Garrapatas | Casos y cosas | El precio del placer | Voces del Tiempo | La Hora de los Basureros
El detective George Washington Caucamán dio el grito de ¡quietos, al que me mueva le vuelo las verijas! y los jinetes se detuvieron en seco. En un movimiento coordinado por los años de práctica combatiendo el cuatrerismo en los pasos cordilleranos de la Patagonia, dos policías salieron de entre los matorrales y encañonaron a los sorprendidos cuatreros. Caucamán se iba a unir a sus compañeros, pero el gesto del cabecilla del grupo lo inquietó; llevaba una mano bajo el poncho mientras pedía que lo dejaran identificarse. Vio brillar el culatín de la USI y alertó ¡cuidado, tiene una metralleta!, pero el jinete, con un solo movimiento se había echado el poncho sobre la espalda y parado sobre los estribos descorría el seguro del arma. Caucamán saltó hasta quedar a un costado del jinete, alzó la Remington recortada y disparó. E1 hombre salió despedido como si le hubiesen asestado la más brutal coz en las nalgas.
-George Washington Caucamán -dijo el comisario.
-Usted dirá, jefe
-se limitó a responder el aludido sin ocupar la silla que le habían
indicado, y no por recato, sino porque tenía las botas y los pantalones
embadurnados de boñigas. Qué diablos. La vida de un policía
que combate el cuatrerismo no es precisamente un sendero de rosas.
-Te has metido en un pozo
de mierda, muchacho.
-Llevo 15 años con
la mierda hasta el cuello, jefe. Usted sabe que aquí los casos no
se resuelven desde el escritorio. Yo huelo las boñigas de una vaca
y sé cómo se llamaba la abuela del ganadero.
El comisario cruzó
las manos sobre el expediente y asintió con la cabeza. Tenía
por delante a uno de esos policías que llegan hasta el final de
cada caso sin importarles si terminan con una medalla al mérito
colgada del pecho, o ellos colgando de un solitario roble de los Andes.
Volvió a abrir el
expediente, y antes de leer por centésima vez las paparruchadas
legales allí consignadas miró detenidamente al detective.
Medía poco más de un metro setenta, su cuerpo tenía
la contextura de un tronco centenario partido por un rayo, definir como
cuello al espacio que le separaba la cabeza del resto del cuerpo resultaba
una inútil metáfora, sus ojos brillaban como dos negras ascuas,
y la cabellera negra, hirsuta, rebelde, indomable, delataba al que lleva
pura sangre mapuche en las venas.
-George Washington Caucamán.
Fui tu instructor en la escuela de detectives y siempre te hablé
claro. Te dije que ser mapuche en este país de mierda era casi tan
malo como ser negro en Alabama. Te dije que nunca, jamás te ofrecerían
una plaza de servicio digna en la ciudad y por eso te elegí para
el servicio rural. Y también te repetí hasta el cansancio
que no te metieras en lío con los milicos.
-Con todo respeto, jefe.
Yo sólo me limité a cumplir con mi deber.
El comisario reconoció
que una vez más el enmierdado policía tenía razón.
Los buenos policías tienen algo de suicidas y eso los impulsa a
llegar con el cumplimiento del deber hasta las últimas consecuencias
-meditó- y enseguida leyó del expediente:
-"...y como resultado de
la desafortunada intervención policial. El ciudadano Manuel Canteras
recibió una perdigonada doble, del calibre 14, en los glúteos,
lo que conllevó a una posterior amputación de la nalga derecha
en un cien por ciento, y de la nalga izquierda en un setenta por ciento".
George Washington Caucamán, ¡dejaste sin culo al hijo del
general Canteras!
Lo siento, jefe. Sé
que el general es un pez gordo, pero el expediente olvida mencionar que
el jovencito comandaba un grupo de facinerosos que arreaban un rebaño
de cuarenta vacas Holstein con rumbo a la Argentina. Vacas robadas a la
estancia E1 Rosario. Y tampoco menciona que intentó ametrallarnos
con una USI.
E1 comisario encendió
un cigarrillo, arrugó la nariz y siguió leyendo:
-"Manuel Canteras hijo
se encontraba realizando una excursión en compañía
de un grupo de amigos, todos ex miembros de las Fuerzas Armadas, amantes
de la naturaleza y las bellezas regionales, los que, tras toparse sorpresivamente
con un rebaño de reses extraviadas, cumpliendo con un elemental
sentido del deber decidieron conducirlas de regreso hasta sus pastizales
de origen en las cercanías de Palena. En eso estaban, arreando el
rebaño, cuando fueron atacados sorpresivamente por un contingente
de la policía civil..." ¿sigo?
-Pura paja, jefe. ¿Qué
piensa hacer conmigo?
-Lo sensato sería
obedecer los deseos del general Canteras, expulsarte del servicio para
que sus hombres luego se encarguen de ti, pero yo me juego por mis hombres
que el culo del hijo de un milico nunca valdrá lo mismo que la vida
de un policía.
-Hable claro, jefe.
-He conseguido que el psicólogo
del cuerpo te declare sometido a una fuerte fatiga, consecuencia del duro
servicio, lo que te ha llevado a actuar de forma temeraria.
-No entiendo ni una palabra,
jefe.
-¡Que estás
medio chalado, huevón! Y que eso te ha convertido en un policía
de gatillo ligero. ¡No digas ni una palabra! Tengo que sacarte de
aquí y mandarte a un nuevo destino, en la capital. Este condenado
país tiene casi cinco mil kilómetros de fronteras, por todas
partes contrabandean vacas, cigarrillos, drogas, y yo tengo que prescindir
de un buen policía porque le voló el culo al hijo de un general.
A los polis de gatillo ligero los meten en una oficina, pero lo hago por
tu bien. Es la única manera de protegerte.
La capital. A George Washington
Caucamán estas palabras le sonaron como bofetadas. ¿Qué
diablos podría hacer en la capital? Tenía más de quince
años combatiendo cuatreros y contrabandistas y su elemento natural
eran los cerros. Podía dormir plácidamente sobre un caballo,
en un agujero cavado a la nieve, o abrazado a la rama de un roble para
protegerse de los pumas. Santiago. La capital. Sonaba terrible todo aquello.
-¿La capital? Jefe,
no puede hacerme esto.
-Lo siento, muchacho. No
hay otra solución, y afírmate los pantalones porque aún
no te he dicho lo peor: Por culpa del retorno de la democracia la dirección
está empeñada en arreglar la imagen del cuerpo y ninguna
comisaría quiere tipos con antecedentes de gatillo ligero, así
que, tras mucho esfuerzo, te conseguí una plaza en la comisaría
de investigación de delitos sexuales. ¿Alguna pregunta?
-Sí, jefe. ¿Qué
tiempo hace en la capital?
-Frío, muchacho.
Agosto es siempre muy frío.
George Washington Caucamán
necesitó varias botellas de aguardiente para reponerse de tan brutal
sorpresa, y borracho como una cuba terminó abrazado a su caballo,
llorando el llanto sin estridencias de los antiguos caciques, mordiéndose
los labios hasta hacerlos sangrar, como los toquis, los capitanes
mapuches, al entregar los pectorales del mando luego de las derrotas, y
así, en un lento pero decidido ritual de despedida, se fue despojando
de las botas camperas, de las espuelas de plata, de la montura de suela,
de los estribos tallados en madera de palto, de la fusta de tripas de guanaco,
del poncho de castilla que lo había protegido de los peores temporales,
y de la escopeta Remington de dos cañones recortados, su "choco
"
salvavidas
que sin embargo de haberlo resguardado de los más terribles malandras,
no lo había salvado de las iras de un general con un hijo desculado.
Despertó de la borrachera
con la úlcera gástrica de todos los detectives a punto de
enloquecerlo, y sólo con la ayuda de tres papelillos de bicarbonato
consiguió ponerse nuevamente de pie frente a la vida.
Una semana más tarde,
el detective George Washington Caucamán, vestido como para un casamiento
y sin rastros de boñigas en su indumentaria, trepaba la escalerilla
del avión que lo conduciría a Santiago.
-Bueno, allá vamos -se dijo ya en el aire, y cerró los ojos para no ver el paisaje de prados, lagos, cerros, vacas y más vacas, pensando qué ciertos eran esos versos que decían que las penas son de nosotros y las vaquitas ajenas.
El oficial administrativo
de la dirección de Investigaciones, la policía criminal chilena,
revisó la documentación del recién llegado y luego
lo observó con atención de antropólogo.
-Así que gatillo
ligero. ¿Por qué se metió a investigaciones y no al
cuerpo de carabineros?
-¿Tengo que responder
a esa pregunta?
-Si quiere. No abundan
los mapuches entre nosotros. A ustedes les gustan los uniformes y por eso
prefieren meterse a carabineros.
-Debo ser la oveja negra
que confirma la regla.
-También se dice
que ustedes son gentes de pocas palabras.
-Y borrachos y flojos.
También fuimos sifilíticos.
Terminado el fraterno intercambio
de opiniones, el oficial lo mandó a la dirección de personal.
Allí, el encargado le cambió la tosca placa de detective
rural por una enmarcada en un libretín de cuero, y le entregó
las herramientas del oficio: un par de esposas, un Colt 38 largo y una
caja de veinticuatro proyectiles.
-Una vez vi una película
de Clint Eastwood. Él era un policía de Tejas que llegaba
a Nueva York y se veía muy raro. Más o menos como usted -dijo.
-¿Me encuentra parecido
a Clint Eastwood?
-No. Es que él venía
de provincia y era un vaquero. Los del servicio rural también son
vaqueros, ¿no?
El detective de provincia
no respondió y rápidamente leyó el folio con instrucciones
que le habían preparado. No eran muchas y sugerían un negligente
arréglatelas como puedas.
-Fue muy sonado lo que
le hizo al joven Canteras. El pobre chico tendrá que conseguirse
un donante de culo para volver a sentarse. Cuide la munición, gatillo
ligero -dijo el encargado y le guiñó un ojo, pero George
Washington Caucamán prefirió ignorarlo.
-Aquí pone que tengo
cuarto en una pensión. ¿Queda cerca de aquí?
-A ver. Barrio San Joaquín.
Queda al sur, creo.
-¿A cuántas
leguas?
El detective de provincia
se marchó, y dejó al encargado discutiendo con otros dos
funcionarios respecto de cuántos metros medía una legua.
La ciudad le resultó
enorme, fría y agreste. Era difícil respirar y también
costaba orientarse, porque el sol brillaba en algún lugar incierto
del cielo, más arriba de la capa pringosa de gases que cubría
Santiago. Caminó una media hora hacia el sur, hasta que, asustado,
tuvo que sentarse en una parada de buses. Algo espeso y sucio se interponía
entre el aire y sus pulmones. Al ver los miserables plátanos que
sobrevivían en la calle San Diego, sus hojas oscuras, cubiertas
por una pátina de la misma tristeza nauseabunda que soltaban los
tubos de escape, se dijo que tenía que moverse con cautela, de la
misma manera como lo hiciera un par de años atrás cuando,
siguiendo el rastro de unos cuatreros al norte de Balmaceda, descubrió
huellas en la nieve y éstas lo condujeron hasta un establo natural.
Era un estrecho paso entre montes flanqueado por cañas de quila,
el bambú andino que recibe las nevadas, soporta el peso y se inclina
formando bóvedas invisibles para las avionetas de la policía.
Los cuatreros habían pasado por allí, así lo decían
las huellas, y debían estar al otro extremo de la bóveda
que aparentaba ser muy larga pues no escuchaba el mugir de los animales.
Desmontó, y con la Remington amartillada avanzó unos trescientos
metros, hasta que, metido en el estiércol hasta las rodillas se
sintió extrañamente alegre y achispado. Allí supo
que tenía que salir, porque los gases de la materia en descomposición
empezaban a narcotizarlo y lo matarían en cuestión de minutos.
-No se juega con los gases
-se dijo, y detuvo el primer taxi que pasó.
-Conozco la pensión.
Está en la calle Copiapó. En quince minutos estamos allá
-dijo Anita Ledesma, y el detective descubrió que estaba en manos
de una conductora.
Los débiles rayos
de un sol lejano aumentaban los tonos grises de la ciudad. George Washington
Caucamán se dijo que no quería ni vivir ni morir en Santiago,
y que haría lo posible para largarse cuanto antes. Un frasco azul
junto al asiento de la chófer llamó su atención.
-¿Tiene chanchos,
señorita?
-¿Yo? Ojalá
los tuviera. Abriría una charcutería -respondió Anita
Ledesma con toda la gracia de sus cuarenta años bien parapetados
tras la barricada de la esperanza.
-Ese frasco es un desparasitador
de chanchos.
-Me lo vendieron para el
perro. Tiene garrapatas.
-¿Blancas o marrones?
-No lo sé. Nunca
se las he mirado. Sólo lo veo rascarse.
-Marrones. Las blancas
no producen escozor. Ese producto le matará al perro, es muy fuerte,
para chanchos, porque la piel porcina es gruesa y la capa de grasa impide
que las toxinas entren en el organismo. Hierva medio kilo de ortigas en
un litro de vinagre hasta que rebaje a la mitad y luego frote al perro
con esa solución.
-Llegamos, amigo. Y no
me debe nada -dijo la taxista.
-¿Es por la receta?
Los secretos del campo no se cobran -alegó el detective con un billete
en la mano.
También se la agradezco,
pero yo le debo una gran alegría: vi su foto en los periódicos,
usted le voló el culo al hijo pequeño de un tremendo hijo
de puta -exclamó dichosa la taxista entregándole una tarjeta
con el número de su celular y la seguridad de que podía contar
con ella.
George Washington Caucamán
bajó del taxi preguntándose si tal vez el paisaje de la ciudad
lo componían las gentes.
En la pensión le
mostraron un cuarto de inventario espartano. Aceptó, y luego de
asentir sin palabras a las recomendaciones de la patrona en el sentido
de no meter personas del sexo opuesto a la habitación, se tendió
en la cama y cerró los ojos hasta que el hambre le recordó
que no había probado bocado en todo el día.
Salió y se metió
a la primera cantina que encontró en el camino. Mientras esperaba
a que le sirvieran, pensó con nostalgia en sus compañeros
de la Patagonia. Estarían asando un costillar de cordero, luego
tomarían mate y se contarían chistes picantes. Trinchaba
con desgano un bife delgado como un sello postal cuando dos tipos de cabellos
muy cortos se sentaron frente a él.
-Así que tú
eres el indio de mierda -dijo uno.
-De mierda no, de Loncoche
-corrigió.
-Somos amigos de Manuel
Canteras y te vamos a volar los huevos -dijo el otro, tamborileando con
los dedos sobre la mesa.
-Puede ser, pero no con
esa garra -respondió el detective clavando el tenedor en la mano
del tipo.
Con el 38 de reglamento
empuñado los vio salir. Uno repetía siniestras amenazas y
el otro daba alaridos tratando de quitarse el tenedor que le traspasaba
la mano.
Cuando estuvo seguro de
que los tipos se habían largado guardó el arma y echó
mano a un papelillo de bicarbonato. El alivio efervescente llegó
rápido y se llevó los retorcijones intestinales. Al sacar
dinero para pagar la cuenta con el tenedor incluido encontró la
tarjeta de Anita Ledesma y se alegró de oír su voz.
-¿Anita? Soy el
que le dio la receta contra las garrapatas.
-Esperaba su llamada. ¿Se
metió en problemas?
-¿Cómo lo
sabe?
-Su cara salió en
la prensa, amigo, y en Santiago hacen nata los tipos rencorosos. Dígame
dónde está y paso a recogerlo en unos minutos.
Acomodado en el taxi de
Anita se repitió que no quería ni vivir ni morir en Santiago.
-¿A la pensión?
Lo llevo a cualquier parte, amigo.
-Demos una vuelta por la
ciudad. Tengo que pensar.
El auto se puso en marcha
y la taxista respetó el silencio del detective. Encendió
discretamente la radio. Las noticias hablaban del futuro esplendoroso que
se abría ante el país con el auge de las exportaciones. Una
media hora más tarde pasaban frente a unos jardines iluminados.
-El cerro Santa Lucía.
Lindo y vacío -dijo Anita.
-Los mapuches lo llamaban
"huelén" y era un lugar sagrado -comentó el detective.
-Hasta que llegó Valdivia, los españoles, y a sus pies levantaron esta ciudad de mierda -agregó Anita.
A las ocho de la mañana,
el detective George Washington Caucamán entraba a un remozado edificio
de la calle Agustinas. Una placa de acrílico indicaba que en el
segundo piso atendía la comisaría de investigación
de delitos sexuales. Al abrir la puerta, pensó que se había
equivocado de piso y estaba en una escuela de secretariado, porque las
seis mujeres que ocupaban los escritorios eran jóvenes, atractivas,
y el lugar, con sus coquetas plantas de interior, tenía muy poco
de dependencia policial, pero el 38 de cañón recortado que
una de ellas cargaba en la cintura le hizo saber que se encontraba entre
colegas. Así que cerró la puerta y saludó tímidamente.
-Es un piso más
arriba -dijo una de las mujeres.
-¿Qué es
un piso más arriba?
-La fotocopiadora. ¿No
viene de la Xerox?
El detective de provincia
preguntó por la comisaria. Una morena de lentes que se empeñaba
en tipear un documento lo llamó a su escritorio. George Washington
Caucamán le entregó la orden de incorporación a la
comisaría.
-Vaya vaya. Chicas, ¿saben
a quién tenemos aquí? Al Charles Bronson de la Patagonia.
Las mujeres policías
lo observaron con atención de entomólogas, de hombro a hombro,
de pies a cabeza, y no economizaron risitas.
-¡Qué look!
La
última vez que vi un terno como ése fue en la película
El
halcón maltés -dijo la que se notaba más joven.
-Intentaré corromperme
para vestir trajes de Armani -respondió el detective.
-George Washington Caucamán.
Debe ser descendiente de ingleses. Mi abuelo se llamaba Evans y era galés.
De pronto hasta somos parientes -comentó otra.
-No lo creo. Pero mi bisabuelo
conoció galeses en la Patagonia. Les ayudó a despiojarse.
Y ahora, si son tan amables me gustaría saber cuál será
mi lugar de trabajo y qué debo hacer.
-Le daremos un escritorio
y lo demás será esperar -dijo la comisaria.
Recibió un escritorio
en el pasillo, bastante alejado de las mujeres policías. El detective
supuso que lo confundirían con el conserje del edificio o con el
responsable de objetos perdidos, pero no discutió. El escritorio
tenía tres cajones tan vacíos como el servicio que empezaba.
A media mañana luchaba
con los bostezos. Había visto entrar y salir a varias mujeres, algunas
de ellas con ojos a la funerala, otras pálidas y demacradas, unas
muy jóvenes, otras maduras, y en medio de tal tedio la comisaria
se acercó hasta su escritorio.
-Hacer de mueble cansa
-comentó el detective.
-Mejor para usted y para
todos. Mire, no tenemos nada personal en su contra, pero nos han informado
que usted es uno de esos polis de gatillo ligero y aquí trabajamos
con otros métodos.
-Entiendo. Intentaré
enmendarme, dejaré el 38 en el escritorio y cargaré una asistente
social en la sobaquera.
-No se pase, detective.
Pronto le traerán materiales de escritorio y un teléfono
con grabadora. Conforme al reglamento se deben registrar todas las denuncias.
-O sea que me incorpora
al trabajo. Gracias.
No puedo evitarlo, sin
embargo, no se hará cargo de ningún caso. Le repito que no
tenemos nada en su contra y sí mucho contra el imbécil que
lo destinó a nuestra comisaría. Usted sabe que ninguna mujer
agredida confiaría en un hombre, y menos aún en un mapuche.
Perdone, pero la realidad es así. Nos puede echar una mano en muchas
cosas, pero en ningún caso.
-Los indios somos optimistas,
comisaria. Le aseguro que pronto aparecerá un camionero violado
por una banda de hermanas de la caridad y ése será mi caso.
Al mediodía, con
el teléfono ya conectado, las mujeres policías decidieron
que él se quedaba de guardia durante el turno de comer, y lo dejaron
solo. No protestó, y en cuanto las escuchó bajar la escalera,
marcó el número de Anita Ledesma.
-¿Cómo va
todo? -consultó la taxista.
-Maravillosamente. Tengo
un teléfono lleno de botones rojos.
-Si se mete en líos
no dude en llamarme.
-Anoche cené solo
y no me gustó.
-Acepto. Llámeme
a eso de las nueve.
Apenas había colgado
y el teléfono sonó por primera vez en su escritorio.
-Anoche te escapaste jabonado,
pero no te preocupes, vas a pagar lo que le hiciste a Manolito -amenazó
una voz ronca, como de fumador empedernido.
-Si tus amigos van por
la cantina que devuelvan el tenedor -alcanzó a decir el detective
antes de que colgaran.
Que a uno lo persigan por
volarle la cabeza a un prójimo, vaya y pase -meditó el detective-,
pero hacer tanto escándalo por un culo no es serio.
No pudo seguir divagando,
porque en ese preciso instante vio a la mujer que indecisa caminaba a su
encuentro.
-¿No están
las señoritas?
Era una mujer corpulenta,
de unos sesenta años, con un vigoroso moño anudado a la nuca
y no venía sola. De su brazo derecho colgaba un bolso de piel imitación
cocodrilo, y del izquierdo un cónyuge que a todas luces se movía
contra su voluntad.
-No, pero yo soy uno de
ellas -respondió el detective.
-Querida. Los trapos sucios
se lavan en casa- dijo el cónyuge.
-Siéntese, Hipólito.
Y hable nada más cuando se lo permita el detective -ordenó
la mujer.
Hipólito empezó
a morderse las uñas mientras la mujer abría la cartera y
buscaba algo, hasta que finalmente dio con una hoja de papel.
-Mire esto.
Era una factura de teléfono
y bastante abultada. Había por lo menos dos meses de sueldo de un
detective en esa cuenta. Hipólito comenzó a sollozar.
-Es bastante dinero -opinó
el detective.
-Más que eso. Fíjese
en el detalle de las llamadas.
El detective volvió
a revisar la cuenta. Estaban detalladas las llamadas de un mes. La mayoría
eran breves, un par de minutos, pero había tres que se llevaban
la mejor tajada de la torta.
-¿Comprende lo que
ha hecho este marrano? -dijo la mujer amenazando con meterle un capirotazo
a Hipólito.
El detective alzó
los hombros.
-Lo han engatuzado, esquilmado,
estafado. Este miserable, buscando en otro lugar lo que tiene gratis en
casa, frecuenta mujerzuelas por teléfono.
-¿Usted hace eso,
Hipólito? -dijo sencillamente por decir algo, porque el regreso
de las mujeres policías le inhibió la carcajada.
-Y bien. ¿Qué
espera para ir a detener a esas putas?-preguntó desafiante la mujer.
-Señora, ésta
es una reclamación para el comité de defensa del consumidor,
siempre y cuando su esposo declare que lo han estafado, que los servicios
recibidos no se correspondieron con la oferta. Además, no hay ninguna
ley que impida a Hipólito cascársela como le dé la
gana.
La mujer salió como
una tromba, maldiciendo a los indios de toda América, con el cónyuge
colgado de su brazo izquierdo, y el detective se echó a la boca
un papelillo de bicarbonato.
-¿Qué es
eso? ¿Coca? -preguntó la comisaria.
-Coca de los pobres. ¿Quiere
probar? -respondió el detective con la boca llena de espuma.
-No muerda. Y ya que le
cayó la primera cosa revise estas otras, quién sabe si se
convierten en un caso -dijo entregándole varias carpetas.
Todas estaban tituladas "Hot Line". George Washington Caucamán mató el día revisando facturas telefónicas de muchos onanistas con problemas de pago.
Así como las loterías
y las tragaperras fomentaron la ludopatía con licencia estatal para
solaz de los bancos y de los usureros, las líneas calientes reivindicaban
una práctica sexual antigua como la humanidad, rescatándola
de la condena eclesiástica y de un aparente monopolio juvenil. El
gran problema era que la paja fue siempre gratis, y ahora, en cambio, el
sexo telefónico la convertía en un placer de lujo.
-Las confusiones del sexo,
Anita -comentó el detective George Washington Caucamán a
su compañera, mientras ésta le revisaba los maltratados pies.
Anita Ledesma vivía
en una pequeña casa del barrio San Isidro y todo su mobiliario era
muy funcional y práctico, como ella misma.
-Mire, amigo -le dijo en
el café en que se habían citado-, yo creo en los astros,
y ellos dicen que usted y yo terminaremos en la cama, de tal manera que
evitemos la inútil ceremonia de la conquista y empecemos a conocernos
de la mejor manera. En casa tengo suficientes espaguetis y varias botellas
de vino.
-Supongo que llegó
la hora de tutearnos -respondió Caucamán.
Entre los dos sumaban ochenta
años, y tal cúmulo de tiempo predispone al amor sincero,
libre de aspavientos, proezas o disculpas, y, como no hay nada que perder,
el resultado final es una enorme ganancia.
-¿De verdad crees
que el sexo se presta a confusiones? -preguntó Anita pasándole
una escofina por los callos.
-A veces. Recuerdo una
historia que me contaron unos arrieros en la Patagonia. Hace dos años,
un frente de mal tiempo interrumpió las maniobras que un regimiento
de infantería realizaba en la frontera con Argentina. Treinta días
y treinta noches lloviendo sin parar habían soportado los milicos,
cuando un teniente se acercó al grupo de arrieros para preguntarles
cómo aliviaban ellos los tormentos de la entrepierna. Le respondieron
que de la manera más conocida, y que si se sentía muy apremiado
podían llevarle una burra junto al río. El teniente se negó,
y con gesto asqueado los acusó de pervertidos. Pasó otro
mes. A la lluvia se agregó la nieve, y el teniente volvió
a ver a los arrieros. Con toda la vergüenza del caso pidió
que le llevaran la burra junto al río. Los arrieros, sin entender
la causa de semejante pudor le dijeron que conforme, que al día
siguiente le esperaría la burra junto al río que crecía
y crecía. Ahí estuvo también muy puntual el teniente,
y, luego de ordenar a los arrieros que se volvieran, se bajó los
pantalones y empezó a fornicar con el animal. Entonces uno de los
arrieros giró la cabeza y le dijo: mi teniente, la burra es para
cruzar el río. Las putas están al otro lado.
George Washington Caucamán
despertó alegre esa mañana. Anita le había dejado
un termo de café y tostadas junto a la cama. Se levantó de
un salto y sintió que sus pies libres de durezas podían llevarlo
a cualquier parte.
-Cosa o caso, ésos
tienen un problema que también le compete -dijo la comisaria, indicándole
a una pareja que esperaba frente a su escritorio.
-¿Usted es el experto
en líneas calientes? -preguntó el hombre.
-He seguido pistas calientes
durante quince años -respondió el detective, recordando los
vuelcos de corazón que tantas veces sintió al palpar unas
boñigas blandas y humeantes en un sendero de monte.
Les ofreció asiento.
La mujer no era muy alta, tendría unos cuarenta y cinco años
y, pese a la preocupación que marcaba su semblante, mostraba la
seguridad de saberse atractiva, en lo mejor de la vida y con deseos de
prolongarla. Se sentó con movimientos delicados, y el hombre, un
flaco de similar edad que no dejaba de sobarse las manos, prefirió
permanecer de pie.
-¿El señor
se pasó con la cuenta telefónica? -dijo el detective para
romper el hielo.
-No. Al contrario. Por
primera vez en la vida, estamos libres de números rojos -precisó
el hombre.
-Me gustaría tener
esa clase de problemas.
-No es eso. Se trata de
una historia confusa y será mejor que sea yo quien la explique -dijo
la mujer buscando sus cigarrillos.
George Washington Caucamán
le acercó el cenicero y cogió la libreta de apuntes.
-Me llamo María
Lombardi y mi compañero se llama Sergio Téllez. No estamos
casados pero vivimos juntos desde hace veintitrés años. Entre
el setenta y cinco y el ochenta y nueve vivimos en el extranjero, en el
exilio. Éramos actores y luego del golpe militar, perdón,
gobierno autoritario se dice ahora, nos quedamos sin trabajo porque estábamos
en la lista negra. No tuvimos más remedio que marcharnos y así
lo hicimos, primero a Colombia y luego a Francia. El ochenta y nueve regresamos
con todos nuestros ahorros para volver a trabajar en teatro, pero el país
había cambiado, cada viejo compañero defendía su pequeña
parcela hasta con las uñas, y el exilio nos marcaba con el estigma
de los apestados. Buscando trabajo nos comimos los ahorros, y ya estábamos
a punto de largarnos nuevamente cuando descubrimos que, el miedo al sida,
por una parte, y la modernidad del país, por otra, habían
incorporado a los chilenos al sexo telefónico. Así que para
sobrevivir abrimos una línea caliente.
George Washington Caucamán
anotaba, e íntimamente se preguntaba cómo diablos funcionaban
las líneas calientes. Siempre había usado el teléfono
para los fines que Graham Bell previó al inventarlo. Tal vez esos
dos tenían algo que ver con el drama de Hipólito.
-Y todo marchó de
maravillas, hasta hace un par de días -agregó el hombre.
-¿Clientes que se
niegan a pagar las facturas porque las consideran excesivas?
-No. Nunca hemos tenido
quejas al respecto. Nos hicimos de clientes fieles y siempre quedaron conformes
con el servicio -indicó la mujer.
Línea caliente.
Hot Line. George Washington Caucamán les pidió que le detallaran
el funcionamiento del negocio, y la mujer asumió la parte pedagógica.
Es como un prostíbulo
virtual. Sin espejos, sin salones rojos, sin casa. Al atender un servicio
no vendemos nuestros cuerpos, ofrecemos imaginación y estimulamos
la fantasía erótica del cliente. Por ejemplo: un señor
llama y quiere saber cómo estoy vestida. Le pregunto cómo
quiere verme, y si me dice que en minifalda, le digo que llevo una mini
tan corta que apenas me cubre el culo y que además no uso bragas.
Pero en realidad no me he quitado el chándal, la mejor prenda de
estar en casa. Para algunos soy rubia, para otros, morena, pelirroja, calva,
mido dos metros o soy enana, flaca o gorda, plana o tetona, setentona o
muchachita virgen.
-¿Y el señor?
¿Atiende llamadas de señoras?
-Al principio lo intentamos,
pero la liberación femenina es enemiga del negocio -filosofó
el hombre-, se puede decir que soy el técnico de sonido. Hay tipos
que la quieren en la ducha o en el jacuzzi, entonces yo dejo caer
agua de una regadera en un lavatorio mientras ella describe cómo
se masajea con la esponja. Hay otros que la quieren en un establo con caballos,
burros, vacas. Yo relincho, rebuzno, simulo galopes con los dedos sobre
la mesa.
-Todo esto es muy instructivo,
pero quiero saber por qué diablos están aquí. Ésta
es la comisaría de investigación de delitos sexuales -precisó
el detective.
-Hace más o menos
una semana empezamos a recibir la llamada de un tipo extraño. No
paga por escuchar, sino para que nosotros le escuchemos.
-En materia de gustos no
hay nada escrito. Y mientras les pague, no veo de qué se quejan.
-Es que nos persigue. Hemos
cambiado dos veces de número, pero es inútil. Y es horrible
lo que hemos oído -dijo la mujer, enjugando dos lágrimas
que desconcertaron al detective.
Desde alguna parte de la ciudad le llegó el inconfundible hedor del estiércol, y se dijo que estaba frente a un caso.
El detective George Washington
Caucamán tipeó el escueto parte que detallaba la visita de
la pareja de actores reconvertidos al sexo telefónico, y finalizó
indicando que acudiría esa tarde al estudio -quiso poner prostíbulo
virtual- para ser testigo de las llamadas que calificó de obscenas
e inquietantes. Antes de pararse del escritorio, miró el objeto
que le dejara la pareja, y como no sabía si llamarlo cinta o casete,
decidió que lo escucharía antes de inventariarlo como posible
prueba.
La comisaria leyó,
comentó que lo verdaderamente inquietante sería que a esos
cerdos les rezaran el rosario por teléfono, y le preguntó
si sabía conducir, porque tenía derecho a usar una de las
patrulleras.
-Los detectives rurales
sabemos conducir autos, camiones, caballos, botes con motor fuera de borda
y pilotear avionetas. Pero yo prefiero caminar, si no le importa.
Anita lo recogió
al mediodía. Portaba una cesta con sandwichs, un termo de
café y unas naranjas. Llovía sobre la ciudad y el olor a
humedad tornaba casi respirable el aire.
-Vamos a un lugar cerca
del cielo -dijo Anita y puso el auto en marcha.
En la cumbre del cerro
San Cristóbal se sintieron alegremente solos. A unos cientos de
metros más abajo los faldeos del cerro desaparecían, se hundían
en la nube de gases que lo cubría todo. Sabían que por ahí,
abajo, estaba el parque zoológico, la enoteca, los jardines del
barrio Bellavista, la ciudad triste y gris de agosto.
-Me gusta este lugar -dijo
el detective.
-A mí también.
Vengo cada vez que puedo. Imagino que de pronto soplará un fuerte
viento desde el Pacífico, se llevará la nube de smog,
y al bajar encontraré la ciudad que perdí en el setenta y
tres -confidenció Anita pelando una naranja.
-Vaya. También eres
del bando perdedor.
-Y perdí mucho.
Un compañero, por ejemplo. Se llamaba Moisés Panquilef, mapuche,
como tú. ¿Qué quieres decir con eso de que también
soy del bando perdedor?
-Hoy conocí a una
pareja de actores, exiliados que retornaron a una ciudad que los desconoció.
Siento lo de tu compañero.
-Y yo. Nos conocimos en
la facultad de pedagogía, luego vivimos juntos cinco años,
hasta que un día de noviembre del setenta y tres lo sacaron de la
escuela donde enseñaba y desapareció. Y tú, George
Washington Caucamán, ¿quién eres tú?
-Soy el hijo de un panadero
mapuche que leía el Selecciones. De ahí mi nombre.
Y tengo un hermano que se llama Benjamín Franklin Caucamán.
Un día el viejo decidió que los mapuches sólo sobreviviríamos
si nos colocábamos del lado de la ley. Así que me hice detective,
y mi hermano es carabinero.
Llovía, y se estaba
bien en el auto, aislados del mundo, protegidos por la cortina de agua
que se deslizaba por el parabrisas. Anita metió una cinta de Los
Panchos en la casetera y sirvió dos jarras de café.
Me gustaría escuchar
algo -dijo el detective sacando de un bolsillo la cinta que le dieran los
actores.
El tiempo tiene mil voces
y muchas de ellas son crueles. Esta voz del tiempo se presentaba masculina,
ronca, segura, se dirigía a los homosexuales, a las putas, a los
curas rojos, asegurando que muy pronto pagarían por la inmoralidad
y las traiciones a la patria. Continuaba con un fragmento del Venceremos,
seguía con un par de frases del último discurso de Allende,
y luego los llantos, los gritos desesperados, los ruegos, los aullidos,
las respiraciones entrecortadas y semi animales de los que eran arrancados
del desmayo para retornar a las garras del dolor.
Anita arrancó la
cinta de la casetera.
-¡Espera! No la rompas
-dijo el detective.
-¿Qué degenerado
ha hecho esto? -Se preguntó a sí misma, con la mueca del
llanto deformándole el rostro.
George Washington Caucamán
buscó un papelillo de bicarbonato y se lo echó a la boca.
Mientras el milagro efervescente hacía efecto, recordó ciertas
palabras del comisario rural, dichas unos dos años luego del golpe
militar. Con ellas le aseguraba que se irían al peor de los servicios,
pero que tendrían las manos limpias y así, cuando el terror
militar se disipase, ellos podrían exhibir ante el país la
dignidad simple de las manos limpias.
-Me la dieron los dos actores
de quienes te hablé.
-¿Sabes qué
son esos gritos?
-Lo supongo. Puede ser
un montaje.
-¡No! Son gritos
de gentes que están siendo torturadas. Yo conozco esos gritos porque
pasé por el infierno. Estuve dos meses en Villa Grimaldi -gritó
Anita sin preocuparse por las lágrimas, y el auto se tornó
estrecho, pues todos los fantasmas del miedo se refugiaron en él.
-Eso ya pasó, Anita
-dijo abrazándola, y de inmediato se avergonzó de sus palabras.
Sólo le faltaba decir "ahora estamos en democracia y debemos perdonar
a los que nos hicieron daño".
-¿Qué harás
con la cinta? -preguntó Anita secándose las lágrimas.
-Es una prueba legal. Pertenece
al sumario, si lo hay.
-No lo habrá. Los
milicos son intocables.
Había dejado de
llover. Un ave de rapiña cruzó la pequeña porción
de cielo enmarcada por el parabrisas. Volaba alto, tanto, que George Washington
Caucamán no logró identificarla. Podía ser un águila,
o un chimango, o un halcón de los Andes. Fuera lo que fuera, le
dijo al detective que tal vez llegaba la hora de salir del cómodo
cascarón de la inocencia, del yo no me ensucié las manos,
y por sobre todo le dijo que era el momento de entender de una vez y para
siempre que cuando la mierda salpica los ensucia a todos.
-¿Dónde podemos
hacer una buena copia de la cinta? -preguntó el detective.
La casa de Radio Tierra
estaba a los pies del cerro San Cristóbal. Era una emisora de mujeres,
hecha y mantenida por mujeres, y se encargaba de recordarles a las mujeres
que también pertenecían al género humano. Anita saludaba
y recibía muestras de cariño. Una operadora de sonido recibió
la cinta y a los pocos minutos se la devolvió con una copia.
-Es más nítida
que el original. Quité los ruidos parásitos del grabador
-dijo al entregarla.
Anita retornó a
su oficio de cazar pasajeros por las calles ya oscuras de la ciudad, y
el detective marchó hasta el estudio o prostíbulo virtual
de los actores.
Le ofrecieron asiento en
una sala de estar como la de cualquier piso. Un sofá, dos sillones,
muchos cojines, una reproducción del Guernica, un estante
con libros y chucherías, y en la mesa de centro el teléfono
conectado a una grabadora con amplificador. Vio también otros objetos
entre los que reconoció dedales, campanillas, una regadera y un
lavatorio con agua.
-¿Para qué
son esas planchas metálicas? -Consultó.
-Con ellas hago ruido de
truenos. Hay tipos que la quieren desnuda y corriendo bajo una tormenta
-informó el hombre.
La mujer vestía
un chándal azul y llevaba el cabello recogido en una cola que caía
sobre su espalda. No se veía precisamente erótica. Le indicó
que se sentara en uno de los sillones cuando sonó el teléfono.
-¿Aló? Ernesto,
¿tú de nuevo? Vicioso. Ayer me dejaste casi muerta Ernesto.
¿Quieres que lo hagamos de nuevo? Eres mi macho, mi hombre, sí,
te siento, la tienes enorme, me das miedo, me vas a dejar deforme, espera,
que me quito las bragas, ahora sí, Ernesto...
El tal Ernesto estuvo unos
tres minutos al teléfono. Con un bolígrafo atravesado en
la boca, la mujer le pedía que la dejara respirar, que su polla
la ahogaba, y lo conminaba a no correrse todavía, hasta que un sonido
gutural dio a entender que a Ernesto se le habían terminado las
monedas.
-Tres minutos. Sirve para
cigarrillos -comentó el hombre.
-¿Escuchó
la cinta? -consultó la mujer.
-Creo que todos sabemos
de qué se trata -respondió el detective, pero no pudo seguir
porque el teléfono sonó de nuevo.
-Las nueve. Siempre llama
a las nueve -dijo el hombre.
-¿Qué tal, mariconazo? Y tú, putilla comunista. ¿Esperaban mi llamada? -dijo la voz masculina, recia, ronca, decidida-, me gustan las sorpresas, pero unos pinganillas como ustedes no pueden sorprenderme. Sé que me denunciaron y tienen ahí a un indio de mierda. ¿Estás ahí, indio? Me alegra, porque en pocos días serás tú el que participe en mi programa -amenazó la voz, y desató las bestias del horror.
La reacción de la
pareja de actores fue histérica. Sin cesar de repetir que nada había
cambiado en ese país de mierda, que todo, la casa, la policía,
el aire mismo estaba controlado por los militares, mal llenaron un par
de maletas y se fueron sin tomarse la molestia de cerrar la puerta.
El detective George Washington
Caucamán se quedó solo, abriendo lentamente un papelillo
de bicarbonato, y pensando que el dueño de la voz acababa de cometer
un importante error. Pero luego de la recompensa efervescente se dijo que
tal vez ese hombre tenía la sartén tan bien cogida por el
mango, que se daba el lujo de atarle los dos extremos de la madeja, y en
ambos estaban los milicos. Los responsables del centro de tortura, y los
amenazantes vengadores del culo de Manuel Canteras.
Desde un teléfono
público llamó a Anita Ledesma.
-Deja lo que estés
haciendo y vete a la radio. Creo que es el único lugar seguro -dijo
el detective.
-Ya estoy aquí -respondió
Anita con tono apesadumbrado.
-¿Tuviste visitas
en casa?
-Degollaron al perro y
le metieron unas ramas en el cuerpo.
-De hojas muy lisas y alargadas.
No te muevas de ahí.
Ramas de canelo, el árbol
sagrado de los mapuches. El mensaje era muy claro; no había poder
que pudiera protegerlo.
Desde la cabina telefónica
vio el auto detenido a una docena de metros. Podía caminar simulando
que no los había descubierto y tras doblar la primera esquina largarse
a correr hasta despistarlos, pero sería inútil. Con seguridad
habría otro vehículo en las cercanías y estarían
comunicados entre ellos.
El detective George Washington
Caucamán recordó con cariño a los bandoleros de la
Patagonia. Cuando el silencio les entregaba la certeza de que los estaban
rodeando, disparaban sus armas hacia los cuatro puntos cardinales. Nunca
faltaba el policía nervioso o novato que les respondía, y
así descubrían una línea de fuga.
Salió de la cabina
y echó a andar hacia el vehículo. El frío de la noche
permitía ver nítidamente el chorro azul saliendo del tubo
de escape. A seis pasos de distancia comprobó que el conductor tenía
un acompañante. A cuatro pasos vio que en el asiento trasero había
un solo hombre, bastante voluminoso. A dos pasos descubrió que el
acompañante del chófer era el mismo tipo que le había
arrebatado el tenedor hacía dos noches. Casi rozando un guardabarros
delantero, escuchó los elevalunas automáticos bajando los
vidrios. Entonces echó mano al 38 y disparó dos veces a través
de una ventana delantera. El flaco del tenedor nunca más le arruinaría
cenas a nadie, porque la bala le había entrado por una oreja llevándole
un cuarto de nuca a la salida. El conductor tampoco volvería a sentarse
al volante ni pensaba en eso. Toda su atención estaba centrada en
taparse el agujero de la garganta por el que la vida se le escapaba a chorros.
Y el de atrás era un gordo que, aferrado a una inútil Kalashnikov
sin culata, pestañeaba para quitarse los restos de sangre y masa
encefálica que le bañaban la cara. El 38 del detective metido
en la boca le hizo soltar el fusil y salir del auto.
-¿Conduces, sí
o no? -preguntó el detective empujando el revólver.
Dos tiros en una calle
vacía que seguía vacía. Dos cuerpos sobre el asfalto
recibiendo el adiós de las ventanas que se cerraban, de las luces
que se apagaban impulsadas por las manos del miedo.
-No me mates -murmuró
el gordo limpiando la sangre del volante con la corbata.
-Como bajes de ochenta
por hora, ya sabes.
El auto avanzó por
calles desiertas, silenciosas. Sólo el "víbora dos, responda,
¿qué pasa, víbora dos?, responda" saliendo intermitentemente
del equipo de radio rompía la monotonía del viaje.
-¿Hacia dónde
vamos? -preguntó el detective.
-Hacia el este, a la cordillera
-respondió el gordo.
-Diles que me siguen rumbo
a la Estación Central.
Con un cuarto de cañón
metido en una oreja, el gordo respondió a víbora uno. Al
llegar a un parque de árboles altos y gruesos, el detective ordenó
detener el auto.
-Quítate el saco.
-No me mates. Por Dios,
no me mates.
-Limpia la sangre del parabrisas,
imbécil. ¿O quieres que tengamos un accidente? ¿Llevas
un teléfono? ¿Qué es esa luz blanca allá arriba?
-Atrás hay un celular.
Ésa es la Virgen del cerro San Cristóbal. No me mates.
-¿Qué esperas?
Al cerro.
Más calles y avenidas
desiertas. Tan sólo unos perros vagabundos se atrevían a
romper la normalidad del miedo. Llegaron hasta los faldeos del cerro.
-¿Hay vigilantes
a la entrada?
-A esta hora, no.
Empezaron a subir la estrecha
carretera flanqueada por árboles tan antiguos como la ciudad. Una
triste llovizna hacía difícil el avance, las ruedas se aferraban
mal al terreno, pero el 38 en la oreja del gordo hizo de él un piloto
de fórmula uno.
Ya en la cumbre, ordenó
bajar al gordo y lo esposó abrazado a un árbol. Luego de
comprobar la batería del celular llamó a Anita.
-Escúchame sin hacer
preguntas. Repetí nuestro paseo y aquí me quedaré.
Necesito mucha gente a las siete de la mañana, que todos traigan
radios portátiles sintonizadas en vuestra estación, y que
los técnicos estén preparados para grabar una conversación
y la difundan a las siete y cinco.
-Comprendo. Te quiero,
indio.
-Adiós. Yo también
te quiero, huinca.
El detective George Washington
Caucamán renovó la carga de su 38, revisó los bolsillos
del gordo, encontró cigarrillos y una petaca con whisky.
-La noche será larga,
gordo. Trata de dormir.
Y así fue. Una noche
larga, fría y lluviosa. George Washington Caucamán encendió
todas las velas que encontró a los pies de la Virgen, que muy arriba
abría los brazos para bendecir una ciudad maldita.
A las seis de la mañana,
el gordo dormía de rodillas, abrazado al árbol. Lo despertó
de una patada y se dirigió hasta el auto. Cogió el micrófono
y dijo:
-Aquí víbora
dos. Víbora uno, responda.
-¿Indio? No tienes
escapatoria. Te arrepentirás hasta de haber nacido -ladró
víbora uno.
-Que se ponga el general
Canteras, o tendrán un tercer muerto -ordenó apuntando al
gordo con el 38.
¿Cómo te
atreves?, indio de mierda -ladró entonces la misma voz ronca, recia
y masculina de la primera llamada intimidatoria, la misma voz del presentador
de las cintas del horror.
-Lo sé todo, general.
No fue difícil reconocer su voz de cabrón y hay dos cintas
en poder de la prensa. Negociemos. Lo espero en una hora bajo la Virgen
del San Cristóbal. Ni un minuto más.
-Estás loco, indio.
El general te matará apenas te vea -dijo el gordo.
Los minutos que separan
la vida de la muerte se suceden veloces. A las siete menos cinco vio avanzar
el Mercedes Benz del general. Una tímida luminosidad diurna se insinuaba
sobre las copas de los árboles. El general Manuel Canteras bajó
del auto. Vestía un abrigo marrón y sombrero del mismo color.
Los gritos del gordo esposado al árbol no detuvieron su andar decidido.
-Ahora, Anita, empiecen
a grabar -dijo el detective metiendo el celular en el bolsillo superior
del saco.
-Ya eres mío, indio
-saludó el general.
-Sé perder. Los
indios siempre hemos perdido. ¿Me llevará con los demás
torturados para incluirme en su programa?
-Así es. Ellos son
mi botín de guerra. Aníbal, César, Hitler, Franco,
todos los grandes soldados incluyeron prisioneros en su botín. Franco
los empleó para construir el Valle de los Caídos. Yo los
uso para mantener el respeto al poder.
El general Canteras interrumpió
su discurso para volver la cabeza. Desde el bosque circundante avanzaban
mujeres, docenas de mujeres con las cabezas cubiertas por pañuelos
blancos y los retratos de sus parientes desaparecidos.
-¿Qué pasa?
-ladró a sus guardaespaldas.
A una señal de George
Washington Caucamán, las mujeres encendieron las radios, y el general
escuchó su confesión multiplicada.
-Maldito indio. Pude matarte
en cualquier momento.
Varios carabineros somnolientos
y confusos se acercaban trotando. El detective mostró su placa a
la luz de la mañana y gritó a todo pulmón:
-¡Policía!
¡Está detenido, general!
Amanecía sobre Santiago, y, como siempre a esa hora, la basura era retirada para sugerir un poco de decencia.
Fin.