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Buenos Aires, 4 de septiembre de 2004.
Rincón gaucho

El unitario que buscó el exilio tierra adentro

Manuel Baigorria, que vivió entre los ranqueles, deja asomar en sus Memorias la nostalgia por sus pagos


No todos los unitarios fueron, como se cree, intelectuales disidentes que bombardeaban a Rosas desde las prensas de Santiago de Chile o de Montevideo. También los hubo gauchos que eligieron exiliarse no ya en el exterior sino en la tierra adentro. Cuando empieza a escribir sus Memorias, en 1868, el coronel unitario Manuel Baigorria bordea ya los sesenta años. Criollo viejo, nacido en San Luis de la Punta de los Venados, hijo de don Blas Baigorria y doña Petrona Ledesma, no se arrepiente de haberse llamado Lautramaiñ, el "cóndor petiso", ni de haber combatido como un ranquel más entre los ranqueles.

Algunos contemporáneos que llegaron a conocerlo completan la imagen propia que se delinea en las Memorias. Ignacio Fotheringham, uno de los hombres de confianza de Roca, nos dice que "tenía todo el aspecto, todo el altruismo del araucano; pequeño de estatura, pero musculoso y fuerte, ágil centauro y de valor temerario". Si bien Baigorria no se describe a sí mismo explícitamente en su libro, va construyendo, sin ostentaciones, una figura valerosa que no miente ni traiciona, consecuente con sus querencias y sus odios, y que no desampara a quienes lo auxiliaron. "Audacia", "candor", "orgullo", "nobleza", "patriotismo y denuedo", "natural energía", son calificativos que se van adhiriendo a los hechos narrados, sin sonar como impertinentes autoalabanzas.

La semblanza de Zeballos demuestra que la autoestima en que se tenía el puntano no era infundada: "No era sanguinario, ni codicioso, ni ladrón. Era capitán caballeresco de la horda salvaje y su botín consistía siempre en potros, libros y diarios. [...] Se juzgaba obligado por dobles deberes: como cacique ranquelino, hacia el pueblo salvaje y hospitalario, cuya vida aventurera había compartido; como jefe de la frontera de la Confederación, hacia ésta que lo había repatriado con honores y posiciones no soñadas".

Tampoco habla Baigorria, sino escuetamente y muy al paso -rasgo de pudor previsible en un criollo de su época- de su éxito notorio con el bello sexo. Podemos creer que su carisma no provendría de sus poco llamativas prendas físicas: se ha dicho ya que era bajo, menudo, ligeramente encorvado. Luego del combate de Cuchi Corral lucía además una tremenda cicatriz que le cruzaba la cara desde la frente a la mandíbula.

Su personalidad, sin duda excepcional, debió trascender con creces estas anodinas exterioridades y justificar que ni siquiera el viaje de ida a los ranqueles lo hiciera solo: una muchacha cristiana que lo amaba, dejando a su familia y exponiéndose a todo, quiso seguirlo. Sobre el filo de los cuarenta años llegó a tener en la toldería -a la usanza indígena- cuatro esposas: tres cristianas y una chinita.

Por él conoceremos expresiones de afectuoso recuerdo y agradecimiento hacia su madre, hacia sus hermanas, hacia la joven que huyó con él, hacia las chinas que lo curan en sus enfermedades, hacia las que son sus generosas amigas, como la mujer de su hermano adoptivo, el cacique Pichún; hacia la cautiva que termina desposando. Todas ellas temen por su vida y lloran por él en los momentos de aflicción y peligro.

Del otro lado de la frontera

El amor dado y recibido tampoco le bastó a Baigorria para borrar la nostalgia candente de su cultura y de su tierra. Las páginas más conmovedoras de sus Memorias, a veces desmañadas y de sintaxis confusa, pero de fuerte vibración humana y genuino sabor épico, se refieren, justamente, al padecimiento del extrañado y del excluido: "El se iba solo al Alto de Guejeda como de descubierta, en la altura más a propósito y que daba vista a San Luis; buscó un árbol donde subía cada vez que venía y pasaba la mayor parte del día teniendo a la vista su pueblo, los cerros y demás objetos que se había criado mirando desde su más tierna infancia. ¡Oh, en aquellos momentos cuántos pensamientos asaltaban su tierno y dolorido pecho, vagando de conjetura en conjetura, como sucede a todo errante!".

El 21 de junio de 1875 muere Manuel Baigorria, no como lo había temido en su exilio, entre los "bárbaros" que sin embargo amaba, sino en sus pagos de San Luis. Muere pobre, como buen militar de aquellos tiempos, y la que se declara su viuda legítima, Lorenza Barbosa, inicia expediente para cobrar una pensión. Quizá, por esas paradojas en que la realidad se complace, en sus últimos momentos, y ya vuelto al hogar, haya añorado ese mismo médano de sus nostalgias desde donde, según cuenta con desgarramiento, se ponía a cantar en lengua mapuche teniendo su caballo de la brida y mirando a su pueblo de niño "hasta que a veces se quedaba dormido".
 

Por María Rosa Lojo
Para LA NACION.
 

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