
1. Inche ta Domitila Kuyul 12
2. Mi padre que me creció se llamaba Lindor 19
3. También se celebraban fiestas 24
4. Yo mis mayores sí que hablaban williche 28
5. Los funerales se hacían tres noches de rezo 36
6. Yo nunca ví algún machitún, pero ya hacía sí 41
7. La última vez que celebramos la Ceremonia fue... 47
Conclusiones 52
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Fig. 2. El área de Compu (Isla
Grande de Chiloé).
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Viendo que sus condiciones de vida eran tan modestas e inadeguadas al clima, me empeñé en ayudarla de alguna forma. Así que meses después, en Italia, conseguí la ayuda económica de tres pequeños Bancos Cooperativos[5], y en enero de 1999 regresé a Chiloé, para realizar la completa resistemación de su vivienda, hasta asegurarle la necesaria dignidad. Esa fue también ocasión para quedarme algunos días viviendo en la casa de doña Domitila, la cual me contó toda su vida, y también para entervistarme con familiares y vecinos suyos. Estas conversaciones no se desarrollaron como entrevistas, sino fueron muchos más informales. Si bien en parte fueran grabadas, su informalidad hace que su transcripción literal sea poco intelegible y hasta inoportuna. Esto porque a menudo se refieren también a otras personas, o bien a aspectos muy personales.
El diálogo con doña Domitila estuvo facilitado también por el hecho de tener un buen conocimiento del modo de vivir y sentir de la comunidad rural de Chiloé, habiendo vivido en Achao por algunos años, y por ser mi propia esposa de origen williche, de la isla de Caguach, la misma islita de la cual es originaria la familia materna de doña Domitila[6].
De estas conversaciones emerge la vivencia
de una familia williche en el Chiloé de la primera mitad del siglo,
que no es muy diferente de la de cualquiera familia de campesinos pobres,
no importa su etnía. Pero para los williches pesa también
el arbitrio que tienen que sufrir a causa de las grande empresa forestales
que tratan sin cesare de apoderarse de sus tierras. Cada vez que hay un
pleito, los tribunales siempre les quitan buena parte de sus tierras y
así los cercos se corren. Y sin necesidad de tribunales, las forestale
corren igual los cercos y posteriormente ellas logran “sanar” la situación
a su ventaja. Esta es la realidad indígena, no solamente en Chiloé,
sino en todo Chile.
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Fig. 3. Don Carlos Lincomán,
cacique general de Chiloé (foto de Javier De la Calle).
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También emerge la agonía de una cultura que, en buena parte, ha perdido su propia identidad histórica. El problema más premiante - la recuperación (o más bien, el impedir que se siga con la expropiación) der las tierras ancestrales - ha puesto en segundo plan la conservación de las tradiciones étnicas: costumbres, idioma, religiosidad. En particular, doña Domitila vive el contraste entre viejo y nuevo que se convierte en su enfrentamiento personal con el cacique general de Chiloé, don Carlos Lincomán, que por su parte no tiene ninguna adversión hacia una componente de su comunidad, pero tiene que favorecer su evolución cultural asegurando a la escuela local, la de Molulco, un profesor con los necesarios títulos para enseñar y, siendo el mismo evangélico, poco propenso a celebrar rituales religiosos que entre los mismos williches ya no tienen vivencia y sólo se convierten en ocasiones folclorísticas aprovechadas por los turistas y, de esta manera, totalmente banalizadas.
La agonía de la sociedad williche del Chiloé es también accentuada por la falta de alianzas políticas. Los conservadores apoyan sistemáticamente a los latifundistas y a las empresas forestales. Los progresistas a menudo reducen la lucha indigenista al conflito de clase e veen en los mapuches que luchan para reivendicar su propia autonomía, nada más que un episodio más de la lucha entre proletarios y dueños del capital. De esta forma se viene negando lo esencial de esta lucha: salvaguardar la propia identidad étnica y cultural. Al final, tanto los unos como los otros coinciden en ver la “solución” del problema mapuche con su completa “asimilación” en la sociedad chilena, y no en su supervivencia. Una sociedad, la chilena, intolerante hacia el “diverso”, autoritaria hacia el pobre, exasperadamente centralista, nacionalista e incapaz de admitira un estado plurinacional, convencida de ser el “jaguar” de la América latina y por lo tanto poco dispuesta a comprender aquello que no corresponde a su diseño ultraliberista.
Este libro quiere reportar el testimonio de doña Domitila, la última sacerdotisa mapuche[7] de Chiloé. Se basa en las conversaciones que tuve con ella en enero de 1999 (en buena parte grabadas: cerca de 8 horas de cintas), integradas con cuanto me contó en el encuentro precedente (no grabado, pero sí objeto de anotaciones). Los relatos de doña Domitila han sido también confirmados en entervistas con numerosos exponentes del cacicado y de la cultura williche: de allí las notas que complementan el texto mismo.
Los relatos de doña Domitila no han seguido un orden cronológico, ni de otro tipo, sino se han desarrollado así como se daba una normal conversación: sin alguna guía. De aquí que para darles mayor intelegibilidad en el presente texto se han reordenado en modo prevalentemente cronológico. Además se sacaron las numerosas repeticiones y, sobre todos, aquello que atañe aspectos delicados y personales relativos a otras personas. Sin embargo el texto mismo: y también en la impostación sintáctica y lexical se mantuvo intacta la dicción original de la maestra de paz, aúnque a veces entenderla pueda costar algún esfuerzo. De esta forma también se quiere documentar el modo de hablar característico del campesino chilote.
Así mismo esta pequena obra quiere documentar las memorias de doña Domitila Cuyul que, como ella misma afirma, “qué más años Dios me tendrá en el mundo: después ya él me llevarà, y quedará todo, y se perderá...”. Para que todo ésto no se pierda, tal vez sirvan estas letras.
Y en fin, este librito quiere también
quiere ser un homenaje a todos los mapuches de Chiloé y a mi propia
esposa: Rosita.
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Fig. 4. Domitila Cuyul Cuyul.
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Mi abuelita materna no, no era de acá. Parece que ella venía de Caguach. Hueicha es su apellido y me dijeron que viene de Caguach. Quizás. Así tiene que ser, po’. Mientras mis padres que me criaron, ellos son de aquí mismo no más. Remolcoy es mi papá que me crió. Por ésto es que se vinieron por aquí cuando yo era niñita, porque de por aquí eran él y tenía una tierras, por acá en Chaildad[8]. Cuatro años tenía yo cuando me vine a Chaildad, donde me crecí hasta ahora.
Mi mamá no la alcancé a conocer. Agustina, se llamaba, Agustina Cuyul Hueicha. Mi crecer fue muy triste. Igual uno sufre cuando es huérfana: mi mamá se murió que yo tenía ocho meses. Yo tenía como cinco meses parece, dice mi mamá que me creció, cuando ellos me recibieron.
Mi finada madre la hecharon pa’ fuera sus mayores, así que andava por las casas, por ahí. Por ahí me andava trayendo. Y la hecharon pa’ fuera porque había quedado con guagua y no querían verla. Mi madre no era muy jovencita nada: igual tuvo cuatro hijos de soltera y entonces esa fue la rabia de los mayores. Así que ella andaba no más por las casas. ¿Mis hermanos? ¿Quizás por dónde andarán? Estarán vivos, estarán muertos... Fuimos cuatro hermanos igual... Pero es cierto... Me llevaba bien con mis hermanos, sí, este... pero yo era chica esos años cuando veía a mis hermanos... Estarán muertos todos, creo yo, que yo era la quepuchita[9]...
E igual mi finada madre que me creció, le tocaba ser parienta con la mamá mía, era sobrina la mamá que me creció: sobrina legítima, hija de otra hermana.
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María
Silveria
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Ramón
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Liberio |
Alejandro |
del
Carmen |
Serena |
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Fig.
5. Descendientes de doña Domitila Cuyul: los nietos Juan Bernardo
y Angel Octavio viven con ella.
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Entonces nacía la guagüita y
ahí la lavaban con agua, en un lavatorio en la casa, o en una fuente,
en un lavatorio, como se usaba, que se tenía un lavatorio adentro
del otro. Ahí no más se largaba la guagua y el agua y después
listo... y listo. Y viene envuelta con un paño y con una faja. Antes
no había como ahora, que nada, que una guagua le ponen paños,
le ponen esos calzones de goma. Yo, jamás, ésto: mis dos
hijos hombres que tuve... mis nietos... nadie. Viene envuelto no más.
Y son unos hombres firmes, y a veces que lo crecen así con estos
calzones... y crecen hasta chuequitos estos hombres, sin fortaleza en la
cintura. No se hacía ninguna fiesta nada. No. Sólo se hacía
una comidita, según la hora que nacía la guagua.
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Fig. 6. La casa de doña Domitila
Cuyul después que ha sido reformada.
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Acá no se usaba envolver la manito de la niñita con una telaraña[11], como dicen que hacen los mapuches. Nada. Eso no que no se hacía. Se lavaban y se vestían y se envolvían sus manitos adentro de los paños y se apreta con la faja. No: acá lo de Lalén Kusé no lo escuché nunca.
Para darle su nombre a la gagüita decidían
los padrinos. Los padrinos le ponían nombre: a veces lo hacían
después de quince días, a veces después de un mes,
hasta que los mayores podían tener algo para atender sus obligaciones.
Y ahí le hacían un asado, una comidaje, para atender a los
padrinos. Antes era muy dura la vida. Para el bautizo se esperaba. Cuando
se iba a Queilen, con el bote se iba que no había camino. ¡Dónde
iba a haber camino! Con el bote, se iba, con vela. Si el tiempo era bueno.
Y el cura cobraba. No había la plata, pero igual cobraba. Sí
que...
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Fig. 7. El bisnieto de doña Domitila
Cuyul,
José Alejandro Pinto Cheuquemán y su mamá, Otilia
Chequemán, esposa de Jorge Liberio Pinto Cuyul.
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A la gente no le importaba si el hijo que
nacía era hombre o mujer. Lo que Dios da no más era. Sea
mujer u hombre, porque en esta vida todo vale. A veces cuando se sabe crecer
igual a la familia, hay que tener orden, tener educación para crecer
una familia, uno. Y después hombres que manden, que no anden criticando
a otras personas que son igual hombres, peleando como se dicen, como otro
lo acostumbran ésto. Ahí donde que uno tiene que aconsejar
a los subidos. Si yo... mi hijo este, no sé cuanto años tendrá
y yo no lo he visto pelear con nadie. Ahí está mi finadito
hijo. Murió de cuarenta y nueve años mi hijo: nunca peleó
con nadie, jamás, y él aconsejaba al resto, los menores,
que sean como él era en su vivir. Esto decía: que no es ninguna
ganancia andar peleando, insultando, tratando mal a otro, nada de éso.
No le gustaba a él.
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Fig. 8. Tiradura de casa.
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Un tiempo, decían los finados, el
indio era dueño de su tierra, que era de todos, así po’,
y nadie le decía donde tenía que andar. No había porque
cercar la tierra. Niun quincho, había, entonces: así me contaban
mis finados padres, que no había porque cercar la tierra, porque
no era de uno la tierra. Entonces si no era de uno, ¿cómo
uno iba a cercarla, la tierra? Pero éso era mucho antes que viniera
el rey de España. Después vinieron los winkas y dijeron:
ésta es tierra nuestra, váyanse no más que es para
peor si no se van. Pero, digo yo, la tierra es de Dios. ¿Cómo
es posible que la tierra sea de los winkas? De Dios no más es la
tierra y sus frutos. Los frutos crecen porque el sol los calienta y el
agua le quita la sed. El agua y el sol vienen de Dios. ¿Cómo
es posible que la tierra sea de quien sea? Explícamelo tu, peñí,
¿cómo puede ser?
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Fig. 9. Título accionario de
la Sociedad Explotadora de Chiloé.
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O porque era muy ventoso, ahí donde estaba la casa, por eso la tiraro p’abajo. Ya no me acuerdo yo porqué sería. Tan chiquitita que era yo.
Entonces a veces venía un forastero: winka era el forastero. Ahí po’ las mujeres se escondían con los niños, porque sucedía que los winkas se tomaban a las mujeres. No querían na’, las mujeres, pero igual se la llevaban. Así po’... Y los niños chicos también se llevaban. ¿Para dónde sería, que se lo llevaban? Yo éso no lo se. Ni porqué sería. A veces creo yo que se lo llevaban pa’ comerlo... eso creo yo[15]...
Cuando yo era niñita anduve a la
escuelita. Los maestros venían de acá mismo. Yo anduve dos
años no más a la escuela, más no, pero en cambio que
cuando salí de la escuela no sabía nada casi. Donde aprendí,
cuando tomé mis estudios en mapuche: ahí sí que me
corregí bien. Y ahí aprendí: escribir, leer. Ahora...
porque me empaña la vista, que voy quedando, y con todos lo que
he sufrido y llorado, hace que me queda difícil leer. A lo mejor,
con unos lentes...
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Fig. 10. María Silveria, la hija
mayor de Domitila Cuyul.
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Era mucho trabajar la vida entonces y nada de fiestas. Mi padre que me crió trabajaba arriba en la cordillera, bajando madera. Muchas veces a hombros para que la trabajen. Alerce, y esto... ciprés. Cuando tenía así unos diez varas de madera ésta la entregaba. Después cuando crecieron mis hijos él hacía una vida mejor: no tan bien, pero siempre se hallaba un pedazo de pan, siquiera. Cerca de Cucao iba a sacar el alerce...
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Fig. 11. María Silveria: una
mujer muy constructiva y positiva, de grande generosidad, a la cual no
le faltan nunca las ganas de trabajar.
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Qué más años Dios me tendrá en el mundo, después ya él me llevará... El Señor me llevará, él... y quedará todo, se perderá...
Claro que no reniego con la iglesia ni con los rosarios: yo soy rezadora de rosarios, novenas. No me queda difícil nada. Dios me dió este don para todos, así que... pero en la iglesia solamente voy cuando muere una persona. Ahí. Y en los velorios también me vienen a buscar de por abajo, de por Chadmo, cuando muere una persona. Por ahí voy. Yo nunca me hago problemas, porque yo sé que éste es una ayuda pa’ mi.
Rezar con todo mi corazón a un alma vale mucho, porque hay algo... algo que igual tiene su poder. Yo misma lo confermo porque yo tengo devotos. Allá en Lelbún hay un almita: ya había una niñita que cayò al agua y se murió. Esta, haciéndole una promesa es muy cumplidora. Igual que Jesús Nazareno de Caguach. Yo jamás había ido. Nunca había estado en Caguach, no, pero ésto sí que yo me maravillé porque yo en este mes de enero anduve con mi hija y ese hijo que crecí, Juanito, y tres acompañantes más, una ventina de Castro se fueron igual. Y me maravillé porque Jesús Nazareno es una bendición de Dios, ¡y cuanto vale lo que él hace! Su poder es muy grande.
En esos años todavía no había comunidad huilliche organizada. No todavía. Hasta después, cuando vinieron de Osorno. Hasta después que yo tenía ocho años, cuando vino Juan Fermín Lemuy finado: ése vino a organizar las comunidades, por todas partes. Así que empezó... dieron aviso para todo él que quiera organizarse en una comunidad, toda una reunión que dijeron que fue muy grande en Yaldad. Ahí se fue mi finado padre y así estaría. Antes no había carretera como ahora. No habían buses, camiones, ni una cosa. Ahí se fueron también mis finados padres. Y de esos años hasta que se murió... Duespués cuando vieron como era, entonces me dijo que me fuera a ver entonces a la comunidad de Compu para que yo... yo quede como socia.
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Fig. 12. El primer hijo de Silveria
María, Juan Bernardo, el nieto que doña Domitila creció
como hijo.
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Yo trabajé ¡cuantos años en comunidad!, junta a mi esposo, trabajo... anduve quince días cocinando pa’ los ingenieros cuando midieron este fundo de Coihuín. Yo éso sí que veo que mal lo aproveché el estudio porque el cacique que hay ahora nunca me favoreció en nada. Esto... esto yo estas quejas le tengo a él. Así que... y mi finado padre él me decía: nunca, nunca te retires de la comunidad porque la comunidad después va a tener vida larga si nadie se aparta...
Cuando yo trabajaba, lo hacía con mi hjo en la espalda. Que son las personas que me veían... me veían que yo trabajaba así, po’. Y así se van mi niñito primero... tenía pocos años y después vino el otro. Y la casa que teníamos entonces tenía las paredes de quincho y el techo de paja y de pura tierra el piso, de pura tierra.
Y el fogón era un fogón chilote no más, sin tablas alrededor, así no más, y para dormir teníamos un catrecito de la misma madera no más, no comprado nada, así no más que... y así era toda nuestra manera de sufrir y de vivir porque... después cuando ya cayó esa rama que tenía por fuera se veía la pampa de adentro la casa, la pampa afuera... Y así pasamos años que nos daba vergüenza igual cuando llegaba otra persona a nuestra casa a visitarnos...
A veces igual yo le decía a mi viejo, ¿pero cómo vamos a vivir así?, tanto trabajar, tanto... Yo le decía yo, bueno, ojalá que algún día mi Dios me escuche, le decía yo, y tengamos una casa como cualquier persona, ¿no? Y recibíamos a veces desprecio de la misma familia... Y mi hija, la María Silveria, igual fue sufrida su vida. Y tan trabajadora que ella es, tan cariñosa para conmigo...
Igual cuando se casó vivía en ruka de quincho, con el techo de paja. Una vez, yo siempre me acuerdo de éso, cuando compraron televisor, uno bien viejito que todavía tienen ahí, dijo una señora, una sobrina mía fue, le dijo: yo, dijo, la manera de vivir de ustedes, nunca compraría ese televisor, porque uno lo tiene todo cochino, todo mugre ahí, dijo. Dios mío, ¡yo me dolió tanto el juicio, yo me dolió igual que mi hija! Bueno, yo le dije, pa’ que miren no más los chicos, porque cuando querían mirar un partido, así yo, se iban a la casa de mi sobrino. Después para que naiden nos diga mi hija compró el televisor... Y todavía vivíamos en la casa de antes, cuando compró el telelvisor, que estaba igual que la mía cuando... antes que la arreglen... Así, po’...
Y gracias a Dios luchamos y luchamos, sufrimos, pasamos buenas y malas, y... y gracias a mi Dios que ni siquiera se como agradecerle a mi Dios que me dio la salud a mi, a todos mis chicos y salimos adelante.
Yo hilaba, mandaba a hacer frezadas, y cuando me faltaban peso ya me vendía una frezada, dos frezadas, y con éso ya teníamos plata. Y crecía animalitos, gallinas, ya me vendía una vez de gallinas, me vendía pan, y así... Antes no trabajaba mi viejo y yo llevaba papas pa’ vender a Quellón. Todo a hombros las sacaba esas papas. Las sacábamos a la carretera y donde yo lo llevaba allá a Quellón pa’ venderlo, todo hombros. Cuando me las compraban, tenía que hacerlas llegar y así sufría más. Y gracias a Dios como fue salimos una vez y me hallo encantada de mi vida que Dios sí... Dios me ayudó mucho. Sufrí pero salí adelante.
Y éso que tal como yo vees que soy una maestra de paz, una profesora indígena, el día de mañana me viniera así de otros países porque hay muchos que reciben ayuda de cosas así de otros países... Bien. Así que, nunca sería así yo. Será porque no tengo... Mah... Porque uno sabe, a lo menos que persona le falta, que persona es menos que uno...
Yo no es por decirlo ahora, no me falta un pedazo de pan, una taza de café muy casualidad, o un mate. Yo empecé a tomar mate con mi pobre hijo. Trabajó fuertemente en una empresa, la primera que trabajó en la carretera que va a Quellón, entonces él pedía unos cinco kilos de hierba - yo antes no tomaba mate - para el mes, dos quintales de harina. Y yo buscaba quien trabaje en mi casa, me haga el lavado y todas cosas, porque mi finada madre ya que más años vivió, pero esta vivía enferma. Y de esto mismo de esa pulpería yo le pagaba las personas que me ayudaban en algo. Pero, uno por esto queda más pobre...
Porque dice... dijo el Señor que nunca uno sea orgulloso en sus cosas o porque... porque él haga su milagro y un hijo de la tierra sea más que los otros. No va a tener nada de malo y no hay que desagredecerle cuando se pueda. Yo he leído montones de veces la santa Biblia: por ésto yo no pienso cambiarme por ninguna religión más.
Porque dijo el Señor quedando pocos años en el mundo vendrá, dijo, ten mucho cuidado, vendrá el Antecristo, dijo. Todo este mundo terminará, dijo, y dirán que yo soy el Cristo. Y a muchos, dijo, a muchos sanará, dijo, pero este es, dijo, el Antecristo. Nunca te creas, dijo, a estas personas que vengan y digan: yo soy el Cristo. Yo ésto lo tengo clavado en mi corazón. Otras veces decía... decía que cambio de religión. Por ejemplo, él que siga la palabra mía y de Moisés, nunca se cambie a otra religión: porque se no, decía, se va a revolcar como una puerta en el ciénego. También ésto yo lo tengo en mi corazón. Por éso yo donde me llamen voy.
Todo ésto lo sufrí. A veces andaba en mi genio y veces nada porque cuando me daban pensadas unas y otras cosas... La vida mía fue muy difícil, hermano, muy difícil fue... y todavía lo es.
Cuando más no fue que me dio muerta una tarde aquí... y ahora me quedará como ataque al corazón... no se que voy a hacer, que... aquí estaré con estos mis dos chicos no más... tuve que salir pa’ fuera a tomar aire porque parece que me queda poco aire, parece, pa’ respirar.
Y esto que todavía estoy joven. ¿No me dicen a mi que estoy joven? Así que tengo setenta y dos años, voy andando pa’ los setenta y dos. Y con todo lo que he pasado, como le digo yo al hermano Cárdenas, Dios no más será que me da vida... tanto lo van a ver porque yo un rato yo... de ahí hago mis cosas... pido a mi Dios para que Dios me ayude... porque de tanto pedirle a mi Dios, come les dije a los chicos esta tarde llorando, tanto pedirle a mi Dios...
Después cuando murió mi pobre madre tuvieron que aplastarla como una cosa ordinaria pa’ ponerlo en la mesa porque estaba... toda torcida. ¿Cuantos años tendría esos años? Sería como... Veinte y cinco años habría tenido cuando murió mi mamá. Y después me quedé viviendo con mi papá y mis chicos...
Después mi finado padre ya estaba solito, quedando recortado por todo. Los chicos eran todavía peleados y él con su enfermedad. Y después dijo (porque mi padre era un hombre que tenía las cosas: bastante animales, vacunos, ovejas ¡más de setenta ovejas!): “después cuando verás que estoy solo y enfermo, hija, me dijo, estas ovejas, estas vacas, las que puedas, véndelo y lo otro lo carneamos. Yo no quiero tener nada, dijo, cuando llegue la hora de morir, prque si queda algo, todo lo que tú vas a sufrir. Donde mismo mis hijos que tengo, van a venir en contra mía”. Y así fue, sí que...
Sí, po’, que mis padres que me criaron, tenían hijo: pero ése fue él que me dio golpes cuando murieron. Una hija y un hijo tenían. El hijo fue el nieto, hijo de su hija legítima y lo reconoció como hijo: tuvieron ellos que darle el apellido legítimo de ella, y con ése fue que sufrí yo. Yo esta queja le tuve a mi padre, porque yo lo que me sacrifiqué para que... para atenderlos a ellos... y nunca me legitimaron. Y ése su nieto, ese lo legitimaron él era Remolcoy Hueicha. Tenía todo po’. Su interés como..., por hijo legítimo.
¿Y qué es lo que pasó después? Empezó a pelear su padre que abuelo, su padre que lo creció. ¿Ese no?, hasta que le reventaba los oídos. Yo con mi paciencia, tenía que cuidarlos. Y yo de todo hay queja, mi finado padre, ¿porqué no me legitimó yo igual como legitimó su nieto?
Cuando murió mi finado padre yo tenía... a ver, ahora tengo setenta y dos años y mi papá murió en la edad de mi nieto, el René, pues como veinte años ya pasaron, que fuimos a ver abajo, ese mismo tiempo que nació mi nieto murió mi papá: tenía quince días la gagüita cuando él se murió.
Cuando él falleció, yo no vi ningún hijo, no vi a ningún nieto... Bueno: su hija ya había muerto porque esta finada, por tan mala ésta murió primero que sus papás. Mi finado padre tuvo muy mala suerte. Ese lo peleó su yerno, lo peleó su hijo. A todos. Se limpiaron sus manos con él porque él era bien... y por herencia. Yo era la que tenía motivos porque yo vivía con él.... Así po’, casi en toda familia es...
Todavía no había borrado la hospedad de su padre, cuando él vino a pelear conmigo... entonces... nos dimos de a palos con este hombre, como verdaderos animales. Y ésto que los dos fuimos maestros de paz: primero él y después yo, cuando la mujer que tuvo no quiso que él continuara sus estudios...
Yo en estos años trabajaba en la Comunidad de Huequetrumao, hacía clases, dos días por semana, ahí nos encontramos en un monte, pero nunca me dejó vivir este hombre, hasta la fecha. Por donde andábamos, andábamos los dos: fuera una reunión, en una rogativa, los dos andábamos. Así que... no me ganó sacar de ahí tampoco. Porque yo como no era hija, entonces ellos querían sacarme de ese pedazo de campo. Pero a lo mejor... Si no es que el finado José Santos Lincomán - fue el cacique primero, antes que este “revolucionario[25]” como le digo yo - así que él... él me ayudó.
Así po’ cuando murió mi hijo. Tan buena estuvo la noche del velorio, así dicen, con caciques, y la gente que hubo: ¡qué compaña tan grande tuvo mi pobre hijo! Cuando el día que me llevaron a Compu, hubo una caravana de vehículos subieron p’acá, que yo nunca pensaba éso. Vinieron vehículos de Castro, vinieron de Quellón. Don Amador[26] cualquier lugar conversaba: ese fue mi padre, cunado me tocó tan mal, ese fue mi padre, fue mi hermano, fue todo. Me portó muy bien don Amador del tiempo que nos conocimos, y así vamos andando no más que yo no tengo nada que decirle: él, su señora, niuna cosa. Es persona muy buena. Muy humilde es don Amador, y muy compasiva. No sé si con todos será, pero conmigo es un hermano más.
Así que me dijo: no llores nada, mamita, me dijo, total tu hijito será un alma justa, me dijo, la muerte que tuvo. Después de matarlo se terminó el juego, porque así lo hicieron ellos... así que eso fue una. Después, me dijo, la enfermedad de tu nieto éso[28]. Es tu hijo no más, me dijo, claro que tu no lo hiciste nacer al mundo, pero lo creciste con tu buena paciencia de muy chiquitito, me dijo. Tu tienes más valor que la mamá que lo tuvo en este mundo, me dijo. Tu lo que hablas, eso vale me dijo.
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Fig. 13. Orita del Carmen, hija de María
Silveria, con un sobrino.
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Mandó una hija soltera que tiene: la mandó al río que vaya a traer un envase de esto de bebida, pero sin papel, niuna cosa, limpiecita que fuera el agua. La quiere especial esta señora. Me dijo, con un tanto de agua. Está muy limpio el río de donde fue a traer la chica. Era un envase de bebida, de litro y medio, con un palmo de agua. Y llegó la chica con lo que traía.
Me dijo, aquí vas a ver, me dijo, quien lo cuida a tu nieto, me dijo. Tu nieto solamente le quedan tres días de vida, me dijo, ya estaba que se moría, me dijo. Gracias a Dios que lo trajiste, me dijo, así que... Que más ratito que estaba sentada ahí, por ahí se formó la fiera: como una estufa que se le da vuelta en el agua, hermanita de Dios, como un gusano, pero hecho como un resorte, sí, y andaba dando vuelta ahí, y se arrollaba y se extendía.
Me dijo: éste es el dueño de la enfermedad, me dijo. Usted no crea, me dijo, que su hijo está muriendo por nuestro Dios. Este es el dueño, me dijo. Este lo busca, me dijo: por donde lo puedes hacer dormir a tu hijo, me dijo, tiene que ponerse debajo del catre y quedarse sin moverse, me dijo. El alcance de ellos, ¿no? Asì que... pero no habla casi nada, me dijo. Gracias a Dios que lo trajiste.
Esto fueron doce firmas, me dijo, que firmaron para que muera este joven, me dijo. Doce firmas son, me dijo: pero uno murió ya, me dijo. Recién había muerto un hombre que estaba vecino. Así me dijo, y ahí andaba esa fiera. Esa mujer no toma el pulso.
Entonces fue que le dijo a mi hijo: pasa tu carnet, hijito. Así que el chico le dio su carnet (ya es un hombre, mi chico: tiene veinte y cuatro años). Dijo: así como iba a vivir su hijo, así como está cautivado, dijo. El carnet se rayó en tres colores: una fue amarilla, la otra fue esta rayita azul y la otra fue una blanca. Porque no lo ganaban a matar. Amarilla, azul y blanca, las rayitas. Así...
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Fig. 14. Doña Domitila con Francisco
Cheuquemán, primer hijo de Otilia Cheuquemán, un niñito
tanto travieso, cuanto inteligente.
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Me dijo: harto difícil está, me dijo, pero como vino aquí, me dijo, tienes toda la confianza en mi, me dijo. Yo te voy a salvar a tu hijo, me dijo. Pero si, me dijo, tienes que venir a hacer otro viaje. Así que... Y siempre te van a molestar, me dijo. No porque te mataron a tu hijito, me dijo, te van a dejar de molestar, me dijo. Así que...
Le dio remedios, trajimos remedios suficientes. Me dijo: esta tarde cuando llegue a tu casa, me dijo, como me dices que está en poder de tu yerno y de tu hija, ellos que te acompañen, me dijo, para que le den el remedio y las fletas[29], me dijo. No, que no te dejen sola, me dijo. Y si acaso se desmaya, me dijo, va a ser un desmayo no más, me dijo, pero va a volver. Y si no desmaya, me dijo, es porque con ésto se va a mejorar. Y era una hierba que me dio, un remedio. Y todas unas fletas.
Así que vine no más, vinieron en la noche. Como yo traía plata esos tiempos, buscamos un vehículo en Compu. Nos bajamos del bus y tomamos un colectivo y nos vino a dejar hasta allá abajo donde mi hija. Ahí estábamos en ese tiempo. Viví un año y medio después que quemó mi casa y me dio miedo. Así que llegamos.
Yo le dije: mijita, traete ese remedio, le dije, que lo vamos a hacer en seguida no más. Lo tomó no más y empezó a afligir. Porque éste, me dijo, va a matar lo que tiene en el estómago, me dijo. Este pobre hombre lo que tiene, lo tiene en el estómago; éste, me dijo, le dieron de tomar. Durmiendo le largaron el veneno con una cucharita en la boca, me dijo. Y así que ésto tiene que matarlo. Me dio saumerio, me dio fletas, esa mujer:
¡Dios la tendrá en sus bienditas manos un rato cuando se muera porque fue muy buena gente conmigo! Y no me había visto nunca: solamente se dio porque me vio llorar. Porque yo donde andaba, andaba llorando, tanto por lo que perdí, tanto por mi chico que lo vi así en esta forma. Así que... Pero no, el remedio no lo hizo... nunca desmayó. La última sí, casi que perdio el rastrillo, pero no. Después dijo: no tía, nada tan malo. Y éste su estómago saltaba parriba...
7. La última vez que celebramos la Ceremonia fue...
La última vez que celebramos la Ceremonia fue... a ver si me acuerdo... fue con don Amador y con su grupo, sí que... En ese entonces todavía don Amador estaba de alcalde. ¡Qué tiempo ya que no se hacía¡ Una vez, sí que se hacía una Ceremonia que era, un tiempo. Pero entonces vivía todavia el finado maestro. En Chagua era. Eso queda por ahí, por Compu, ya sabes peñí, por ahí queda. También estaba mi marido. Antonio. Antonio Huenteo, así era su nombre, y el finado don Juan vivía donde mi compadre Pedro Huenteo. Con un bongo[30] íbamos. Hasta San Juan con un bongo.
Pero hicimos una Ceremonia hace... Como te dije, pení, entonces estaba don Amador de alcalde[31]... El consiguió la chicha: harta chicha hay que tener, y papas, y corderos. El consiguió lo que se necesitaba. Claro, no sólo él, también había quien ayudaba. Pero la comunidad, eso no, no estaba. Por esto le tengo queja al cacique de ahora, al revolucionario ese... Hasta dicen que quemó su patriarcal[32]... Dicen que lo quemó, así dicen...
Yo también tenía mi patriarcal. Ahora ya no, se cayó, pero voy a levantarlo otra vez. Cuando esté lista mi casita, voy a levantarlo, y tú también vas a venir, peñí. Vas a venir con tu mujer, con la Rosita, porque no está bien que ella se aparte. Uno no tiene que apartarse nunca de su gente que es su sangre. ¿No te parece, peñí? Vas a venir con la Rosita y yo voy a levantar mi patriarcal. ¿Verdad que vas a venir?
Dos Ceremonias, habían: una grande y una menor que era la marina. La rogativa marina.
La Ceremonia grande se hacía en el desierto. Ahí arriba no más queda. No es que no hay nada. En el monte, eso queda, pero es un claro, no hay nada árboles, ahí: está limpiecito. Pero allí los winkas no van. Sólo williches. Es limpio, el desierto, pero cada vez hay que limpiarlo. También ésto hace parte de la Ceremonia. No creas tú que se limpia como un campo, con roce de fuego, el desierto. No, po’. Se limpia con rezos. Así se limpia, con hartos rezos. Entonces después que está limpiado... entonces sí que es desierto, sí que...
Hay que dar muchas vueltas, para limpiarlo. Del lado de la Cordillera se empieza a correr, mirando al norte, y dando vuelta y después mirando al sur y se da vuelta y después otra vez mirando al norte. Haciendo círculo. Así se limpia y se hace desierto. Entonces queda desierto.
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Pero ésto se hace muy temprano, en la mañanita. Todavía no hay sol y entonces se limpia y se hace el desierto. Se levantan los patriarcales. Dos son los patriarcales. Y en el medio del desierto se hace el trono. El desierto es quadrado. Con estacas y sogas se separa el desierto y en las esquinas se ponen flores. Sí po’...
Dos son los patriarcales. Uno afuera y uno pa’entro. Y por adentro del desierto, en el trono, allí se ponen las papas, la chicha, los corderos, lo que sea... Hasta chanchitos se ponían una vez, y una vez hasta terneros había en el trono. Sí, que... pero... una vez era éso. Ahora que...
Entonces se carneaba el cordero. En el bosque, se carneaba, entre canelos y luma. No como quien carnea cualquier animal, no po’. Tenía que ser de a poquitito, así tenía que ser. Así era que daba su sangre el corderito, que se mesclaba con la tierra. Todavía no había sol. Después entonces sí que surgía el sol, pero ya estaba limpio el desierto. Ahí sí que se celebraba la Ceremonia. Se rezaba. En lengua. Los que sabían rezaban en lengua, pero pocos sabían. No importa... Se pedía... bueno... lo que tenía que pedirse, éso se pedía, no más. La paz se pedía. Y se rezaba a Chaw Dios.
La rogativa marina es muy distinta. Se hace en la playa, la marina. Se pide que salga el pescado, que haya mariscos. También se pide buena cosecha, pero màs para marisco y pescado es... Ahí se hace siembras de marsicos, se hace. Yo sí que he hecho hartas siembras de mariscos, sí que... Cuando la mar está baja, así la hicimos cuando don Amador. La mar estaba bajita y entonces hicimos siembra de marisco. La rogamos con la sangre del corderito, y con chicha también. La rogams la playa. Pues la Pincoya, que se reza a la Pincoya en la siembra, porque es la Pincoya que trae el marisco. Que si la Pincoya se molesta, entonces... entonces... ¡ya qué va a haber marisco!
También al Taita Huenteao, hay que rogarle, porque el Taita ése fue el primer maestro de paz. Así, po’...
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Fig. 16. Celebración williche
en Apiao con el patriarcal (foto de Javier De la Calle).
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Se hace el ruego a la marina... a la Pincoya, entonces. A ver si me acuerdo. ¿Cómo no me voy a acordar? Yo soy memoriosa, yo. Así hace el rezo, así hace: «Ayu taufinta Chaw trokín mai, ta fücha maior mai kei, ta fücha katriwe meu, tamoyén fücha maior. Feita welo toanta cariño meu, cunkelunta suantu mai, notra poñi toponiltún mai, unkilu mai. Feita pu peñi, feita pu lamngén, favor feacín, feita yu toafinta pu peñi o pu lamngén mai. Hueñe toan a wentru neo tu yan, medá ke cojumo mai, pu peñi mai[34]».
Lo que significan las palabras, ya éso es... que se piden las cosas... pues es una rogativa, ¿no es?
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Fig. 17. Ruka chilota con paredes en
quincho y techo en paja (en Apiao).
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Esa vez que hicimos la Ceremonia marina, estaba don Amador y el grupo ese... Llauquil[35]... como le dicen... Lindo sí que estuvo... ¡Qué bien que cantaron los chicos! y don Amador con su guitarra...
Ya la vamos a hacer una rogativa marina.
Pero después que esté hecha mi casita, que yo soy vieja y
no es de cristiano vivir así como estoy yo... ¡Ni fuera ruka
de quincho, tan fría que es esta casita mí toíta de
chapa! Cuando vuelvas a Chiloé, con tu mujer tienes que venir, po’,
entonces sí vamos a hacer la rogativa marina... Pero harta chicha
hay que tener, y un corderito, po’, un lindo corderito...
Aúnque los castellanos fueran relativamente pocos numerosos, en cada una de las islas de Chiloé donde vivían los mapuches[36] había un par de familias no más, es decir algunas decinas o un centenar de personas. Así que los castellanos, enfrentándose cada vez con un grupo muy reducido de mapuches pudieron aplastralos con facilidad. Pero ésto no significa que no se resistieron a la dominación castellana ni, mucho menos, que trahicionaron a sus hermanos del norte. Todo lo contrario.
Entre 1598 y 1604, cuando Pelantraru se levantó contra los españoles y consiguió liberar el Mapu, también se levantaron los williches de Quinchao y de las demás islas y destruyeron la ciudada de Castro (febrero del año 1600) y hecharon a todos los españoles del archipiélago de Chiloé. Pero cuando éstos volvieron, les resultó fácil conquistar una a la vez todas las islas y arrasar con todo intentó de rebelión. Francisco del Campo, el jefe militar español, ejerció todo su salvajismo en contra de los williches que fueron en gran parte o exterminados o hechos esclavos. ¡Antes quemó vivos a 18 lonkos, luego hizo ahorcar a otros 30 más!
No obstante la imposibilidad de recuperar su libertad, nunca los mapuches
de Chiloé renunciaron a combatir al español. Siendo tan pocos,
buscaron aliados y los encontraron en los corsarios holandeses. Mapuches
de Chiloé fueron los tripulantes de los navíos que arrasaban
los puertos castellanos del Pacífico.
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Fig. 18. Mi esposa, Rosita.
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El 10 de febrero de 1712 Quinchao se rebela al español y reconquista su libertad y al tiro todas las demás islas chilotas también se rebelan y a los castellanos solo les queda la posesión de la Isla Grande[37]. Pero desde allí recomienzan la conquista de Chiloé y otra vez el castigo es salvaje: ¡en la sola isla de Quinchao, cerca de 800 mapuches fueron pasados por las armas después de haberse rendidos! Esa fue la resistencia de los mapuches chilotes frente a los winkas.
Después de aquella derrota, cambió la forma de luchar: se “ahuincó”. Es así que en 1743 los mapuches que están trabajando en Castro en la mita para la construcción de su iglesia, comienzan una... ¡huelga de brazos cruzados! Y pocos años después, en 1750, todos los mapuches de Chiloé comienzan un paro general ilimitado que pone de rodilla a la economía isleña, muy modesta, y obliga los castellanos a haceptar compromisos importantes, entre los cuales las terminación del sistema de las encomiendas y el reconocimiento del derecho a las tierras (1783), que es el fundamento jurídico de las actuales comunidades williches de la Isla Grande.
Hoy día las costumbres tradicionales se han perdidos. Tiene razón doña Ema, esposa de don Carlos Orlando Lincomán, cacique general de Chiloé, cuando afirma que “nosotros no peleamos por nuestras costumbres, que ya la perdimos todas, sino por nuestra tierra”. Es triste su afirmación, pero es verdadera. Doña Domitila es la última sacerdotisa porque el Admapu, la tradición mapuche, se ha perdido: tan sólo queda la lucha para la tierra.
Pero no todo se ha perdido. En realidad, las cuatro comunidades organizadas de la Isla Grande no representan la totalidad del mundo mapuche del Chiloé. En las islas menores - sobre todo en Quinchao, Meulín, Linlín, Apiao, Alao - todavía muchas tradiciones permanecen.
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Fig. 19. Doña Juana, muy querida
abuelita de mi esposa.
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Yo acá soy relator del testimonio de doña Domitila Cuyul: sin embargo las dos finadas abuelitas de mi esposa - doña Juana y doña Colorinda, las dos de Coñab - tenían memorias igualmente vivas y tradicionales, aúnque escondidas por debajo de una “castellanización” muy superficial. Las niegan, pero las viven: ¡yo no creo en los pelapechos, pero de haberlos, sí que los hay! Esta expresión representa muy bien al chilote.
Así mi abuelita Juana, que recuerdo con inmenso cariño, me hablaba de cuando el mozo tenía que cortar un alerce con una hacha de piedra para demosntrar su valentía (pero cuando yo era jovencita, me contaba, ¡ya se conformaba con cortar un arrayán!). Y también me hablaba de We Tripantu y de Lalén Kusé, aúnque no usa el término mapudungún, sino el castellano: la Vieja Araña. Y la abuelita Colorinda, que desgraciadamente yo no alcancé a conocer, le contaba a mi esposa de cuando se encontraban con los holandeses en Coñab y se unían a ellos para combatir en contra de los españoles.
Entonces es también para recordar a doña Juana y a doña
Clorinda y para reivendicar la “mapuchidad” de Chiloé que nace este
librito[38].