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Buenos Aires, 19 de octubre de 2003.
Debates

El origen de los argentinos

Dos de los máximos epecialistas en genealogía acaban de publicar el primer volumen de una obra ciclópea donde rastrean los orígenes de los apellidos tradicionales argentinos. Según señalan, el tronco fundacional del país deriva de tres etnias -la del colonizador español, la indígena y la africana- que en dos generaciones correrán, junto con las de los diversos grupos que inmigraron en el último siglo y medio, por las venas de todos los argentinos.

¿Qué es ser argentino? La pregunta fue, desde los propios inicios del país, una ecuación de difícil resolución. En la primera mitad del siglo XX el dilema alcanzó estatura de deporte nacional. Para develar nuestra ciclotímica identidad, después de que las corrientes inmigratorias modificaron radicalmente el paisaje demográfico de un país hasta entonces escasamente poblado, se requirieron los servicios de distintos intelectuales de tierras lejanas: José Ortega y Gasset, el conde Herman Von Keyserling, Waldo Frank, entre otros, se vieron en la obligación de ofrecer sus interpretaciones a pedido de las elites intelectuales vernáculas. En el propio país, con Ezequiel Martínez Estrada o Eduardo Mallea, adquirieron por su parte derecho de ciudadanía los "ensayos de interpretación nacional".

¿Los argentinos descienden de los barcos, como señala el viejo adagio, o son europeos en el exilio, como señalaba Borges? Si se pretende mirar al futuro, hay un dato que empieza a desalentar esa hipótesis: hace tiempo que cesó la inmigración desde el Viejo Continente: para ser precisos, la última oleada llegó durante el lustro posterior a la Segunda Guerra Mundial. La crisis, sumada a los cambios de un mundo muy diferente al del siglo pasado, parece habernos despertado, con un golpe de realidad, más latinoamericanos.

La historia o la sociología han dado diversas respuestas a estas preguntas. Pero una disciplina generalmente mirada por sobre el hombro, muchas veces considerada sinónimo de esnobismo, como la genealogía, parece dispuesta a entregar -con su propio instrumental- una respuesta novedosa.

El libro es voluminoso. Tiene más de mil páginas. Sus personajes -por el momento: faltan todavía cinco tomos- son más de cien mil. De encontrarlo en el estante equivocado de una librería, un crítico literario podría confundirlo con una novela de vanguardia, disfrazada de saga familiar, que haría empalidecer al Ulises de James Joyce. Pero se trata de Familias Argentinas, el laborioso resultado de años de investigaciones realizadas por Diego Herrera Vegas y Carlos Jáuregui Rueda, dos de los genealogistas más respetados de la Argentina, que indagan la composición de los árboles genealógicos de las familias tradicionales argentinas para demostrar, a través no sólo de la línea principal, sino también de las ramas secundarias de esos árboles, que la base que componía la sociedad del siglo XIX era mucho más compleja de lo que durante mucho tiempo se pretendió.

Según afirman, hay en el comienzo un dato irrefutable: las familias paradigmáticas argentinas (entendiendo por paradigmáticos aquellos apellidos que, sin distinción de origen geográfico o religioso, tuvieron trascendencia pública antes de las inmigraciones masivas) tienen siempre en su sangre al menos un ascendiente de cada una de las tres etnias que poblaban en tiempos coloniales el país: la del conquistador español, la del indígena y la del africano, arribado más tardíamente en tiempos en que se practicaba aún la esclavitud.

La llegada de otras comunidades fue diversificando esa composición -vascos, genoveses e irlandeses, en primer lugar, y luego, en la segunda mitad del siglo XIX, una variada gama de grupos (judíos o polacos, balcánicos y otomanos, italianos de las diversas regiones)- hasta arribar a la Argentina de hoy.

Sus estimaciones pueden extenderse también hacia el futuro: por simple progresión geométrica, calculan los especialistas, la gran mayoría de los argentinos tendrá corriendo por sus venas, en aproximadamente medio siglo, al menos algunas gotas de sangre de aquel triple tronco fundacional.

Aunque no sea comprobable fácticamente, los cálculos no parecen descabellados si se piensa en ejemplos mundiales. Según algunos expertos internacionales en genealogía, a mediados del siglo XX se estimaba que 200 millones de personas descendían de Carlomagno. Estudios más recientes sostienen también que, de poder hacerse un árbol genealógico ideal, un gran porcentaje de la humanidad encontraría en alguna de las casillas al prolífico nómade Genghis Khan.

"Con el tiempo -afirma Jáuregui- todo argentino descenderá de ese tronco. Sólo entonces, cuando se constituya esa gran familia sanguínea, podremos hablar finalmente del nacimiento de la nación argentina."

Según la historiadora María Sáenz Quesada, la composición variada de la población de los primeros años de vida del país es innegable. Sin embargo, no cree que una gran familia sanguínea y una nación sean términos equiparables. "La Argentina se diferencia de otras naciones en que es una creación política. No tiene que ver con una población. Por el contrario, se trata de tener un gobierno y una presencia. Gente como Juan Bautista Alberdi o como Sarmiento querían justamente modificar esa percepción. La composición de todo pueblo está en constante transformación, pero la única homogeneidad importante es la de tener una clase política homogénea en términos de formación y de educación."
 

El primer mestizaje

Frente a la cáscara de artificio de lo que denominan "genealogía-vanidad", Herrera Vegas y Jáuregui aseguran que hoy existe una genealogía científica, cuyo trabajo consiste no sólo en rastrear datos en archivos y viejos documentos sino también en develar en ellos, como quien descifra una piedra Roseta, las enmiendas, los agregados, los cambios de mala fe o los códigos que dan a entender lo que se callaba por evidentes y comunes razones sociales. La genealogía puede ser, así, una suerte de microhistoria.

Para sustentar su hipótesis -que las distintas sangres coincidieron en tiempos coloniales y extendieron su savia a lo largo del tiempo y a lo ancho del espacio-, aseguran que es un error, en términos poblacionales, considerar que la Argentina nació en el siglo XVIII, con el Virreinato, o en 1810, con la separación de la corona española. El verdadero origen debería ser datado en 1533, al fundarse Santiago del Estero, la ciudad más antigua del territorio, y producirse los primeros e inevitables mestizajes.

Que el mestizaje fue veloz lo demuestra la propia fundación de Buenos Aires: cuando Juan de Garay la creó por segunda vez, en 1580, estaba acompañado por cien personas. De ellos, sólo cinco eran españoles puros. El resto eran los denominados "mancebos de la tierra". Es decir, los vástagos de los primeros amancebamientos de los conquistadores con mujeres indígenas.

El ingreso de los primeros africanos durante la época colonial es posterior en un siglo a aquella fundación. Según asegura Horacio Jorge Becco, la primera referencia atestada de un caso de esclavitud data de 1693, en Buenos Aires, aunque se estima que ya Pedro de Mendoza trajo consigo esclavos.

Pero la propagación de la sangre africana en la sociedad, sin embargo, no fue menos vertiginosa y... silenciosa.

Daniel Schavelzon exhumó, en Buenos Aires Negra , la historia de los africanos que llegaron a estas costas: en Buenos Aires, "buena parte de su población -bastante más del 30 por ciento- llegó a ser de otro color de piel, hablaba extrañas lenguas, tenía su música, sus barrios, sus templos, sus edificios de reunión...". Según el mismo investigador, las provincias tuvieron una población africana mayor aún: a finales del siglo XVIII, la población africana de Tucumán era del 64 por ciento; la de Santiago del Estero, del 54 por ciento; la de Catamarca, del 52; la de Salta, del 46; la de Córdoba, del 44.

"Hay que situarse en una época muy distinta a la de hoy -explica Herrera Vegas-. Todavía estaba en discusión si la gente de raza negra era humana o no. Sin embargo, era usual que los jóvenes de familias acomodadas se acercaran hasta el Parque del Retiro cuando llegaban esclavas y compraran las que les gustaban. Después terminaban teniendo hijos ilegítimos, por supuesto. Pero, como no podía ocurrir de otra manera, muchos se encariñaban e intentaban darles, a su modo, un apoyo o protección."

No era infrecuente, aseguran, que muchos progenitores, al ambiguo modo de aquellos tiempos pasados, se preocuparan por casarlos con otros mulatos o mulatas y que, para que pudieran hacer una vida, les consiguieran algún puesto alejado que les permitiera progresar.

"Sus descendientes, dos o tres generaciones más tarde, volvían a reclamar el apellido que por legítimo derecho les pertenecía -asegura- y entraban en la familia. De esa manera, con el tiempo, la sangre africana pasó a ser parte integrante de ese tronco fundacional."

Según los autores, la primera sociedad criolla era de "un café con leche oscuro" que fue progresivamente deslizándose hacia el "té con leche" cuando comenzaron a llegar los primeros inmigrantes. Estos europeos (vascos o genoveses en primer término) eran muy requeridos por las familias importantes de las ciudades porque permitían blanquear su linaje.

Desaparecida la esclavitud, distintos factores harían que la cultura negra desapareciera como tal. A los casamientos interraciales, la baja natalidad y las pésimas condiciones de vida de los libertos, o las guerras, hay que sumarle -según estima Schavelzon- el convertirse en una colectividad minoritaria con la llegada de masas europeas a fines del siglo XIX.

"A eso hay que sumarle otro dato, que no es menor. Los americanos -asegura Jáuregui Rueda- somos mucho más hispánicos que los propios españoles. Un español es gallego, catalán o valenciano, pero la mayoría vive desde hace 40 generaciones en su propia región. Aquí desde un comienzo se mezclaron los propios españoles."

Para ambos genealogistas, el reconocimiento de este tronco común debería ser considerado como una riqueza más de las que tiene la Argentina, que fue potenciada por las populosas inmigraciones que comenzaron a sucederse a partir del siglo XIX.

"En la Argentina de nuestra época -agregan- todavía había comunidades muy cerradas, donde, con excepciones, los irlandeses se casaban con irlandeses, los polacos con los polacos, los vascos con los vascos y las familias más viejas entre ellas. Hoy la red se abrió completamente y deja en claro lo que, desde el punto de vista genealógico, es una realidad: somos una sociedad poliétnica."

Por Pedro B. Rey
 

Secretos de familia en los pliegues de la historia

En el lento transcurso de un trabajo puntilloso que, muchas veces, obliga a los especialistas argentinos a recorrer otra capitales latinoamericanas, puede ir surgiendo un anecdotario imprevisto.

"Un apellido es antes que nada una marca. Lo que hay que hacer es abrir esa puerta para ir encontrando lo que hay detrás, todo ese conjunto de la realidad que termina por conformar la persona individual de cada uno", afirma Diego Herrera Vegas.

En esa tarea a través de archivos y documentos, el pesquisador debe poner el ojo avizor para evitar caer en las celadas que tienden muchos registros adulterados y también prestar atención a la tradición de la transmisión oral, que muchas veces encierra más verdades que falseamientos.

El trabajo no sólo revela secretos, sino que también permite pintar una sociedad, a través de muchos de sus pequeños acontecimientos, de sus prejuicios, intereses o costumbres, muy distantes del frenético mundo de hoy.

Durante sus investigaciones, Herrera Vegas y Jáuregui Rueda han logrado desentrañar muchos de los ascendientes de origen africano, por ejemplo, de familias tradicionales.

En algunos casos, incluso, puede hallarse un tronco común a más de un linaje.

"Los Oyuela y los Elizalde, por ejemplo, descienden de la misma mujer negra -sostienen-. La partida dice incluso con toda claridad que la mujer es de sangre africana `próxima a españolarse´. Esto significa, para los términos jurídicos de la época, que todavía posee una décimosexta parte de sangre de ese origen. El general Zapiola, por dar otro ejemplo, tenía sangre negra por parte de madre, con lo cual todos los que lleven su apellido también la tendrán."

Pero donde la presión social de diversas épocas se vuelve notoria es en el caso de los hijos naturales.

La consiguiente modificación de partidas no dejó de extenderse a través del tiempo, a pesar de que muchas veces era público y notorio el vínculo entre progenitor e hijo, o entre hermanos legítimos e ilegítimos.

Uno de los casos más llamativos es el del historiador y político del siglo XIX José Manuel Estrada (1842-1894).

"Estrada era el campéon del partido católico argentino. Pero resultó que tenía un hermano natural, lo cual era una evidente complicación. De esa manera, un señor que se llamaba Angel Riveros se transformó en Angel Estrada. Lo que terminaron haciendo fue emparcharle la madre en el registro y anotarle como propia la de José Manuel. De esa manera quedó blanqueado como hijo legítimo, y en el camino se perdió la pobre señora Rivero, la madre verdadera, que no figura en ningún lado, como era su legítimo derecho."

Otro caso singular, ya en el siglo XX, es el de la actriz Mecha Ortiz, donde se revela hasta qué punto hasta tiempos recientes podía ser preferible evitar ser señalada como hija natural a ostentar la descendencia de un pariente de alcurnia.

"Mecha Ortiz era en realidad Mecha Varela y los documentos que existen sobre ella son todos falsos. Cuando escribe sus memorias, se refiere a su padre. Le pone un nombre, Vicente Varela Nimo, y lo hace capitán de Cuba. Pero no tenía siquiera una foto, lo cual es muy improbable si se trataba de un oficial de la Armada. La madre, en cambio, era una mujer proveniente de Galicia, de origen humilde. Aunque en su familia era bien sabido, tanto ella como sus hermanas eran en realidad hijas naturales de Rufino Varela, uno de los nietos de Florencio Varela."

En tiempos de la colonia era frecuente que los sacerdotes tuvieran hijos. Un ejemplo clásico es el del hermano de Camila O´Gorman, que tuvo un hijo natural. Menor que ella, su destino estuvo muy lejos del que corrió su hermana, que fue fusilada junto al cura Ladislao Gutiérrez por sus amoríos clandestinos después de huir y ser atrapados.

Según Herrera Vegas y Jáuregui, las tradiciones orales, en estos casos, pueden ser una fuente de riqueza inagotable. En 1928, el presbítero Felipe Elortondo embarazó a Doña Mercedes Poroli Elizalde. De allí nació un hijo que fue adoptado por la mujer y el tío del presbítero, con quien había terminado casándose. De ese hijo, de nombre Lázaro, estiman, descienden todos los Elortondo de Buenos Aires.
 
 

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