Alvaro
Bello M.
Investigador
FONDECYT
Santiago de Chile, 2000
Resumen
Hasta
fines del siglo XIX, los mapuches de Araucanía sostuvieron una estrecha
relación con el espacio de las Pampas argentinas o puelmapu,
en mapudungún. Tal relación fue quebrantada por la
ocupación militar del territorio mapuche a ambos lados de la cordillera
(1878-1883) y el establecimiento de las fronteras nacionales con sus sistemas
de control burocrático-militar. La importancia que llegó
a tener el puelmapu en la sociedad mapuche sobrepasa el ámbito económico
y político, va más allá, forma parte de su identidad
como pueblo. La conclusión del estudio es que el viaje al oriente
es incorporado en las estructuras simbólicas de la cultura y pensamiento
mapuche, llegando a configurar un conjunto de rituales y conceptos que
sintetizan la relación espiritual e identitaria de este pueblo con
su territorio. Aún en nuestros días el puelmapu, el oriente,
es entre los mapuches de Araucanía un espacio donde se adquiere
prestigio y status, donde se va en busca de experiencias y aprendizajes.
Presentación
Antes,
pues, iba a la tierra de allende la Cordillera,
Pasé
por Cholhuechil, por Carihuengueyeyeu
Por
ahí paseaba yo,
Mientras
estaba en la tierra de allende.
Un
año, dos años,
Tres
años, cuatro,
Cinco
años, seis años, Siete años he viajado. Kumillanka
Ñakill, en Augusta (1991), pag. 158.
La
relación de los mapuches de Araucanía con los espacios pampeanos
y patagónicos ha sido largamente analizada y discutida por investigadores
chilenos y argentinos a tal punto que su estudio forma, por si solo, un
cuerpo y un ámbito de trabajo específico, con temas y autores
propios que han logrado el mérito de superar las concepciones localistas
y reductivistas que hasta hace poco años reproducían, en
el nivel regional, la “historia nacional”. Los cambios de enfoques y miradas
sobre el espacio mapuche han abierto, sin duda, un amplio campo a la investigación,
pero así mismo han permitido el ingreso a las concepciones etnoterritoriales,
esto es, a la búsqueda y acercamiento a las formas comprensión
indígena de su territorialidad y de sus fronteras históricas[1].
No se trata de una postura esencialista sobre las nociones históricas y antropológicas de espacio y territorialidad, sino más bien una forma de agregar al análisis una variable que habitualmente los investigadores prefieren dejar de lado para ocuparse de aquellas que son funcionales a un modelo de análisis vinculados a nociones más economicistas, quetienen como objetivo la búsqueda de las articulaciones entre el espacio indígena y los espacios coloniales y nacionales. El enfoque etnoterritorial permite indagar tanto en las relaciones interculturales de la sociedad indígena, especialmente entre mapuches y winkas, como sobre todo en la relación que los propios mapuches construyen con su territorio, en las formas de apropiación económica, social y cultural. La hipótesis de este trabajo es que la relación de los mapuches de Araucanía con las Pampas argentinas pasó a formar parte constitutiva de la identidad étnica mapuche lo que se comprueba por los significados que llegó a adquirir el viaje de los hombres hacia el este. Tal situación se puede percibir hasta los tiempos actúales en relatos orales de personas mayores. El recuerdo de los viajes a las Pampas está adherido a la memoria mapuche y se expresa en la elaboración y uso de un corpus lingüístico específico para referirse a él.
Como forma de “operacionalizar” dichas formas de convivencia y apropiación cultural de un espacio hemos tratado de indagar en lo que Geertz (1973) denomina los significados culturales. La interpretación de las culturas, como un sistema de ideas significantes y símbolos, ha sido desarrollada por la antropología simbólica, de la cuál Geertz es uno de sus principales exponentes. Esta corriente antropológica señala que las culturas están compuestas y son posibles de interpretar a partir de un sistema de significantes y significados socialmente compartidos. Tal sistema sólo puede ser comprendido en su contexto, temporalidad y marco propio de expresión y desenvolvimiento. La cultura, entonces, es asimilada a un texto que es posible de ser leído e interpretado a partir del desciframiento de los símbolos que lo componen. Esta es la forma desde la cual intentamos interpretar el viaje de los mapuches de Araucanía a las Pampas argentinas.
Una
de las formas de abordar el tema propuesto, es a través de la identificación
y análisis de un conjunto de categorías indígenas
(mapuches), que aluden a los significados culturales de las relaciones
que los mapuches de Araucanía mantuvieron con el territorio de las
Pampas o puelmapu (puel= este; mapu= tierra, territorio). Entre
estas categorías se encuentran las de Nampülkafe y la
de “argentinao”. Ambos vocablos siguen en uso en las comunidades mapuches
de la IX Región y dan cuenta de un conjunto de significados culturales
que en las páginas siguientes intentaremos abordar.
Por
otra parte, preferimos hablar del concepto viaje porque se diferencia del
uso sociológico y demográfico de migración y se aparta
de la simple idea de tránsito o traslado, en tanto categoría
de análisis histórico y antropológico de las relaciones
sociales y culturales[2].
En el mundo mapuche, el viaje al puelmapu puede ser leído como un
rito de paso masculino, por el cual los hombres acceden a un nuevo
status. El viaje “otorga prestigio” a los hombres pues a través
de él se produce la vinculación con distintos grupos de parentesco
cercano, lejanos, consanguíneos o por afinidad. El viaje en el siglo
XIX, es una experiencia, un acto y un rito masculino de larga data. Bengoa
(1987) señala que el viaje al puelmapu para los mapuches del siglo
XIX era parte de un ritual de iniciación de los jóvenes guerreros.
Según el autor, ir a las Pampas estaba impregnado de un sentido
valórico en el que se entremezclaban el paso de la adolescencia
a la pubertad o al mundo adulto a través de lo cual se accedía
al status de guerrero o weicháfe
(Alvarado; de Ramón
& Peñaloza, 1991).
La
importancia del puelmapu, del oriente, en la sociedad y cultura mapuche
puede ser rastreada en el nguillatún a través del baile de
tchoike o puelpurrún. Así mismo, el oriente
tiene para los mapuche de Araucanía significados religiosos y es
la fuente de un importante cuerpo de relatos significados y creencias que
perduran hasta el día de hoy. Tal vez la mejor síntesis de
ello esté en lo que el escritor contemporáneo Elicura Chihuailaf
ha señalado sobre el puelmapu: “En el epew –relato- del origen del
Pueblo mapuche, nuestros antepasados dicen que el primer Espíritu
Mapuche vino desde el Azul. Pero no de cualquier Azul sino del Azul del
Oriente. Y como en nuestra Tierra no había nada que pintara ese
Azul, dijeron que el Azul existe en el Oriente y en el espíritu
y el corazón de cada uno de nosotros” (Chihuailaf, 1999: 32).
El
período de tiempo que cubre el estudio corresponde a la mayor parte
del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Hemos elegido este
período por que creemos que comprende una temporalidad de profundos
cambios y significados para la historia mapuche, especialmente por los
efectos del implante de las fronteras nacionales y la sujeción militar,
política y social en que caen los indígenas a ambos lados
de la cordillera después de 1881. Si la relación sociocultural
de los mapuches con el puelmapu pasó a ser un elemento relevante
de su identidad étnica, la perdida del control de dicho territorio
constituyó un hecho que afectó todos los ámbitos de
la vida de los mapuches o al menos de las agrupaciones que mantenían
una relación más estrecha con el puelmapu, ya fuese por vínculos
de parentesco, alianzas militares, económicas o políticas.
En este trabajo nos referiremos, principalmente a dichos ámbitos,
especialmente a aquellos relativos a las esferas sociales y culturales.
El
estudio está centrado en la relación que mantuvieron con
las Pampas los mapuches que habitaban la parte central y precordillerana
de la Araucanía[3],
nos referimos a los que la nomenclatura histórica ha denominado
arribanos, maquehuanos, boroanos, del Budi, del Llaima
y del Toltén (Bengoa, 1987). Todos estos grupos tuvieron una estrecha
relación con el puelmapu. Conocidos son los vínculos, sobre
todo por relaciones de parentesco, entre boroanos y Borogas, estos últimos
habitantes de la parte central de las Pampas argentinas, que dominaron
hasta la llegada de Kalfukura, en la década de 1830 aproximadamente.
Este a su vez era originario de la zona del Llaima, que se estableció
en Salinas Grandes al finalizar el primer tercio del siglo XIX. Lo mismo
ocurría con las relaciones establecidas entre los Toltén
y Villarrica con las agrupaciones que habitaban las zonas precordilleranas
de la actual región del Neuquén en la Argentina[4].
Antecedentes
históricos del viaje al puelmapu.
Diversos
autores se han referido a los procesos de movilidad espacial mapuche durante
los siglos XVII al XX[5],.
La “araucanización” de las Pampas, el intercambio comercial y las
alianzas militares[6]
y las malocas son temáticas relevantes en el estudio de los procesos
históricos del pueblo mapuche y en los estudios denominados “de
frontera”. No obstante, los múltiples significados que adquirió
la movilidad mapuche a lo largo de casi dos siglos, sobre todo en los planos
militar y económico, existen escasos estudios que aborden los desplazamientos
desde una perspectiva basada en los significados culturales que para una
sociedad posee el viaje a las Pampas argentinas.
Los
trabajos de Lenz (1895), Guevara (1908, 1913), Manquilef (1911), Robles
(1912), Augusta (Ediciones de 1991 y 1996) y la autobiografía de
Pascual Coña (Edición de 1996), dan cuenta del viaje, en
el nivel de las fuentes testimoniales, como una experiencia plenamente
vigente durante el siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. La
información que entregan estos autores es muy valiosa para documentar
y respaldar los planteamientos del problema propuesto, específicamente
en lo relativo al viaje como espacio de constitución o reforzamiento
de la identidad mapuche y de la organización social, de las representaciones
y prácticas sociales.
Aunque
a la llegada de los españoles los mapuches no eran un pueblo nómade,
en el sentido estricto de la palabra, desde el siglo XVIII y hasta principios
del XX gozaron de una gran movilidad espacial que los llevó a través
de sus propias rutas, “las rastrilladas”, hasta los confines de la Patagonia
en la zona austral de Sudamérica y hasta el área norpampeana
en Cuyo, Tucumán y Buenos Aires. Razones comerciales, lazos de parentesco,
alianzas políticas y militares, movilizaron a individuos y a grandes
grupos pertenecientes a las distintas parcialidades de las dos bandas de
la cordillera de los Andes.
Bengoa
(1987), señala que el desplazamiento de los mapuches hacia las pampas
se debió en un primer momento a las presiones de la guerra contra
los españoles. Hasta antes del siglo XVII los contactos mapuches
con esa área fueron mínimos. Sin embargo, una vez que se
fue ocupando dicho territorio, se consolidó una estructura de desplazamientos
a través de las rastrilladas, verdaderas “vías” transpampeanas,
y de los boquetes cordilleranos por los que se desplazaban las largas caravanas
de caballos, vacunos, toldos y leña (Bengoa 1987: 53; León
1989, 1991). Con el tiempo las parcialidades indígenas de ambos
lados de la cordillera comenzaron a depender de productos y recursos que
se obtenían sólo en Araucanía o en las Pampas.
La
amplitud del territorio y sus abundantes pastizales convertían a
las Pampas y la Patagonía en su parte norte, en espacios óptimos
para la crianza de ganado. La importancia económica de las pampas
y sus recursos, como la sal, fueron determinantes en la constitución
del poder político-territorial mapuche: “La sal era un elemento
tan importante, que su control otorgaba mucho poder; es por ello que el
control de la pampa residía, en buena medida, en controlar Salinas
Grandes. Es lo que a comienzos del siglo XIX realizó Calfucura”
(Bengoa 1987: 54). Según el mismo autor, la sal era un elemento
fundamental para el procesamiento de carnes y cueros, de tal modo que el
que controlaba las salinas, indirectamente controlaba la elaboración
de un alimento tan importante como el charqui.
Así,
el desplazamiento o el viaje mapuche, tiene un fin y una connotación
social y económica que repercute en el conjunto de la organización
social y la economía mapuche, así como en el control y uso
de los recursos naturales. La necesidad de desplazamiento está basada
en imperativos económicos y no económicos y en los mandatos
sociales del parentesco y la reciprocidad que configuran las redes y le
tejido bajo el cual se articula la sociedad mapuche como conjunto social.
Los
malones y las malocas y Buenos Aires como botín de
guerra, habrían de ser el preciado tesoro de muchos hombres de la
Araucanía que emprendían el largo viaje a través de
las Pampas: “...Buenos Aires, constantemente asolada y siempre amenazada
por las hordas de indios, que recorrían el Continente en grandes
y temidas bandas, desde la Araucanía hasta las comarcas del Plata”,
escribía Estanislao Zeballos (1954: 33), refiriéndose al
período en que las armas platenses, debían dejar de lado
el flanco sur para dedicarse a las guerras de Independencia 1810.
Entre
las parcialidades cercanas a la cordillera de la Araucanía, el contacto
con las Pampas se transformó en una actividad principal dentro de
los procesos económicos y de intercambios, así como en el
establecimiento de alianzas militares a medidos del siglo XIX con grandes
caciques como Kalfukura. No es casualidad que más tarde,
durante el proceso de ocupación militar de la Araucanía,
el gobierno haya decidido refundar Villarrica, fuerte desde el cual se
pasó a controlar la principal ruta de entrada y salida desde y hacia
las Pampas argentinas.
Las Pampas, son para los mapuches de la Araucanía, un espacio de confluencia de múltiples intereses, disputas y alianzas. En la perspectiva antropológica parece ser, además, un “espacio simbólico”, esto es, un lugar que más allá de su uso y ocupación remite a elementos representacionales, ideológicos y religiosos que se expresan a través de una ritualidad y un lenguaje específico, que tiene significados allá de su materialidad ecológica. Desde el punto de vista social, es un espacio donde los hombres establecen relaciones de reciprocidad entre agrupaciones con intereses comunes y se aventuran a la posibilidad de lograr equilibrios de poderes mediante alianzas militares, de esta manera acceden a grados de prestigio que se incrementan a medida que se alían y comparten lanzas con los grandes lonkos de las Pampas, esto es lo que ocurrió con Mañil Wenu, por ejemplo:
Al
principio no fue cacique, llegó a serlo por su valor.
A
los veinte años juntó una partida de bravos arribanos y paso
a la Arjentina.
Llegó
a la nación de los rankülches (ranqueles), donde se le juntó
más jente.
Dieron
todos un buen malón cerca de Mendoza.
Mangin
tuvo fama desde entónces.
Los
rankülches le dijeron que se quedara.
Se
quedó con los ranqueles.
Al
cabo de algunos años volvió a Collico
Traía
mujeres, animales y herrajes de plata (Guevara, 1913: 64-65).
Además
del prestigio militar y político, el viaje de algunos miembros de
las parcialidades de Araucanía, era parte de una estrategia económica
que combinaba la crianza de animales, las labores de cultivo en el lugar
de residencia con el intercambio de textiles por animales al otro lado
de la cordillera.
La
comunidad maquehuana se dedicaba a las siembras i crianzas de animales.
Cada
familia criaba sus animales i sembraba su pedazo de terreno. Por eso se
producían en esta zona el trigo, la cebada, el maíz, quinoa,
arveja y tabaco.
Muchos
de sus habitantes viajaban a la Arjentina para vender mantas i adornos
de plata (Domingo Painevilu, en Guevara, 1913: 98).
Desde
el siglo XVIII, las alianzas militares estrechamente unidas a alianzas
familiares, posibilitaron un permanente contacto entre las parcialidades
de uno y otro lado de la cordillera lo que se traducía en el establecimiento
de lazos de reciprocidad y apoyo mutuo en casos de conflictos.
Las
tribus araucanas de Chile mantenían mui buenas relaciones con los
del otro lado de la cordillera, particularmente con la gente de Kalfukura:
se comunicaban para comerciar y auxiliarse en los malones.
Como
este cacique recibía del gobierno arjentino raciones de animales,
yerbas mate, tabaco, azúcar, etc., muchos de este lado se agregaban
por algún tiempo a su parcialidad para gozar de estos beneficios.
Ayudaban con sus mocetones a Kalfukura en sus correrías en favor
del gobierno o de alguna revolución (Ambrosio Paillalef, en Guevara,
1913: 124).
Los
caciques arribanos solían viajar a Argentina, “El viejo Kollio viajaba
mui seguido a la Arjentina. Mantenía estrecha amistad con Namunkura,
hijo de Kalfukura”, según relata Vicente Kollio Paillao (en Guevara,
1913: 183).
Los
mapuches de la zona de Villarrica eran grandes viajeros que abastecían
de caballares y vacunos a toda el área cordillerana central de la
Araucanía, así lo anotó un viajero chileno recién
ocupada la tierra por el Ejército chileno.
“Casi
todos los caballos que hemos visto tienen marca, y como los araucanos jamas
la usan, eso prueba que son animales traídos de la república
Arjentina, adonde suelen hacer frecuentes escursiones los habitantes de
esta parte del territorio, aprovechando su cercanía a los boquetes
de la cordillera”(Préndez, 1884: 56).
Los
lazos entre los mapuches de ambos lado de la cordillera se mantuvieron
aún después de la campaña de exterminio y arrinconamiento
efectuada por el ejército argentino contra las parcialidades pampeanas,
campaña conocida como la “Conquista del Desierto”.
Cuando
los caciques arjentinos se sometieron, el gobierno los radicó en
estensas hijuelas; ellos i sus hijos continuaron siendo amigos de los de
Chile; comercian unos con otros i a menudo se casan las personas de familias
conocidas.
Muchos
mapuches de acá se quedan viviendo en la Arjentina; los de allá
vienen de entrada i salida (Ambrosio Paillalef, en Guevara, 1913: 124-125).
El
comercio de animales era uno de los motivos más comunes para pasar
al otro lado de la cordillera, incluso el resto de las actividades como
el intercambio de joyas, textiles y mujeres estaba supeditado o dependía
de las incursiones que se hacían para obtener una buena recua de
vacunos, caballares o lanares. Los vacunos se obtenían del intercambio
o de los botines resultantes en las malocas y correrías realizados
a otras agrupaciones o ondígenas o en las estancias ganaderas de
la parte norte de la pampa.
Para
los indígenas de las Pampas el comercio con los de Araucanía
era de fundamental importancia, a tal punto se profundizó este comercio
que llegó a establecer relaciones de dependencias entre parcialidades
de uno y otro lado de la cordillera: “Estos indios vendían en
Chile todo el ganado que nos robaban y solamente dejaban en su toldo los
caballos necesarios para sus correrías...” (Zeballos, 1954:
272), señala Zeballos, refiriéndose a los indios de Traru
Lafquén, en las márgenes del Río Negro en las Pampas.
Al
intercambio de ganado por mantas, pontros y otras especies, se agregaba
el intercambio de mujeres y la captura de cautivas blancas, las que eran
vendidas a los caciques de la Araucanía. Las cautivas eran particularmente
apreciadas por los caciques siendo parte habitual de los botines de las
malocas. Tener una mujer blanca como esposa era símbolo de prestigio
entre los mapuches desde la temprana época de la conquista, con
el tiempo además el tráfico de cautivas blancas se convirtió
en una ocupación de grandes proporciones a uno y otro lado de la
cordillera (Ginobili, 1996).
Tromilén
era un valiente salinero que trajo varias mujeres de la Arjentina.
Vendió
algunas a Ñoki.
Este
salinero maloqueó varias veces por las Pampas arjentinas.
Algunas
de estas mujeres españolas dieron crias blancas i rubias.
Otros
guerreros voroanos habían traído de Arjentina mujeres blancas
(Juan de Dios Nekulmáñ, en Guevara, 1913: 128-129).
La
captura e intercambio de cautivas tiene un significado particular en los
procesos de mestizaje y construcción de la identidad mapuche (Ginóbili,
1996; Mayo, 1985). A través del intercambio de cautivas los viajeros
ponen en circulación no sólo mercancías sino que además
complejos procesos culturales de mestizaje biológico y cultural.
Los
viajes de Pascual Coña
Uno
de los viajes más completos e informados es el de Pascual Coña
a la Argentina (Coña, 1996: 288-329). Este viaje, efectuado entre
abril y diciembre de 1882[7],
en pleno contexto de la ocupación militar de la Araucanía,
lo realiza acompañando al cacique Painemilla, junto a los mocetones
Ignacio Namcuán, Quilaqueu, Aillapán, Imelcán, Colín,
Ingai y Winkahuentru (estos cuatro últimos de la Isla Huapi en el
lago Budi). El objetivo del viaje era establecer contactos con los caciques
de la otra banda para enterarse de su situación en vista de la acción
militar del ejército argentino y buscar una salida al conflicto
con las autoridades del país transandino, específicamente
con el Presidente de Argentina.
El
Cacique Painemilla llegó a saber que los caciques argentinos habían
quedado reducidos a prisión. Vino a verlo el cacique Nahuelquir
con su hijo Namcuse; ellos lo informaron sobre el rumbo que tomó
el malón en la Argentina y la detención de los indígenas
argentinos. En vista de tal noticia se decidió Painemilla a viajar
a la Argentina y hablar con el presidente (amuan, dënuan Argentina
presidente meu)[8].
Después
de cruzar la frontera, los viajeros llegan a las Pampas y se comunican
con los caciques de la región, comprobando el presidio de algunos
de ellos. El viaje continúa en dirección a la costa del Atlántico
donde embarcan hacia el puerto de Buenos Aires, con una breve escala en
Montevideo. En Buenos Aires -Wuenusai- los caciques son recibidos
por el displicente Presidente Roca.
Uno
de los aspectos más importantes del viaje de Pascual Coña,
se refiere a las relaciones que establecen los caciques a ambos lados de
la cordillera. En cada detención, alojamiento, parada para la alimentación
y el descanso, se establecen lazos de intercambio y reciprocidad entre
pares masculinos. De esta forma, los viajeros van tejiendo una red de relaciones
perdurables y comprometidas. Pascual Coña repite una y otra vez
la palabra pariente (en la traducción) para referirse a las personas
con que el cacique Painemilla o el mismo se relacionan. De igual modo,
en cada avanzada aumentará el número de viajeros, que acompaña
al grupo inicial formando una caravana de hombres que por diferentes motivos
se asocian y comparten la experiencia común del viaje.
“Al día siguiente ensillamos y alcanzamos hasta el Mañiu, el dominio del acomodado cacique Cadín. Se nos habían asociado entretanto Conhuepán y Aillanguir de Quillén con un mocetón. En Mañiu se nos juntó el cacique Curidfil y otra gente; solo los nombrados recuerdo.
Al otro día llegamos a la Villa Almagro y alojamos en la pampa. Partimos al alba y pasamos a Molco donde el cacique Calfinguir, que es tío de Painemilla.
Al
otro día pasamos por Pitrufquén, donde vivía Ambrosio
Paillalef; además por la comarca de Huampohue, Palguín y
Caguedañe, y llegamos a Villarrica, al fundo del Cacique Puñalef,
pariente de Painemilla. Allá descansamos unos cuatro días.
Puñalef hizo matar para nosotros una vaquilla gorda cuya carne nos
convidó” (Coña, 1996: 291).
A
través de todo el viaje, parientes, aliados y amigos abastecen a
los viajeros de alimentos, les dan alojamiento y los reciben con ceremonias
rituales comunes a los viajeros lejanos. Lo mismo ocurre al regreso, cuando
los viajeros atraviesan los territorios de diversas parcialidades mapuche,
donde intercambian regalos y reciben los beneficios de la reciprocidad
masculina mapuche.
“Partiendo
desde Trancura llegamos al volcán Villarrica. Allí había
una tribu de indígenas, los Nahuelquires; allá nos alojamos
y no recreamos; tres días demoramos en ese lugar. De ahí
pasamos por Pucón y llegamos al pueblo Villarrica. Como Painemilla
tiene parientes allí, no demoramos algo.
Después
continuamos y llegamos a Huampohue. Allí se separaron los compañeros
oriundos de Boroa, Quillén, y Renaico, siguiendo cada cual el camino
de su país (mapu) respectivo” (Coña, 1996: 326-327).
Después
del “Ultimo Malón”, que trajo como consecuencia la “desintegración
del espacio fronterizo”, la movilidad espacial de los mapuches quedó
seriamente afectada, repercutiendo directamente en la economía ganadera,
los grandes espacios y pastos “libres” fueron restringidos debido a la
presión militar ejercida por los ejércitos de Chile y Argentina,
que respondían a los intereses de grupos de presión como
terratenientes y ganaderos ansiosos de expandir su producción frente
un demandante mercado exterior. Para los mapuches el fin de los desplazamientos
y de la economía ganadera habría de significar una violenta
conversión hacia una actividad que era marginal dentro de su economía
como era la agricultura.
Los
rituales del nampülkafe o viajero
Vengo
de la tierra del este. Ni una pena ahorré a mi pobre corazón
que no hubiera sufrido. Sin cesar recorrí, verdaderamente todas
las tierras.
He
regresado, pues, hermanos, a mi tierra. Me es como si hoy nomás
me hubiese parado entre vosotros que tenéis un corazón para
mi.
Pascual
Painemilla Ñamcucheo. Canción de viajero (Augusta, 1991:
155-156).
El
lugar que llegó a ocupar el viaje en la sociedad mapuche, durante
casi tres siglos, dio cabida a la constitución de un conjunto de
rituales que formalizaban una relación social y cultural con la
experiencia personal o individual de los viajeros, por ello el al puelmapu
constituirá un elemento central de la identidad étnica mapuche.
La
idea del viaje como experiencia societal, se encuentra en el mapudungún
(idioma mapuche) y se condensa en una palabra, que en la actualidad ha
ido cayendo en desuso, esta palabra es Nampülkafe. Según
el Diccionario Araucano del Padre Félix de Augusta, en mapuche
Nampülkán significa viajar al extranjero, mientras
que Nampülkafe es el que viaja mucho al extranjero,
Nampültuiawn de la misma raíz es, “ir y venir tranquilamente”,
mientras que Nampülkañma domo es la mujer cuyo
marido anda en el extranjero”(Augusta, 1996: 145). Manuel Manquilef señala
que nampülkafe significa, además de viajero,
“el que está libre” (Manquilef, 1911)[9].
La
transferencia de la experiencia individual a lo social se realiza a través
del rito colectivo que de este modo le otorga legitimidad y valoración
social por parte de los distintos miembros del linaje. El momento culminante
de esta relación de reciprocidad de los viajeros con su entorno
social es el retorno, verificado a partir de un encuentro o junta (trawn)[10],
el espacio común con el grupo de pares masculinos, amigos, aliados,
familia y linajes.
En
los largos viajes hacia las Pampas, los nampülkafes eran recibidos
con honores y ceremonias[11],
especialmente cuando se trataba de jefes de alguna importancia y cuando
estaba de por medio alguna relación de reciprocidad y cooperación
entre parcialidades (político-militar o económica, parental
o generalmente una compleja red en que se mezclaban todos los aspectos).
En su viaje a la Argentina, Pascual Coña relata uno de estos recibimientos.
“Nos
pusimos en marcha todos. El guía nos dirigió hacia una pampa
cerca de la ciudad Junín, donde nos insinuó: “Formaos aquí;
mi cacique Ancatrir quiere tributarnos un recibimiento solemne.
Enseguida
empezaron a honrarnos con el awün; dieron muchisimas vueltas a caballo
entre gritos y clamores alrededor de nosotros.
También
las mujeres estaban reunidas separadamente; ellas cantaban y romanceaban.
Su canto es bien agradable. La tonada de esas mujeres pehuenches se oye
como un cuerpo de músicos; lo hicieron para agasajarnos.
Después
de habernos trillado bastante rato, dijo el cacique Ancatrir: Ya
se ha tributado a mis caciques el honor de mi raza; que me hagan otro tanto
a mí: Luego ellos se pusieron en fila.
Dirigiéndose
a Catringuir mandó el mensajero: Alistaos para la trilla.
Cuando
ya habíamos trillado algún tiempo, salió el guía
afuera de la línea y ordenó: “Está suficiente”. Entonces
cesamos” (Coña, 1996: 295-296).
El
ritual del retorno era un acto de aprecio y cariño
con que los parientes y amigos refrendaban al viajero este, a su vez, de
manera recíproca, daba cuenta de los resultados obtenidos en el
viaje, de los intercambios realizados. El ritual del retorno era el punto
de partida de una nueva cadena de reciprocidades entre los viajeros y su
entorno social, desde ese punto construían nuevas escalas de status
y prestigio para sí y para su linaje.
De
la misma manera, la ceremonia del retorno del viajero era el espacio simbólico
donde se resolvía y aseguraba el éxito de la misión,
el viajero entonces, debía regalar y otorgar dones para demostrar
que su viaje había sido exitoso. A través de los recibimientos,
los mapuche reactualizaban las relaciones de confianza y reciprocidad entre
las familias y los miembros varones del linaje o las jefaturas menores
en la jerarquía de poder cuando el viajero era un poderoso Lonko.
Manuel
Manquilef (1911), cuenta que a su regreso, el viajero era objeto de una
ceremonia que se denominaba nampülkán, un ritual
organizado por los parientes y familiares del viajero. El nampülkán,
era el ritual que permitía el reintegro del viajero en su tierra
y en su linaje mediante la entrega de regalos a los parientes y esposas.
La ceremonia era, así mismo, un ritual que actuaba como mecanismo
de confirmación de lealtades y confianzas entre el viajero y su
esposa (o esposas), por una parte, y, entre el viajero y sus pares masculinos
(por lo general, parientes cercanos) que habían quedado al cuidado
de ellas. Manquilef relata el “retorno de un viajero”:
Otra
reunión social del indio en que comparte juntamente con su familia
y amigos la alegría, el cariño y el amor que se profesan,
es la fiesta celebrada en honor de la persona que había dejado su
hogar para ir a otras tierras en busca de víveres que a su familia
faltaban para su sustento diario. Tal fiesta constituye el Nampülkán
que significa libertad (Manquilef, 1911: 46).
El
viaje, como rito de pasaje, como experiencia individual y personal de los
hombres mapuche, se transforma a través del ritual del nampülkán
en experiencia colectiva. La ritualización del viaje, su elaboración
simbólica por parte de la sociedad mapuche, permitirá su
permanencia en la memoria histórica como parte integrante de la
identidad de pueblo y desde el punto de vista de género como parte
sustantiva de la identidad masculina. La recepción de las mujeres
a los hombres -”En estas reuniones las mujeres toman más participación
que el hombre”- demuestra así mismo la separación de
las esferas genéricas en la experiencia del viaje: quien se queda
y recibe son las mujeres, quienes viajan y son recibidos, son los hombres.
Al
arribar a su casa el Nampülkafe, su mujer lo recibe con las muestras
más sinceras de cariño; sus hijos lloran de contento y corren
a las casas vecinas, comunicando la llegada de su buen padre.
Al
día siguiente, los parientes y amigos en persona, van a saludar
al Nampülkafe, desarrollándose el ardiente y apasionado saludo;
le hace entrega (tanto el pariente como el amigo) de un poco de vino, o
de una oveja muerta o de un cántaro de mudai, o de una gallina cocida,
o de unos cuantos huevos cocidos, o de una lama, o de una faja, en una
palabra, todos llevan regalos y los ofrecen solemnemente en la siguiente
arenga: “Todos tenemos que sufrir las consecuencias tan funestas del tiempo;
todos nos alejamos de nuestra amada tierra con el objeto de buscar lo que
ella no nos puede dar”.
Muchas
veces en nuestras peripecias somos más desgraciados que en nuestra
ruca.
A
ti querido amigo, al mismo tiempo que saludarte y darte la bienvenida te
manifiesto mi más grande regocijo, y mayor será si aceptas
este animal que de algo podrá servirte.
Al
ofrecerte este humilde regalo voi guiado por ese amor y amistad que reina
entre toda a gente de esta tierra. Nuestra amistad no debe estar sólo
en el corazón sino que debe manifestarse, cumpliendo así
en parte una pasión de nuestro ser.
Por
esto, buen amigo, acepta y cuida este animal a fin de que cuando lo buscas
en las fiestas, sepas comprender la clase de regalos que se hacen los que
son buenos amigos”.
El
nampülkafe bastante impresionado contesta en los siguientes términos:
“Nunca olvidé un rato de mi mente los nombres de los buenos amigos
que dejé en esta tierra. Por eso al recibir tu hermoso regalo, cábeme
la honra de aceptarlo y en lo días festivos a todos les diré
lo grande de corazón que es mi amigo y la clase de regalos que hace.
Tú,
buen amigo, has sido el que has guiado a mi mujer durante mi ausencia y
en prueba de ese reconocimiento acéptame estas humilde prendas que
siempre lleva consigo el gaucho arjentino.
Conozco
tu destreza y tu ajilidad y se cuán bien puedes usarlas y ser digno
rival del más valiente de los gauchos. La tierra que yo pisé
conocía tu nombre como jinete, como buen pialador y como buen boleador.
Acéptalas, buen amigo, llévalas siempre contigo, recordando
lo que puede y debe ser un buen amigo”.
De
esta manera es regalado y recibido cualquier objeto.
Una
vez ofrecidos los numerosos y variados regalos, el nampülkafe saluda
a su mujer sacrificando en su honor el más hermoso caballo que traiga
en su tropilla.
La
mujer recibe con cariño a todos los amigos de su esposo. Después
de esto la fiesta queda inaugurada.
En
estas reuniones el indio alza su voz para entonar sus hermosos cantos que
llevan por título Napülkán. La mujer de este hace alarde
de la fidelidad que le guardó en su ausencia... (Manquilef, 1911:
46-52).
La
masculinidad mapuche se refrenda por el reconocimiento de los otros hombres
del linaje, el viajero pone en circulación los bienes de intercambio
en su estadía extranjera, de ello depende la agregación de
nuevos elementos de status con el fin de acrecentar su prestigio
(masculino), como jefe de familia, de su linaje, como cacique o como lonko.
La ceremonia del nampülkán, restituye los ordenes sociales
y confirma las solidaridades y confianzas entre los hombres, parientes
y aliados. Este reconocimiento estará sustentado en la confianza
entre un miembro masculino del linaje que ha dejado a su mujer al cuidado
de otro miembro masculino del linaje, la ceremonia es entonces una confirmación
de lealtades y confianzas entre hombre mediadas por la presencia y posesión
de una mujer “Tú, buen amigo, has sido el que has guiado a mi
mujer durante mi ausencia y en prueba de ese reconocimiento acéptame
estas humilde prendas que siempre lleva consigo el gaucho arjentino”.
Así, la ubicación genérica predominante en la organización
social mapuche, proseguirá su proceso de reproducción y se
hará parte de la identidad étnica mapuche.
El
viaje constituye y organiza parte de la identidad de género mapuche,
al interior del sistema sexo/género mapuche articulándolo
con la estructura y la organización social[12].
En la sociedad mapuche del siglo XIX, las mujeres referían su status
en relación al lugar que ocupan en la estructura del parentesco
y la familia (en tanto hija, esposa o suegra, además de otras asignaciones
parentales) y en donde, a nivel de la organización social, lo masculino
aparece como hegemónico. Los ordenamientos masculinos del matrimonio
y su base residencial y de intercambio esta normada y regulada por los
parientes hombres de los linajes, la movilidad espacial emerge, entonces,
como un “campo simbólico”, que extiende las prerrogativas masculinas
que organizan la sociedad más allá de los límites
del lofche(linaje).
Los
hombres mapuche adquirieron con el tiempo una gran capacidad de desplazamiento
frente a una relativa “inmovilidad” de las mujeres que, debido a imperativos
productivos y reproductivos de la organización social mapuche, estaban
sujetas al ámbito doméstico/familiar en función de
la asignación genérica de roles, crianza de los hijos, producción
de chacarería y textilería, entre otras actividades (Smith
1915; Guevara 1908, 1913; Latcham 1924; Faron 1969; Coña 1996, entre
otros), a partir de lo cual serán el soporte de la reproducción
del grupo doméstico residencial.
Por
otra parte, desde el siglo XVIII, el auge de la economía ganadera
tenderá a separar aún más las esferas de producción
y reproducción asignadas y distribuidas a hombres y mujeres mapuche
respectivamente. Aunque las mujeres participarán de actividades
productivas especializadas como la textilería y la alfarería,
cuyos productos serán fundamentales en los intercambios ganaderos,
su lugar social seguirá estando ligado a la ruka y el lof,
las mujeres por tanto, deberán buscar sus espacios de autonomía
dentro del propio espacio doméstico lo que reforzará las
estructuras tradicionales en favor de una hegemonía social masculina.
La
producción textil de la mujeres, por ejemplo, de gran importancia
en la economía mapuche de los siglos XVIII y XIX tendrá una
fuerte relación con la capacidad de intercambio ganadero de los
hombres a través del territorio mapuche, por lo mismo permitirá
el reforzamiento de la poligamia: “Las mujeres mapuche, quienes tradicionalmente
estaban encargadas del trabajo textil, debieron dedicar más tiempo
a esta tarea ya que la costumbre establecía que las mujeres debían
entregar a su marido un poncho al mes. Los hombres por su parte, con las
ganancias que les dejaba el comercio pudieron comprar más mujeres
para el trabajo. El hecho significó un fortalecimiento de la poligamia...”(Cerda-Hegerl,
1996: 98).
Esta
situación vino a consolidar la “necesidad” de que las mujeres mapuche
se mantuvieran en el espacio del lofche y que los hombres, encargados de
poner en circulación los bienes transables -mantas por ganado- obtuvieran
y consolidaran la prerrogativa de la movilidad espacial a través
del etnoterritorio mapuche y aún fuera de él. La “inmovilidad”
de las mujeres mapuche en la sociedad pre-reduccional es parte de su condición
de subordinación a los hombres dentro de las organización
social mapuche, es por tanto un aspecto constitutivo de su identidad social.
El intercambio de mujeres, la valoración como bienes de intercambio,
es tal vez, la única posibilidad de movilidad espacial mapuche,
en ese entonces, dado que desde antiguo las mujeres mapuche cumplieron
con este grado de movilidad espacial, debido a la existencia de un patrón
exogámico y virilocal de las uniones matrimoniales, por el cual
las mujeres debían trasladarse de un linaje a otro, a veces por
acuerdo entre el futuro marido y el padre de la mujer previo pago (mafún),
otras tantas por rapto o unión forzada (gnapitún)[13].
Aunque
no poseemos aún antecedentes concretos, pensamos que el lakutún
fue probablemente una ceremonia profundamente asociada a los viajes
y al establecimiento de alianzas entre linajes distantes[14].
Hasta el siglo XIX, el lakutún tuvo un significado mucho más
amplío que incluía la cooperación y solidaridad entre
varones adultos que establecían una relación de dependencia
y reciprocidad mutua por la cual se daban ayuda y apoyo en caso necesario.
Las incursiones de los caciques de este lado de la cordillera hacia las
Pampas resultaban en el afianzamiento de afianzas y relaciones entre las
diferentes parcialidades, las que por medio del intercambio de mujeres
y el establecimiento de relaciones de laku entre los varones de
las parcialidades sellaban relaciones duraderas que reforzaban los lazos
en linajes. De este modo se creaba una red de varones emparentados por
vínculos de consanguinidad y afinidad vía matrimonio y lakutún.
Siguiendo
a Faron (1969), Foerster (1993: 91-92), plantea que el lakutún circunscribe
los nombres masculinos al ámbito interno de los linajes, nosotros
pensamos que antiguamente esto debió operar también fuera
de él, como una necesidad de consolidar y estabilizar las relaciones
entre linajes distintos. La relación del lakutún “hacia dentro”,
tal como lo conocemos hoy, es un imperativo surgido de la nueva situación
político-social y especialmente de aquella relativa al tema de la
propiedad de la tierra. En cambio, antes del período reduccional,
la función ritual del laku era paralela o complementaria al intercambio
de mujeres y tenía como objetivo la consolidación de diversos
tipos de relaciones entre pares masculinos. Eso es lo que explica, por
ejemplo, la repetición de nombres, especialmente de caciques importantes,
entre linajes establecidos a grandes distancias entre sí.
Antiguamente,
los viajes al puel, constituían la instancia en que los hombres
mapuche “lakutukaban” fuera del linaje, con caciques lejanos como
los de las Pampas. Entre los abajinos existían muchos hijos de caciques
que llevaban el nombre Kalfukura y Namunkura, lo que da a
entender que las relaciones de reciprocidad se afianzaban por la vía
del padrinazgo y el emparentaje entre miembros masculinos de diferentes
parcialidades. El lakutún, tal como el intercambio de mujeres, parece
ser entonces un dispositivo de acercamiento y compresión de linajes
que por esta vía se emparentaban simbólicamente. Lo mismo
habría de suceder con los matrimonios o intercambios de mujeres,
vía por el cual se daba curso al establecimiento de nuevas relaciones
de consanguinidad dando forma, a su vez, a nuevos grupos corporados que
actuaban en formas de alianzas o eran la génesis de nuevos linajes,
que cumplían la función de aliados políticos, militares
y económicos (Bechis, 1994).
El
fin de los viajes de los hombres mapuche, tendrá como resultado,
la pérdida de un espacio simbólico de producción y
reproducción de relaciones entre los varones mapuche, lo que marcará
la identidad masculina, removiendo los dispositivos desde los cuales se
articulaban la redes de parentescos y los espacios sociales de poder que
daban prestigio a los jefes y a los viajeros en general. El viaje como
interacción social, durante gran parte del siglo XIX, es puesto
en crisis por la incorporación de los mapuches al Estado-nacional
chileno, la movilidad de conchavadores, maloqueros, weichafes (guerreros)
y ganaderos, será sustituida por la “inamovilidad” de una agricultura
encerrada en Reducciones.
La
pérdida de la movilidad espacial, será percibida por los
mapuches como un elemento central de su nueva situación como pueblo.
La restricción en el uso del territorio motivará que, particularmente
los hombres, se muevan hacia el centro del linaje y la organización
social mapuche, perdiéndose con esto la riqueza del sistema de relaciones
de alianzas y parentesco.
Por
otra parte, el poder político tradicional mapuche, representado
por la estructura (masculina) de poder de ülmenes, ñidol
lonkos, caciques, caciquillos y mocetones del siglo XIX,
será puesta en cuestión a partir de la aplicación
de las leyes chilenas y de la situación generalizada de dominación
neocolonial del pueblo mapuche. Junto con ésta pérdida y
reorganización de las estructuras de poder. Desde el punto de vista
del análisis de género, la nueva situación de “inmovilidad”
de los hombres mapuche, representa a su vez una crisis de la masculinidad
mapuche tradicional, situación que tendrá profundas repercusiones
tanto en la estructura de poder (masculino) como en la organización
social mapuche del siglo XX, donde la situación de la mujeres, tal
como se conoció en el período independiente, se verá
modificada por nuevas modalidades de relaciones entre ambos géneros.
Como
hemos señalado, otro aspecto el análisis del viaje mapuche
a las Pampas argentinas es el que se refiere a los procesos de circulaciones
e intercambios de bienes simbólicos y mercantiles y los mecanismos
y tipos de reciprocidad en sociedades ganaderas y tribales[15].
El sentido de los intercambios, más que en la acumulación,
se sustentan en la necesidad de cumplir con el objetivo final que es el
poner en operación los mecanismos básicos de la redistribución
a gran escala, la que se inicia y finaliza en el entorno familiar, el “sistema
básico de las reciprocidades” entre grupos sociales con base en
el parentesco (Levis-Strauss, 1991). En sociedades tribales, la organización
de la reciprocidad se realiza en torno a las múltiples jefaturas
masculinas (las del hogar, las del linaje, las de la comunidad, las del
grupo de linajes), ellos son los que redistribuirán en función
de las “distancias del parentesco” (Sahlins, 1974). Por ello es que el
viaje será un mecanismo para acortar o comprimir dicha distancia
entre grupos de parentesco distantes a través de la transferencia
mutua de dones y confianzas.
El
nampülkafe en la sociedad mapuche, no sólo será
quien ponga en circulación los bienes de intercambio y otorgue movilidad
a la reciprocidad entre grupos afines, a su vez será quien refuerce
los lazos de parentesco y las alianzas de distinta índole. De paso,
y como elemento fundamental, las interacciones provocadas por el viajero
reforzarán la identidad masculina de los pares hombres en la medida
que serán ellos quienes las organicen y las pongan movimiento a
partir de un conjunto de códigos relacionales masculinos.
De
esta manera, el viaje y la relación de los sujetos con el puelmapu,
se podría traducir como un mecanismo de articulación de las
relaciones transculturales o intraétnicas de la sociedad mapuche.
Por su intermedio, se revitalizarán los lazos de parentesco de las
grandes agrupaciones familiares mapuche. Así mismo, a través
de los viajeros se pondrán en circulación los bienes simbólicos
y mercantiles que permitirán el cumplimiento de las relaciones de
reciprocidad entre las distintas parcialidades, aún entre las más
distantes. Estos desplazamientos además, confirmarán, a nivel
individual y colectivo, la noción de etnoterritorialidad mapuche,
la que habrá de romperse a fines del siglo XIX con la imposición
de las fronteras nacionales y los obstáculos de orden político-burocrático
introducidos por el Estado. Finalmente, el viaje será una experiencia
cognitiva, un proceso de aprendizaje intercultural por el cual los sujetos
descubrirán y construirán alteridad frente a los no indígenas
o winka. Desde esta perspectiva la experiencia del viaje contribuirá
a la reafirmación de la diferenciación étnica de pueblo
más allá de los límites del etnoterritorio mapuche.
Bibliografía
Alvarado,
Margarita; De Ramón, Ema & Peñaloza, Cecilia (1991),
Weichán. La “Guerra de Arauco”, una mirada estética.
Mimeo, Santiago de Chile.
Augusta,
Felix José de (1996). Diccionario Araucano. Mapuche-Español/Español-Mapuche.
Ediciones Cerro Manquehue. Santiago (Reedición).
Augusta, Fray Felix José de (1991), Lecturas Araucanas. Editorial Kushé. Temuco (Reedición).
Bechis, Martha (1994), Matrimonio y política en la génesis de dos parcialidades mapuche durante el siglo XIX, en Memoria Americana, Cuadernos de Etnohistoria, Nº3, Buenos Aires.
Bengoa,
José (1992) Mujer, tradición y shamanismo. Relato de una
machi mapuche. En Revista Proposiciones N°21. Ediciones
Sur. Santiago.
Bengoa,
José (1987), Historia del pueblo mapuche, Ediciones Sur.
Santiago.
Cerda-Hegerl,
Patricia (1996), Fronteras del sur. La región del Bío
Bío y la Araucanía chilena 1604-1883. Ediciones Universidad
de la Frontera. Temuco.
Chihuailaf,
Elicura (1999), Recado confidencial a los chilenos, Ediciones LOM,
Santiago de Chile.
Coña,
Pascual (1996), Vida de un Cacique mapuche. Editorial Pehuén.
Santiago (Reedición).
Faron,
Louis (1997), Antüpaiñamko, águilas del sol.
Ediciones San Pablo. Santiago (Traducción al español).
Faron,
Louis (1969), Los mapuche, su estructura social. Instituto Indigenísta
Interamericano. México.
Foerster,
Rolf (1993), Introducción a la religiosidad mapuche. Editorial
Universitaria. Santiago.
Geertz,
Clifford (1973), La interpretación de las culturas, Editorial
Península, México.
Ginóbili,
María Elena (1996), La cautiva: clave del mestizaje biológico
y cultural de la zona fronteriza. En Araucanía y Pampas,
un mundo fronterizo en América del Sur. Ediciones Universidad
de la Frontera. Temuco.
Guevara,
Tomás (1908), Psicolojía del pueblo araucano. Imprenta
Cervantes. Santiago.
Guevara,
Tomás (1913), Las últimas familias y costumbres araucanas.
Imprenta, Litografía y Encuadernación Barcelona. Santiago.
Hux,
Meinrado (1992), Caciques borogas y araucanos. Ediciones Marymar.
Buenos Aires.
Latcham,
Ricardo (1924), La organización social y las creencias de los
antiguos araucanos. Imprenta Cervantes. Santiago de Chile.
Lenz,
Rodolfo (1895), Estudios Araucanos. Viaje al país de los manzaneros.
Contado en dialecto huilliche por el indio Domingo Quintuprai, de Osorno.
En Anales de la Universidad de Chile. Volumen 90. Santiago.
León,
Leonardo (1989), Maloqueros, tráfico ganadero y violencia en
la forntereas de Buenos Aires, Cuyo y Chile, 1700-1800, en Jarbuch
fur Geschiste von Staat, Wirstchaft und Gesellschaft Lateniamerikas,
Köln.
León,
Leonardo (1991), Maloqueros y conchavadores en Araucanía y las
Pampas, 1700-1800, Ediciones Universidad de la Frontera, Temuco.
Leví-Strauss,
Claude (1991), Las estructuras elementales del parentesco.
Ediciones Paidós. Barcelona (Reedición).
Maffesoli,
Michel. El nomadismo fundador. En Revista Nómadas
N°10. Departamenteo de Investigaciones Universidad Central, Santa Fe
de Bogotá, 1999.
Mandrini,
Raúl (1992), Indios y frontera en el área pampeana (siglos
XVI –XIX). Balance y perspectivas, En Anuario del IEHS, VII,
Tandil, Argentina.
Mandrini,
Raúl & Sandra Ortelli (1992), Volver al país de los
Araucanos. Editorial Sudamericana. Buenos Aires.
Manquilef,
Manuel (1911), Comentarios al pueblo Araucano (La faz social).
En Revista de Folklore Chileno, Tomo II, Entrega 1°.
Imprenta Cervantes, Santiago.
Mauss,
Marcel (1991), Sociología y antropología. Editorial
Técnos. España (Reedición).
Mayo,
Carlos (1985), El cautiverio y sus funciones en una sociedad de frontera:
el caso de Buenos Aires (1750-1810). En Revista de Indias, 45
(175). Madrid.
Molina,
Raúl (1995), Reconstrucción de los etno-territorios,
en Tierra, territorio y desarrollo indígena, Instituto de
Estudios Indígenas, Temuco, Chile.
Pinto,
Jorge (1996), Integración y desintegración de un espacio
fronterizo. La Araucanía y las Pampas, 1550-1900. En Jorge Pinto
(Ed.) Araucanía y Pampas, un mundo fronterizo en América
del Sur. Ediciones Universidad de la Frontera. Temuco,.
Préndez,
Pedro Nolásco (1884), Una escursión de verano de Angol
a Villarrica y Valdivia en los primeros meses de 1883. Imprenta “La
Patria”. Valparaíso.
Robles
R., Eulojio (1912), Costumbres y creencias araucanas. En Revista
de Folklore Chileno Año III, Entrega 4°. Imprenta Cervantes.
Santiago.
Rubin,
Gayle (1986), El tráfico de mujeres: notas sobre la "economía
política" del sexo. En Nueva Antropología, Vol.VIII,
Nº30, México.
Sahlins,
Marshall (1983), Economía de la Edad de Piedra. Akal Editor,
Madrid.
Smith,
Edmond Reuel (1915), Los Araucanos o Notas sobre una gira efectuada
entre las tribus indígenas de Chile Meridional, Imprenta Universitaria,
Santiago de Chile.
Villalobos,
Sergio (1982), Relaciones fronterizas en la Araucanía. Ediciones
de la Universidad Católica. Santiago.
Villalobos,
Sergio (1995), Vida fronteriza en la Araucanía. El mito de la
Guerra de Arauco, Editorial Andrés Bello, Santiago.
Zapater,
Horacio (1982), La Expansión araucana en los siglos XVIII y XIX,
en Villalobos, Sergio et al Relaciones fronterizas en la Araucanía,
Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile.
Zeballos,
Estanislao, Viaje al País de los Araucanos. Ediciones Anaconda.
Buenos Aires, 1954.