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Mariano Rosas

Patricia Nora Gómez[1]


Las exequias que los Ranqueles han hecho al cacique Mariano Rosas, muerto hace unos días han sido verdaderamente regias. El cuerpo de Mariano ha estado expuesto a la puerta de su toldo por espacio de veinticuatro horas y lo rodeaban más de doscientas mujeres que lloraban como las antiguas plañideras. Todos los objetos de que se servía en vida, estaban a su cabecera, es decir el apero, lazo, boleadoras, etc. A las veinticuatro horas después de haber dejado de existir fue llevado a su última morada, acompañándolo todos los indios de Ramón, de Caiomuta, de Epumer y Baigorria [Baigorrita]. Las mujeres lloronas, seguían las angarillas, en que iba conducido por cuatro mocetones. Llegado que hubo el cortejo al sitio donde debía ser sepultado el cadáver, varios cautivos e indios procedieron a abrir un gran hoyo. Mientras unos hacían esta operación, otros degollaban tres de sus mejores caballos del finado y una yegua gorda. Después de haber concluido de abrir el hoyo, se hicieron las ceremonias de estilo. En la fosa se sepultaron los caballos, la yegua, varias prendas del finado, etc., para que pueda emprender el largo viaje con felicidad. Encima de todo se puso el cuerpo de Mariano, y los primeros que echaron tierra sobre su cadáver, fueron los capitanejos. En ese mismo lugar han pasado dos días, las mujeres llorando, y los hombres desechando penas, es decir emborrachándose. He aquí como cumplen sus últimos deberes los hijos de la Pampa.

Así anunciaba el periódico La América del Sur el 26 de agosto de 1877, la muerte del cacique ranquel Mariano Rosas. ¿Quién fue este personaje, a quien se brindaban honras fúnebres de tal importancia? Estas ceremonias sólo se realizaban a la muerte de aquellos hombres que habían ocupado un lugar sobresaliente en la sociedad indígena. 

Mariano Rosas, cuyo nombre ranquel era Paguithruz,había muerto pocos días antes, 18 de agosto, en Leubucó. Era el cacique principal y autoridad indiscutida del gran cacicato ranquel que controlaba las tierras de la pampa central, la zona del monte, mamuel mapu en la lengua araucana. Leubucó, en el corazón del territorio, era el centro político del cacicato y la sede del gobierno de Mariano. El gran cacique tenía entonces unos 52 años y gobernaba el cacicato desde 1858, cuando había sucedido a su hermano mayor, Calvaiu, muerto de forma trágica al explotar accidentalmente un cajón de pertrechos militares. Ambos eran hijos de otro gran cacique ranquel, Painé, fundador de la dinastía conocida por el nombre del linaje al que pertenecían, los Güor.

Disponemos de un magnífico retrato del cacique escrito por Lucio V. Mansilla quien unos años antes, en 1870, había visitado a Mariano Rosas en su toldería de Leubucó, empresa que inmortalizó en su libro Una excursión a los indios ranqueles. Nos dice allí

El cacique general de las tribus ranquelinas tendrá cuarenta y cinco años. [...] Es delgado, pero tiene unos miembros de acero. Nadie bolea, ni piala, ni sujeta un potro del cabestro como él. Una negra cabellera larga y lacia, nevada ya, cae sobre sus hombros y hermosea su frente despejada, surcada de arrugas horizontales. Unos grandes ojos rasgados, hundidos, garzos y chispeantes, que miran con fijeza por entre largas y pobladas pestañas, cuya expresión habitual es la melancolía, pero que se animan gradualmente, revelando entonces orgullo, energía y fiereza; una nariz pequeña, deprimida en la punta, de abiertas ventanas, de líneas regulares y acentuadas; una boca de labios delgados que casi nunca muestran los dientes, marca de astucia, una barba aguda manifestación de valor, y unas cejas vellosas, arqueadas, entre las cuales hay siempre unas rayas perpendiculares, caracterizan su fisonomía, bronceada por naturaleza...” 

Paguithruz, bautizado años después como Mariano Rosas, había nacido hacia 1825. Era elsegundo hijo de Painé, quién gobernó el cacicato ranquel entre 1838 y 1844. Su madre, cuyo nombre no conocemos, fue seguramente la primer esposa de Painé. Poco sabemos de su infancia, aunque no debió ser muy distinta de la de otros niños. En la sociedad indígena, los varones comenzaban, desde los primeros años de vida, a prepararse para las que serían las actividades principales en sus años adultos: la guerra y las labores pecuarias. Así, debían aprender a cuidar el ganado, a montar,enlazar, manejar armas – en especial las boleadoras - a cazar, a cuerear, trozar y salar la carne de los animales. También debían colaborar en las tareas cotidianas de la toldería, ayudando en la preparación de los alimentos, buscando agua y leña, manteniendo el fuego, participando en las tareas de limpieza, retirando sobre cueros la basura acumulada. Cuando eran un poco más grandes, participaban en actividades más complejas, a veces muy lejos de sus tolderías: cuidaban las caballadas de reserva durante los malones o las grandes cacerías, ayudaban a arrear los ganados, actuaban como emisarios o chasques, acompañaban a las partidas que salían a comerciar, a participar en juntas y parlamentos, a asistir en las grandes ceremonias colectivas. Todas y cada una de estas actividades constituían un aprendizaje para la vida adulta. 

En 1834, cuando tenía apenas unos nueve años, Paguithruz fue tomado prisionero por una partida militar- otras fuentes lo atribuyen a indios del cacique Llanquelén quién en 1831 se había separado de los ranqueles. El niño se encontraba junto con otros en la laguna de Langheló cuidando la caballada en espera del regreso del malón que llevaban adelante Painé junto a Pichuín sobre el pueblo de Rojas en la provincia de Buenos Aires. Mansilla, refiere estehecho que fue importante en la vida del pequeño: 

Mariano Rosas y sus compañeros de infortunio fueron conducidos a los Santos Lugares. Allí permanecieron engrillados y presos, tratados con dureza, cerca de un año, según sus recuerdos [...] un día los llevaron a presencia del dictador don Juan Manuel de Rosas. Interrogándolos minuciosamente, supo éste que Mariano [...] era hijo de un cacique principal de mucha nombradía. Le hizo bautizar, sirviéndole de padrino, le puso Mariano en la pila, le dio su apellido y le mandó con los otros de peón a su estancia del Pino.

Así Paguithruz tomó el nombre con que lo inmortalizó la historia, que él mismo adoptó, y con el cual firmaba su correspondencia, Mariano Rosas. 

En 1840, luego de seis años de cautiverio, Mariano se fugó de la estancia de Los Pinos aprovechando la relativa libertad de movimiento que gozaba entre los peones de su patrón y padrino. Elrecuerdo de los momentos vividos en la estancia quedó grabado a fuego en la memoria del futuro cacique. La vida en la estancia era dura, la disciplina estricta y el trabajo pesado. Sin embargo, allí completó el joven ranquel su educación, especialmente en las actividades pecuarias, habilidad altamente valorada en el mundo indígena. Por eso no extraña que conservara un agradecido recuerdo de su padrino, a quién, según reconoce ante Mansilla, debía todo “cuanto es y sabe”.Sin embargo, fue esa la última vez que pisó tierra dominada por los blancos: Mariano se juró a sí mismo no abandonar nunca más sus dominios para evitar un nuevo cautiverio. 

Y Mariano cumplió esa promesa. Fue por ese motivo que años después, ya cacique, cuando Mansilla decidió acelerar la firma del tratado de paz con los ranqueles, debió viajar él a las tolderías, pues el cacique rechazó las invitaciones que se le formularon. Esto indica también la importancia que la figura del cacique había ya adquirido. Mariano Rosas no sólo era reconocido como jefe indiscutido entre su propia gente sino también entre los cristianos, o huincas: que elcomandante de la frontera se internara sólo con una pequeña escolta hasta el corazón del territorio ranquel para discutir, de igual a igual, los términos de un tratado de paz, muestra que el poder del cacique estaba legitimado no sólo al interior de su propia sociedad sino también ante sus adversarios. 

Mariano, como se señaló, asumió la máxima conducción del cacicato en 1858, iniciándose así el capítulo mas conocido de su vida, gracias tanto a los relatos de quienes fueron sus interlocutores, como Mansilla o el capitán Martín Rivadavia, delegado de Mansilla ante los jefes ranqueles, como a la correspondencia que el cacique mantuvo con los sacerdotes franciscanos instalados en Río Cuarto y con los comandantes de fronteras. 

Siguiendo la tradición, Mariano fue reconocido por los guerreros ranqueles, los conas,apto para desempeñarse como cacique general, siendo proclamado sin objeción. Pesaban en esa elección tanto sus orígenes - pertenecía al linaje más prestigioso entre los ranqueles que ya había dado dos caciques - como sus virtudes y habilidades: su vigor y valentía, su habilidad para las tareas pecuarias, su diplomacia, su capacidad oratoria, su conocimiento del mundo blanco. Todas estas virtudes y habilidades lo colocaban en inmejorables condiciones para el mando, permitiéndole mantener el equilibrio con los dos grandes caciques ranqueles que le seguían en jerarquía: Baigorrita, que tenía sus tolderías en Poitahué, y Ramón, apodado el Platero por su habilidad en esta actividad, asentado en Quenque.

Mariano tenía claro el papel que debía cumplir ante sus indios. Aunque por haber estado entre ellos por varios años conocía muy bien la lengua castellana y las costumbres y hábitos de los cristianos, en su territorio y delante de sus indios utilizaba siempre su lengua y jamás imitó la vida de aquellos. El mismo cacique comentaba, según relata Mansilla, que los blancos habían querido hacerle una casa de ladrillos, negándose él para que sus indios no creyeran que se había vuelto cómodo, flojo e imitador de los cristianos. 

Desde su asunción como cacique, debió hacer frente a las complejas relaciones de los ranqueles con los gobiernos criollos, las que conocieron durante esos años turbulencias, idas y vueltas, negociaciones y rupturas. Los gobiernos, tanto nacional como provincial, enviaban frecuentes emisarios al territorio ranquel, algunas veces para negociar, otras para reprimir, y en muchas ocasiones para solicitar la intervención de los indios en las disputas internas en que bandos y partidos se enfrentaban por controlar el poder en el naciente estado argentino. Y se requería singular habilidad y astucia para negociar con todos sin caer en trampas de las que hubiera sido difícil salir. Recordemos que en esas negociaciones se jugaba la supervivencia de su propio mundo. 

Mariano y sus indios tenían profunda desconfianza sobre las “buenas intenciones” de los blancos. Y no les faltaban motivos. Por esa razón, cuando en el verano de 1874 se desató entre los indios una epidemia de viruela – al fin y al cabo una enfermedad de los mismos blancos - que debilitó sus fuerzas, Mariano rechazó la oferta del gobierno nacional para que abandonara sus tierras y se instalara en otras ofrecidas por el mismo gobierno. Sabía que si acataba la oferta de las autoridades, ponía en juego su libertad y la de sus indios y arriesgaba la pérdida definitiva de sus tierras. 

Negociar, pero no ceder en los aspectos esenciales parece haber sido la regla que dirigió sus negociaciones con los blancos. Quería la paz, pero no estaba dispuesto a pagar cualquier precio por ella. Esta claridad de metas parece haberlo acompañado hasta el momento de su muerte, cuya causa ignoramos. La noticia de la misma llegó hasta Buenos Aires, siendo publicada por el diario La América del Sur del 26 de agosto. Allí podemos leer: 

Muerte de un cacique. Acaba de morir el poderoso cacique de la tribu de los Ranqueles, de muerte natural, Mariano Rosas. Era una autoridad del desierto. Por su influjo, su valor y, sobre todo, por su prudencia, ha sido posible mantener la paz con él[...]”.

Sepultado con los honores de un gran cacique, su descanso fue interrumpido pocos años después, cuando las fuerzas de la Tercera División Expedicionaria al Desierto invadió el territorio ranquel. La tumba de Mariano fue profanada y por orden del propio jefe de la expedición, el coronel Eduardo Racedo, el cráneo del cacique fue retirado y enviado a Estanislao Zeballos quien, poco después lo donó al Museo de Ciencias Naturales de La Plata, en cuyas vitrinas permaneció durante 123 años. Dónde estaba la civilización y dónde la barbarie. 


Lecturas

Fernández, Jorge

1998: Historia de los Indios Ranqueles. Orígenes, elevación y caída del cacicazgo ranquelino en la Pampa Central (siglos XVIII y XIX). Buenos Aires, Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano. 

Franco, Luis

1967: Los Grandes Caciques de la Pampa. Buenos Aires, Ediciones del Candil. 

Mandrini, Raúl

1992: “Pedir con vuelta. ¿Reciprocidad diferida o mecanismo de poder?, en Antropológicas, Nueva Época, Nro. 1 (México).

Mandrini, Raúl y Sara Ortelli
1992: Volver al país de los araucanos. Buenos Aires, Sudamericana.

Mandrini, Raúl

1997:“Las fronteras y la sociedad indígena en el ámbito pampeano”, en Anuario del IEHS, 12. 1997 (Tandil).

Mansilla, Lucio V. 

1966: Una excursión a los indios ranqueles. Buenos Aires, Kapelusz (2 vols)

Mayol Laferrére, Carlos

1978: “Crónica Ranquelina de Mariano Rosas”, en Todo es Historia , 130 (Buenos Aires) 

 

[1] Alumna de la carrera de Historia en la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires. Tandil. (Tandil). Prepara su tesis de licenciatura sobre la historia del cacicato ranquel dirigida por el profesor Raúl Mandrini.