Santa Rosa (La Pampa), 01 de marzo de 2002.

EDITORIAL

UNA DISPUTA POR CRANEOS


Señor director:

Una organización que nuclea a descendientes de mapuches que residieron en esta zona hasta avanzado el siglo XIX, reclama al gobierno, desde Trenque Lauquen, que el Museo de La Plata devuelva los restos óseos que están clasificados como habiendo pertenecido a los caciques Calfucurá, Cherenal, Macchi y Chipitruz.

No se sabe qué harán exactamente cuando reciban esos restos. Se supone que el grupo estima que esos testimonios servirán como objetos de culto y ayudarán a que los descendientes puedan aglutinarse más fuertemente. No abundan los objetos culturales de esas etnias. Se conserva la lengua, aunque no tiene hablantes. Pueblos sin escritura propia, pero con una cosmogonía y una cosmovisión que sólo se ha podido conocer parcialmente, se comprende que vayan por los huesos de los que fueron líderes en la fluctuante, pero casi siempre violenta, relación con el poblador blanco. Además, entienden rescatarlos de un destino que juzgan ignominioso, como testimonios de la "conquista del desierto".

Por lo que se lee en algunas obras testimoniales de los años de aquella larga guerra interior, la búsqueda de cráneos y algunas otras piezas óseas fue un quehacer corriente de los científicos que acompañaban a las tropas de Buenos Aires. El militar los vería como testimonios materiales de la victoria, pero el hombre de ciencia estaba apegado al estudio de los rasgos propios de esas estructuras, de las que podía inferir algunas singularidades y forjar hipótesis sobre líneas de desarrollo de la criatura humana. Tal es el sentido que tienen en el museo platense, donde, por otra parte, sólo atraen la curiosidad de los que estudian esas disciplinas.

La lucha contra el poblador del desierto fue la obsesión secular de la colonia y, luego, de la nación. Es de creer que en la profundidad de la memoria colectiva sobreviven algunos miedos ancestrales, que la aventura argentina canalizó hacia esa guerra. El aborigen era el "enemigo", en el sentido tradicional, es decir, el otro, lo otro, lo desconocido que se configuraba como amenaza. Algo semejante debe haber sucedido del lado aborigen, aunque en su caso el miedo al poderoso invasor coexistía con el atractivo que generaba el panorama de abundancia de bienes materiales que contrastaba con la estrechez de una vida deambulante. Cuando se leen páginas de Ceballos y otros científicos y literatos que dejaron testimonios de aquellos duros años, no se percibe miedo ni odio. Predomina la curiosidad científica y, en casos, se desliza una nota de piedad o de protesta.

Hay testimonios más próximos de situaciones como las que se escenificaron en la pampa. Algunas tribus del norte resistieron más tiempo, protegidas por la naturaleza, y permitieron observaciones más completas. Otro tanto sucedió con los aborígenes de Tierra del Fuego, acerca de los cuales dejaron testimonio Darwin, pobladores ingleses y misioneros católicos y protestantes. En la novela Fuegia, de Belgrano Rawson, se puede uno asomar a esa vasta tragedia (aniquilamiento final de los aborígenes por los ovejeros, los loberos norteamericanos y europeos y otros grupos que colonizaban con la avidez característica de los tiempos).

Asimismo, se aprecia el esfuerzo de no pocos europeos y argentinos y chilenos por dar una oportunidad a gentes que habían podido construir una laboriosa cultura en las severas condiciones de aquellos ambientes. También se habla de la búsqueda de restos para enviar a Londres o a Buenos Aires, hasta principios del siglo veinte. Y se confirma lo que se lee en el informe de Darwin: que algunos aborígenes fueron exhibidos en la gran feria de París. Finalmente, abandonados por el traficante, deambularon por Europa, tratando de ir hacia el sur. En cada puerto preguntaban si ese barco iba al sur.
Las calaveras son testimonios de un costado significativo de la historia.

Atentamente:
JOTAVE