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CULTURA: MUESTRA EN EL MUSEO DE ARTE DECORATIVO
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| HABIA UNA VEZ. La prenda ya era usada por los indígenas hace 3.800 años. |
A través de 122 piezas de enorme valor, la exhibición
ofrece un panorama histórico de uno de los íconos de la cultura
argentina · A la vez, brinda un riquísimo mapa de variedades,
tejidos, colores y diseños
Un rectángulo de cualquier paño con un tajo en el centro para pasar la cabeza: nada más sencillo que un poncho. Pero en la palabra cualquier está el asunto: infinitas variedades de hilos, formas de tejer, colores, dibujos. Variantes que hablan del artesano, su paisaje, la memoria colectiva, tanto como de quien se calzará la prenda. A esta combinación de habilidad, imaginación y paciencia está dedicada la muestra El poncho. Arte y tradición, en el Museo Nacional de Arte Decorativo (Avenida del Libertador 1902).
Roberto Vega, Javier y José Eguiguren Molina reunieron 122 piezas de enorme valor, en su mayoría procedentes de colecciones particulares. Y las agruparon de acuerdo con criterios fáciles de comprender: evolución antes y después de la conquista, características regionales, diferentes técnicas.
Si bien es incierto el origen de la palabra poncho, con otros nombres ya lo usaban los indígenas desde hace al menos 3.800 años. Los pocos textiles que se han conservado pertenecen a la zona andina, como las coloridas cushmas de la cultura de Nazca situadas a la entrada de la muestra. Sin embargo, la prenda —confeccionada en lana de camélidos (llama, vicuña, alpaca, guanaco), a veces también con algodón— era vestida por casi todos los grupos del actual territorio argentino.
Cuando llegaron los españoles, los pueblos originarios ya dominaban varias técnicas de tejido y teñido. La incorporación de la oveja y del caballo y, más tarde, del telar a pedal, no hizo más que enriquecer las opciones de los artesanos y fomentar los cruces culturales.
El poncho fue moneda de intercambio para los encomenderos, cuya actividad fue menos inocente que la de "proteger a los indígenas" (quizás el único error en la precisa cartelería explicativa de la muestra). Obligados a tejer al gusto de la sociedad colonial y a destejer la trama simbólica que hacía referencia a sus creencias, los artesanos del Alto Perú y del noroeste condensaron significados en los colores.
Los ranquelinos se volvieron vistosos y aguantadores. Los makuñ —el llamado poncho pampa— se diversificaron en manos de las mujeres, que debían tejer uno por año para su hombre, quien los usaba como valor de trueque. Los araucanos se lucieron al dibujar guardas con la difícil técnica de tintura en reserva. Hasta que llegó el gaucho, que hizo del poncho su uniforme, pero también montura, manta y almohada. En la segunda mitad del siglo XIX, los ingleses exportaron al Río de la Plata los industriales, diseñados con torpes interpretaciones de los dibujos que suponían gustaban a los argentinos.
Jesuíticos, arribeños, cordobeses, salteños, patrios... Llevaría varias páginas un glosario acerca de la prenda que nos iguala y nos diferencia. Hasta los hubo de cuero sobado, como el increíble poncho blanco que perteneció al general Urquiza, suave y liviano como una mantilla de bebé.
Recorrer la sala dedicada a las piezas históricas es ir de asombro en asombro. El que recibió el general San Martín en Chile, donde una anónima tejedora mapuche plasmó los símbolos de poder de su propia comunidad. El que había vestido el cacique ranquel Mariano Rosas y que regaló al coronel Lucio V. Mansilla. El que lució el general Oribe, rojo brillante con franjas de seda en dégradé. Algunos de los que le obsequiaron a Juan Manuel de Rosas.
También aprenderá a valorarlos quien visite la muestra
y baje al subsuelo, para observar a los artesanos que hacen hablar a sus
telares. Hay tiempo hasta el 25 de noviembre, todos los días de
14 a 19.