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EL JOVEN ACTIVISTA QUE MURIÓ EN LA ARAUCANÍA
Sábado 12 de enero de 2008
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Era punk, estudió en el Liceo Lastarria, hizo el servicio
militar en Arica y viajó a Temuco en busca de sus raíces. Catrileo
quería ser agrónomo, comprar un fundo y vivir de la autogestión,
hasta que se acercó a la Coordinadora Arauco Malleco. Ésta
es la historia del joven cuya muerte provocó atentados y las manifestaciones
más violentas del conflicto mapuche de los últimos años.
Por Gazi Jalil F., desde Temuco
-¡Marichiwewwww!
El grito de guerra mapuche, que significa "¡diez veces venceremos!",
resuena por las calles de Temuco mientras avanza el cortejo fúnebre
de Matías Catrileo Quezada, el joven muerto por carabineros en el
fundo Santa Margarita del agricultor Jorge Luchsinger, cerca de Vilcún,
a 30 kilómetros de esta ciudad.
–¡Marichiwewwww! –vuelven a gritar las cerca de dos mil
personas que agitan ramas de canelo, el árbol sagrado mapuche, camino
al cementerio Parque del Sendero. También se escucha el sonido afónico
de varias trutrucas y el incesante tam tam tam de los cultrunes.
Pese a lo corto del recorrido, la tensión es evidente. No hay un solo
carabinero a la vista y un grupo de encapuchados se ha encargado de desviar
el tránsito y mantener a raya a la prensa, indicando qué se
puede hacer y qué no. Un joven con un pañuelo rojo en la cara
ordena que todos los fotógrafos y camarógrafos estén
a un metro de distancia del cortejo y dibuja una línea imaginaria
en el suelo con el mismo palo con que amenaza.
–El que no respete, se atiene a las consecuencias –advierte–.
Es lo único que voy a decir. No hay preguntas, no hay respuestas.
Después vienen más órdenes: no se puede grabar el féretro,
no se pueden apuntar las cámaras para otro punto que no sea el cortejo,
no se le puede hacer imágenes al machi que va al costado del ataúd,
ningún periodista puede entrar al cementerio.
Cada tanto, los encapuchados agitan sus palines en el aire y los golpean
entre sí. Son los weichafes, los guerreros, los encargados de la seguridad,
la primera línea de combate. Pertenecen a la Coordinadora Arauco Malleco
(CAM), el grupo más radical del conflicto mapuche, que ha reivindicado
los últimos atentados incendiarios en la zona.
Surgida en 1998 tras la quema de dos camiones de Forestal Arauco en Lumaco,
la CAM tiene un discurso antisistémico y se le vincula con grupos
terroristas, como el Movimiento Lautaro. No descarta la lucha armada en el
proceso de recuperación de tierras y ha diferencia de otras organizaciones
mapuches, no cree en los acuerdos con el gobierno ni empresarios.
Pese a que sus principales líderes están presos en distintas
cárceles de la IX Región, el grupo sigue actuando entre Concepción
y Temuco y atrayendo especialmente a jóvenes.
Matías Catrileo fue uno de ellos.
Sábado 5 de enero. El pavimento hierve bajo los más de 30 grados
de calor de Temuco. Han pasado apenas dos días desde la muerte de
Catrileo, de 22 años, y en las calles no se habla de otra cosa. Su
nombre está escrito con spray en decenas de murallas, acompañado
de consignas como: "La sangre y la muerte no opacarán nuestra lucha" o "Si
un weichafe cae, 10 se levantan".
Hijo de padres separados, Matías hizo el camino opuesto a otros jóvenes
mapuches que dejan el campo para vivir en la ciudad. Él se educó en
un colegio tradicional de Santiago, pertenecía a una familia de clase
media, no sufrió la misma discriminación que sus antepasados
y escuchaba punk español tanto como crecía su interés
por conocer sus raíces.
A veces vivía en La Florida con su madre, Mónica Quezada Merino,
quien, pese a no tener apellidos indígenas, es simpatizante de la
causa mapuche. Otras veces se quedaba en la casa de su padre, Mario Catrileo –analista
y subgerente técnico de Banchile Seguros de Vida– en Macul.
El día que supo de la muerte del joven, Tomás Valenzuela, su
ex compañero de banco en el Liceo José Victorino Lastarria,
tardó en digerir la noticia. Luego revisó su mail y ya tenía
varios correos de amigos que le contaban lo sucedido. "Lo conocí en
2002, cuando íbamos en cuarto medio", recuerda. "Era punk y combinaba
esa filosofía con sus ideales mapuches. Se juntaba con un grupo de
okupas y el segundo semestre dejó de asistir al colegio. Quería
dedicarse más a la causa de su pueblo".
No le extrañó. Dice que Matías organizaba fiestas y
tocatas para juntar dinero y viajar al sur para estar con los mapuches y
que en las últimas conversaciones que tuvo con él lo notaba
con más interés en defender sus ideales.
Fue un alumno de notas promedio, ni bueno ni malo, "del montón",
resume José Parada, inspector del Lastarria. "Su apariencia personal
y su corte de pelo mohicano le jugaban en contra. Era su principal causa
de anotaciones negativas, pero era un alumno tranquilo", agrega.
Desde que se retiró del liceo, nadie supo de él hasta la fiesta
de graduación. Tomás Valenzuela cuenta que mientras todos estaban
vestidos de terno, Matías llegó vestido de punk, con bototos
y pelo parado.
–¿Qué onda, weón, por qué vienes así? –le
preguntó, impresionado
–Así soy –respondió–, no porque use terno
voy a ser mejor o peor persona.
Ése fue el último día que Tomás lo vio.
A los 15 años, Catrileo ya era punk y si no fuera por su apellido,
nadie diría que tenía sangre indígena. "Ni siquiera
parecía mapuche, sus rasgos eran como los de cualquiera", cuenta Felipe
Cárcamo, uno de sus amigos punk. Matías usaba una chaqueta
de mezclilla con un dibujo en la espalda hecho por él mismo: un círculo
mitad símbolo de la anarquía y mitad cultrún. "Él
decía que aborrecía el capitalismo y quería vivir de
la autogestión. Sus planes eran comprarse un fundo en el sur, tener
animales, sembrar y vivir de eso, sin depender del sistema. Era un punk más
práctico y organizado que el resto de nosotros", afirma Cárcamo.
En Santiago, Catrileo participó en protestas anarquistas y mapuches,
pero, pese a que en principio era crítico, realizó su servicio
militar en Arica durante un año. No fue contra su voluntad: quería
hacerlo. "Decía que así podría fundamentar mejor su
opción de vida y saber qué se siente estar en el Ejército",
recuerda Cárcamo.
En 2005 llegó a Temuco para estudiar Agronomía en la Universidad
de la Frontera. "Fue un buen alumno, pero paulatinamente se fue desinteresando.
En el último tiempo, su rendimiento iba en baja y hace un año
decidió congelar", dice Aliro Contreras, director de la carrera y
profesor de él. "Como a la mayoría de los estudiantes, le interesaba
el tema de la conservación de los recursos naturales", añade.
Uno de sus compañeros cuenta que cada vez le interesaban menos sus
estudios y más la causa mapuche. Viajaba seguido a Angol para visitar
a los dirigentes presos de la Coordinadora Arauco Malleco, entre ellos a
Patricia Troncoso, "La Chepa", condenada a 10 años por ataques incendiarios
contra empresas forestales y actualmente en huelga de hambre. Matías
también participaba en marchas, tomas y manifestaciones callejeras
y, según antecedentes policiales, registraba cuatro detenciones por
desórdenes callejeros.
El joven vivía a un par de cuadras del campus universitario, en el
hogar Pelontuwe, también conocido como Las Encinas, una casa para
estudiantes de la etnia. Fuera del recinto flamean hoy banderas negras y
algunos carteles que recuerdan a Catrileo. Dentro hay un mural que dice: "Territorio
mapuche".
Allí viven cerca de 90 jóvenes, hombres y mujeres, que estudian
en universidades e institutos de la ciudad. Dependiente de la Conadi, en
el hogar todos sus residentes están becados y se organizan de acuerdo
a sus propias reglas, desde el aseo de las dependencias hasta las normas
de comportamiento al interior del recinto.
Pese a que la policía lo ha catalogado como un foco de activismo e,
incluso, hace un tiempo fue allanado por Carabineros en busca de armas, sus
residentes aseguran que son un espacio autónomo de reflexión
crítica y que promueve los derechos indígenas.
El lugar consta de tres pabellones donde duermen los estudiantes, además
de un auditórium, sala de computación, casino, teatro, multicancha
y oficinas para los dirigentes, que son elegidos entre los propios jóvenes.
El año pasado todo el lugar fue remodelado con un costo de 190 millones
de pesos.
En el hogar fue velado durante dos días el cuerpo de Matías,
mientras una caravana interminable de amigos, compañeros de curso,
familiares, lonkos y machis entraba y salía. Catrileo vivió allí durante
un año y, según una de las residentes, Andrea Reuca, estudiante
de Pedagogía en Historia, "nos apoyó y luchó para lograr
la remodelación de este espacio y también por perpetuar este
tipo de lugares no sólo en Temuco, sino que en otras ciudades del
país donde existen estudiantes indígenas".
Durante su estadía en el hogar, Matías conoció a su
polola, Violeta Rayen Navarrete, estudiante de Pedagogía Básica
Intercultural, e hizo amistad con otros jóvenes miembros y simpatizantes
de la Coordinadora Arauco Malleco. "Él ya venía con ideas anarquistas
desde Santiago, así que se identificó bastante rápido
con ellos", dice uno de los residentes de Pelontuwe. Admiraba a líderes
de la CAM como "La Chepa", Héctor Llaitul y José Llanquileo,
actualmente presos, y a Alex Lemún, el joven mapuche muerto en 2002
de un tiro en la cabeza cerca de Ercilla.
Pronto su discurso se radicalizó. "Más que la movilización
estudiantil, para él la lucha estaba en las comunidades –añade
Andrea Reuca–, en la recuperación territorial y en la reivindicación
del territorio mapuche". Otro residente señala que "Matías
se dio cuenta luego de que sus ideas aquí eran minoría y decidió cambiarse
irse del hogar".
El día que murió, Catrileo llevaba un año viviendo en
la comunidad Yeupeco, que pelea por recuperar tierras al interior del fundo
Santa Margarita, cuyo propietario cavó un enorme foso alrededor para
evitar más atentados. Aun así, Matías logró entrar
junto a diez personas, pero fueron descubiertos por una pareja de carabineros
que disparó para ahuyentarlos. Una de las balas atravesó el
cuerpo del joven mientras escapaba.
Tras conocerse la noticia, dos camiones fueron incendiados en la zona, aumentaron
las quemas de terrenos, las protestas se extendiaron hasta Santiago con inusitada
violencia, han habido decenas de bombazos en edificios públicos y
privados y un ejecutivo de una hidroeléctrica, Mario Marchese, fue
víctima de un amedrentamiento a balazos en la capital.
Por todas partes, el grito de guerra mapuche se volvía a oir.
Colaboró Andrea Manuschevich