía de las mujeres y a las vez consuma parte importante de su día.
Fuera del espacio doméstico ampliado, las mujeres pastorean ovinos, acarrea agua, busca leña y en ocasiones hace de "cerco vivo" en junto con sus hijos(as). En este espacio el papel de las mujeres en la producción estaría dado por la colaboración con las tareas de los hombres, sean estos esposos o hijos (Catalán y Herrera; 1994).
Esta situación no es rígida ni permanente, puesto que cada vez es más notoria la presencia femenina en las tareas pesadas del predio asi como en el uso de maquinaria: aran con bueyes o caballos, siembran, cosechan o cuidan el ganado mayor y a nivel de gestión compran insumo, pagan deudas y en algunos casos solicitan crédito.
Es importante señalar, que las tareas de las mujeres fuera del espacio doméstico dependen mucho de la presencia o no de mano de obra masculina, de sus salidas para comercializar productos artesanales u hortícolas, de la necesidad de mano de obra del predio, etc.
3.2. División sexual del trabajo en la producción de familias mapuche
La división sexual del trabajo en familias mapuche clasificadas como excedentarias y pobres varía. Es así que en el caso de comunidades mapuches de la comuna de Temuco se encuentra la siguiente situación:
a) División sexual del trabajo en Familia Mapuche Excedentaria
En chacarería, las mujeres participan de la toma de decisiones sobre ¿qué sembrar, donde sembrar?, asumiendo la responsabilidad en la incorporación de nuevos cultivos (variedad) invirtiendo su propio dinero en la compra de semillas
En horticultura, la participación de las mujeres aumenta, realizando labores como laboreo de suelo, siembra, cosecha y mantención de la huerta, asi como aprovechamiento de la producción. La toma de decisiones con respecto al proceso productivo hortícola está en manos de las mujeres. Los principales productos generados son : cilantro, acelga, repollo, lechuga, puerro, tomate zanahoria y otros" (Huenchuán y Parra, 1994)
En horticultura, existe una participación masculina, realizando trabajo compartido con las mujeres cuando éstos se encuentran en el predio. La producción es baja debido a la escasez de tierra, falta de asistencia técnica y apoyo crediticio (ya que no son capaces de pagar las deudas, por lo que se encuentran fuera de los beneficios que otorga la ONG que trabaja en la comunidad). Los productos cultivados son cilantro, perejil, repollo, tomate, acelga, etc." (Huenchuán y Parra, 1994)
En el segundo caso, el aporte de las mujeres igualmente es significativo, aunque se materializa de forma diferente. Si bien su aporte en ingresos no es alto ( ya que no producen artesanía por no contar con materias primas ni creditos y la venta de producción pecuaria y hortalicera es bajísima) el trabajo intermitente, incierto y mal remunerado de los hombres ha derivado en una organización familiar matrifocal y una alta participación de las mujeres en las actividades productivas como agentes fundamentales de la mantención familiar.
3.3. Composición de los ingresos de familias mapuche y aportes de las mujeres
De acuerdo al ciclo de vida familiar, condiciones de producción, tipos de familia, etc., las familias mapuches obtienen ingresos de diferentes fuentes. En los casos anteriormente mencionados, las mujeres aportan ingresos a través de la producción y venta de artesanía, hortalizas, huevos y otros.
En las comunidades de Coyahue, comuna de Padre las Casas, los ingresos del grupo familiar provienen del trabajo extrapredial del jefe de familia, venta de ladrillos, subsidios y venta de artesanía (Huenchuán y Parra 1994). El trabajo extrapredial es preferentemente realizado por los hombres con regreso en los meses de preparación de tierra y siembra de cultivos como también de cosechas. La venta de ladrillos igualmente constituye una responsabilidad masculina incluyendo el arriendo a particulares de un espacio predial o bien fabricando y vendiendo ladrillos en Temuco.
Las restantes dos fuentes de ingresos dependen de las mujeres. Ellas son quienes realizan los trámites para la obtención de subsidios y posteriormente se pagan de los mismos, a la vez son quienes producen artesanía y la comercializan a intermediarios.
Esta situación no cambia demasiado en sectores de la comuna de Temuco, donde nuevamente, las familias combinan la producción agropecuaria, artesanal, subsidios y en menor medida la migración temporal del jefe de familia. En los casos de las Comunidades de Ailio, Peu Peu y Botrolhue Norte, las mujeres realizan una serie de actividades productivas para generar ingresos para sus familias, entre ellas la producción hortícola, chacarera, crianza de aves, cerdos y ovinos. De la producción hortícola, el 35% es destinado a la comercialización; de la producción chacarera el 40%, de la producción avícola el 40%; de la crianza de cerdos 5l% y de la crianza de ovinos el 33% es comercializada. Los centros de comercialización, y por ende de desplazamiento de las mujeres son, en orden decreciente, en la comunidad, pueblo cercano o ciudad de Temuco, dependiendo de la lejanía o cercanía al centro poblado más próximo (Castillo y Muhaded; 1990)
En general, el rol de proveedor (a) está siendo asumido indistintamente por hombres y mujeres en las reducciones mapuche. Es asi que Toledo (1992) identifica las siguientes tareas femeninas como parte de este rol:
ii) Artesanía: textileria, cestería, alfarería
iii) Comercialización: ventas de su producción agropecuaria para compra de faltas
iv) Venta de fuerza trabajo
Esta diferencia es fundamental al momento de planificar puesto que el acceso de las mujeres a las fuentes de ingresos tiene más posibilidades de convertirse en bienestar para la comunidad en general, que el acceso de los hombres a estas fuentes.
3.4. No sólo en la producción participan las mujeres: otros roles femeninos
Como una forma de simplicar y comprender más sustancialmente los roles de las mujeres, usaré una tipología propuesta por Toledo(1992) donde identifica las siguientes funciones femeninas en la satisfacción de necesidades de sus grupos familiares
a) Responsable de la Nutrición: Las mujeres tienen a su cargo la nutrición del grupo familiar, ya sea a través de la producción de alimentos frescos (huerto), compra de faltas con los ingresos que generan y preparación a alimentos.
b)Socializadora de los hijos: Las mujeres indígenas tienen a su cargo la reproducción cultural de sus familias. Son ellas quienes transmiten a sus hijos(as) el idioma, costumbres y prácticas tradicionales del mundo indígena. Son portadoras de una voz y de un hacer cotidiano crucial para su pueblo.
c)Agente de la salud familiar: Las mujeres cumplen funciones propias como agentes de salud familiar (medicina doméstica o autoaten- ción), por otra parte forman parte de la oferta de salud pública tradicional (machis, parteras, meicas, etc) y a su vez están cada vez siendo más involucradas en las prácticas médicas del sistema de salud hegemónico (Atención primaria) como responsables de la asistencia a los servicios de salud (Postas Rurales, Estaciones médicos rurales, Consultorios, etc.).
Surge de inmediato la pregunta ¿Qué esta sucediendo en la región con respecto a esta medida que pretende garantizar la igualdad y participación de las mujeres en las estructuras de poder?
Para analizar este tema me remitiré a esbozar aspectos relacionados con la participación de las mujeres indígenas en estructuras de poder formales, entiendase instancias organizacionales femeninas, procesos de decisión de políticas sociales destinados al sector femenino e indígena de este país (SERNAM y CONADI) y Movimiento de Mujeres Indígenas.
3.1. Las Organizaciones de Mujeres en las Comunidades Mapuches: ¿partipación o segregación?
Un estudio realizado en trece grupos de mujeres de los sectores de Truf Truf, Coyahue y Llamuco, Comunas de Padre las Casas y Vilcún, demostró que la incorporación de las mujeres a organizaciones femeninas depende principalmente de tres factores:
ii) Reconocimiento
iii) Esparcimiento
Si bien este tipo de participación ha sido muy cuestionada por concebir que esta práctica sólo sigue manteniendo las desigualdades de género y perpetua la discriminación, lo cierto es su participación es fundamental para que las familias y comunidades de estas mujeres puedan reproducirse en condiciones más favorables. Las mismas entrevistadas de este estudio así lo perciben al señalar el 86% de ellas que si pueden realizar aportes a sus comunidades a través de este tipo de instancias organizacionales. Es más, al estudiar la dinámica externa de estos trece grupos de mujeres se demostró que existe una alta valoración por parte de los miembros de las comunidades del trabajo que realizan puesto que estas orgánicas constituyen instancias válidas para encauzar las motivaciones, intereses y necesidades de la población (Calisto y Silva;1990).
No obstante, el riesgo más grande en este tipo de organizaciones es reproducir los espacios segregados por sexo y aislar a las mujeres del entorno social. Es así que muchos grupos de mujeres existentes a nivel comunitario van siendo paulatinamente marginados de las decisiones de sus propias comunidades, debido precisamente al enfoque androcéntrico de las acciones en desarrollo que se efectuan en los sectores rurales que centran su atención en los grupos masculinos adultos en desmedro de otras instancias organizacionales reproduciendo modelos urbanos y no indígenas, pero esta vez en el terreno de lo público-masculino-capacidad de decisión y lo femenino- privado-capacidad de servicio.
3.2. La emergencia de nuevas expresiones organizacionales al interior del movimiento mapuche ¿una crítica al espacio político tradicional?
En el año 1994, en la Región de la Araucanía se comenzó a tratar el tema de la IV Conferencia Mundial de la Mujer. Las Mujeres Mapuche se involucraron en este proceso en medio de conversaciones y preguntas con respecto a la Conferencia. Entre las ideas que se barajaban, nació la iniciativa de organizar un Encuentro Regional de Mujeres Indígenas, el que se llevó a cabo en agosto de 1994, con una participación aproximada de 100 mujeres de diversos oficios, edades y origen urbano/rural. Este Encuentro permitió acordar resoluciones que motivaron a las organizadoras a participar en el Foro Latinoamericano de ONGs de Mar del Plata en septiembre del mismo año. Ese momento fue crucial para comenzar un acercamiento entre Mujeres de organizaciones (Ad Mapu) y de la Coordinadora de ONGs. Mapuche (Sociedad Newen, Aukin ko Zomo, Casa de la Mujer Mapuche y Lonko Kilapan)
Se inició un proceso de coordinación de acciones en conjunto para convocar el Primer Encuentro Nacional de Mujeres Indígenas en enero de 1995. A esta reunión asistieron aproximadamente 250 mujeres de diferentes Pueblos Indígenas de país y provenientes de diversas regiones. El fruto de este Encuentro fue una Sintesis de Demandas y Propuestas que dió pie para que la Coordinadora de Mujeres Mapuche de la Araucanía iniciara las gestiones pertinentes para lograr su participación en Beijing 95. Producto de estas gestiones, la Coordinadora logró incorporarse a la Mesa de Trabajo del SERNAM encargada de elaborar un Plan de Igualdad de Oportunidades para Mujeres Rurales del país y contar con cuatro representantes en la IV Conferencia Mundial de la Mujer: una en el Foro Oficial y tres en el Foro de ONGs.
El mérito de esta Coordinación que reune a líderes y profesionales, es su preocupación por reivindicar los derechos de las mujeres indígenas en las políticas de desarrollo de organismos públicos y privados. Sin embargo, su trabajo se ha visto obstaculizado por una serie de factores. La mayoría de ellas trabajan en ONGs, estudian y deben cumplir con sus tareas como dueñas de casa y madres, por lo que el tiempo destinado a la Coordinadora significa aumentar su ya sobrecargada jornada. Otras cuentan con reducidos ingresos teniendo que echar mano a diversas estrategias para sobrevivir, situación que obedece, en algunos casos, a la discriminación salarial de la que son objetos en las instituciones en las cuales trabajan.
Otros obstáculos que han debido enfrentar estas mujeres, es la falta de comprensión de su tarea por parte de los hombres de sus organizaciones. Su participación en la Coordinadora se asocia a "un feminismo exacerbado" y se han expuesto a críticas tan fuertes como la negación de sus capacidades dirigenciales por ser madres, dificultarle el acceso a financiamiento, ejercer un fuerte control sobre sus actividades, etc.
Como se observa, la tarea de estas mujeres, y de muchas otras por supuesto, no es fácil, sus intereses y aspiraciones chocan con su doble jornada de trabajo, con su difícil situación económica, y lo que es peor, chocan con fuertes prejuicios porque no se comprende que el interés de estas instancias es buscar mejores alternativas de desarrollo.
Vale la pena preguntarse si esta forma de organización de las mujeres no es en parte efecto de su exclusión real del espacio político tradicional, lo que podría tener sus orígenes en que las políticas hegemónicas dejan de lado las demandas referidas al ámbito privado, que casi por definición quedan excluidas de las demandas políticas generales, y frente al embate cada vez más fuerte de nuevas expresiones más refinadas de discriminación, las mujeres no tienen más alternativas que salir a defender lo propio.
3.3. Los desafíos de una perspectiva de género con un rostro indígena en las políticas estatales
La estrategia de desarrollo del gobierno de la Concertación, se sustenta en tres grandes ejes, uno de los cuales es desarrollar una mayor y mas eficiente acción pública en el área social. Para estos efectos el Estado le entrega una responsabilidad central a la acción de la política social como instrumento específico para lograr la igualdad de oportunidades y superar los graves problemas de carencias sociales que afectan al país, definiendo grupos objetivos que serán de atención preferencial del Estado. Entre ellos se contemplan los Jóvenes, Mujeres, y pueblos indígenas (entre otros). Para llevar a efecto la acción del Estado se ha desarrollado una institucionalidad específica para cada uno de estos grupos, entre los que se encuentra el Instituto de la Juventud, Servicio Nacional de la Mujer y Corporación Nacional de Desarrollo Indígena.
A continuación me centraré en las dos últimas instituciones mencionadas ya que las mujeres indígenas forman parte de su población objetivo.
3.2.1.) Corporación Nacional de Desarrollo Indígena
La ley que dió vida y cuerpo a la CONADI (Corporación Nacional de Desarrollo Indígena) establece dentro de las funciones de ésta: "Incentivar la participación y el desarrollo integral de la mujer indígena en coordinación con el Servicio Nacional de La Mujer", (Ley 19.253, art.39, Letra c) no estableciendo los mecanismos necesarios para ello ni tampoco mayores exigencias al respecto.
Desde el momento de creación de la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena, el tema de las mujeres indígenas ha sido marginal e invisible dentro de las Líneas Programáticas del Fondo de Desarrollo y Fondo de Tierras de la CONADI.
La participación de las mujeres indígenas en la toma de decisiones, estuvo dada hasta 1995 por dos Representantes Indígenas en el Consejo Superior de la CONADI. Una de ellas cesó en su cargo en el segundo semestre de 1995, reduciéndose así las posibilidades de participación de las mujeres indígenas en la toma de decisiones; y lamentablemente lo poco que se logró introducir en la ley sobre mujeres, hoy es letra muerta.
3.2.2.) Servicio Nacional de la Mujer
En diciembre de 1990, el Servicio Nacional de la Mujer de la IX región, bajo el dirección de Brígida Benitez Retamal, convocó al "Primer Encuentro Regional de Mujeres Mapuche" para los efectos de analizar el Proyecto de Ley indígena y elaborar un conjunto de propuestas, las cuales fueron presentadas a la Comisión Especial de la Cámara de Diputados sobre la Ley Indígena. A este Encuentro asistieron un total de cincuenta mujeres mapuche organizadas y no organizadas, provientes de distintas instituciones y comunidades.
Esta iniciativa se gestó en el mes de octubre de 1991 cuando, en el marco de la visita a la región de la Ministra Directora del SERNAM María Soledad Alvear Valenzuela, un grupo de mujeres mapuche reunidas con ella le plantearon sus inquietudes y necesidades, entre las cuales surgió la idea de presentar indicaciones al Proyecto de Ley indígena, de manera de conseguir que las especificidades de género tuvieran su espacio en la futura normativa legal. El objetivo se cumplía, además, en la medida que un grupo de mujeres viajara al Congreso Nacional a hacer entrega de las conclusiones y propuestas del Encuentro.
Pese al trabajo de las mujeres mapuche que participaron en este Encuentro, y el apoyo del SERNAM Regional y Dirección Nacional, las propuestas de las mujeres no fueron incluidas en la actual Ley Indígena, reduciendo su incorporación al articulo 39, Letra c, Ley 19.253.
Desde esa fecha en adelante han sido pocos los puntos de encuentro entre las mujeres indígenas y el SERNAM tanto Regional como Nacional. Es más, hasta marzo del presente año, la política del SERNAM contaba con serios vacios con respecto a las mujeres rurales e indígenas del pais, las que se encontraban marginadas por definición y de hecho, en contraposición con los acuerdos que ha asumido el Estado Chileno a nivel regional y mundial.
No obstante, el SERNAM consciente de este vacío ha formado una Mesa de Trabajo para la Elaboración de Orientaciones de Políticas para la Igualdad de Oportunidades para Mujeres Rurales en la cual desde abril de este año integrantes de la Coordinadora de Mujeres Mapuche de Temuco han aportado a la discusión a través de dos representantes.
Esta brecha es sólo un indicador de la peligrosidad de seguir ocultando una realidad diferente al momento de tomar las decisiones sobre el qué hacer. Me refiero específicamente a las responsabilidades de los organismos gubernamentales pertinentes, Conadi y Sernam, que han dejado que sus políticas se masculicen, en el caso de la primera, y se blanqueen, en el caso de la segunda. Concebir que sólo existen hombres indígenas o mujeres blancas es de lo más peligroso en un contexto en que las comunidades indígenas, y las mujeres en particular, sufren el embate de una modernización compulsiva que no respeta la diversidad, sea del origen que fuere.
Con ésto no quiero negar los adelantos que han ido haciendo al respecto (como la firma de un Convenio entre Conadi y Sernam en 1996 o bien las Orientaciones para políticas dirigidas a mujeres rurales del Sernam) no obstante, por lo general, estas iniciativas se traban en una institucionalidad de Estado resistente a cualquier tipo de cambio, y se transforman tarde o temprano en políticas de carácter integracionista. El ejemplo más claro en este sentido es el Convenio, al cual hacemos referencia, que pese a llevar más de un año de su publicitada firma, nada concreto se ha hecho aún. La falta de presupuesto de la Conadi y la ignorancia sobre el tema de sus funcionarios no ha permitido el avance de esta importante iniciativa. Distinto es el caso del Sernam, donde se comprende el tema, pero las inspiradoras del Plan de Igualdad de Oportunidades 1994-2000, se oponen a la incorporación de un rostro más moreno en su gestión, pese a la voluntad de la actual Ministra Josefina Bilbao y de las iniciativas de las Direciones Regionales del servicio.
La preocupación de los organismos no gubernamentales, como expresión de la sociedad civil, sufren casi de los mismos problemas. Hasta la fecha involucrar a las mujeres a sus proyectos suele ser sólo más rentable para sí mismos y revela un acomodamiento a las exigencias de los organismos financistas internacionales. Su concepción de mujeres indígenas y rurales está aun muy alejada de la realidad, las conciben como verdaderas usuarias de los Centros de Madres, en su peor época, y poco se valora el aporte de las mujeres en la producción y reproducción de sus familias. Hasta el momento ellas sólo han sido construidas por estos organismos como depositarias de la cultura, que por cierto hay que cuidar, como si ésto fuera un dato dado, una realidad estática que no se enturbia con el diario vivir de las "madres".
Estas son las huellas. Huellas porque se expresan en cifras, en el papel, en las arrugas de esos rostros morenos; mientras la vida transcurre para muchos(as) de nosotros(as), esperando que aquellas que se encuentran sobreviviendo en el campo se preocupen por mantener viva la "matriz" biológica y cultural del pueblo mapuche...
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