CUESTIÓN MAPUCHE,

DESCENTRALIZACIÓN DEL ESTADO
Y AUTONOMÍA REGIONAL

Por José A. Marimán

 
Tras 16 años de dictadura Chile recuperó nuevamente su democracia a comienzos de 1990. El gobierno de Patricio Aylwin creó un cuadro de garantías, de derechos y libertades políticas más favorables para la movilización de los sectores sociales y el accionar político. Esto también es válido para los indígenas -en particular en cuanto a su movilización en torno a demandas y reivindicaciones específicas-, y en general para el desarrollo de un movimiento político de carácter étnico capaz de cuestionar la situación de dominación en que se encuentra el pueblo Mapuche, principal minoría indígena del país.
Desde sus inicios el gobierno manifestó su voluntad de aportar soluciones a los problemas que enfrentan las poblaciones indígenas del país. A diferencia del régimen anterior, se consideró la participación de los sectores interesados mediante la creación de estructuras (Comisión Especial de Pueblos Indígenas) y mecanismos diversos. Pero la solución del "problema indígena" sigue siendo abordada "por" y "desde" el Estado; la participación de los indígenas está dada en el marco que el propio Estado ha definido para ello.
Como siempre, la cuestión Mapuche ha sido tratada a través de una legislación indígena (Ley 19.253 del 05/oct/'93), naturalmente que "más justa" o por lo menos más adecuada que las precedentes, pero siempre a nivel del Estado central. Así también lo entiende la mayoría de las organizaciones Mapuche e indígenas en general, quienes trataron de obtener la legislación más favorable posible de acuerdo a sus propias concepciones de la situación.
Sin embargo, la nueva Ley Indígena, por muy avanzada que sea, no resolverá el problema de dominación y subordinación del pueblo Mapuche al estado-nación chileno. Cualquiera que sea su carácter. ésta no hará más que reproducir y reformular la dependencia con respecto a la sociedad dominante, aunque pueda resolver uno u otro aspecto o paliar algunos de sus efectos. Por el contrario, si consideramos el problema en función de la superación de las causas que le dan origen y en todos los terrenos en que se manifiesta, otra vía es posible, al menos en lo que se refiere a los Mapuche. Esta pasa por la descentralización del estado (tema de bastante actualidad últimamente) y por un Estatuto de Autonomía regional para la región históricamente Mapuche (IX Región de la Araucanía).

 
 

La Cuestión Mapuche

1. La cuestión Mapuche, como "cuestión indígena", surge con la conquista chilena de la Araucanía.

La conquista de la Araucanía, entre 1862 y 1883, significó la incorporación política de la población Mapuche al estado chileno. Esta incorporación tuvo, como primer efecto, el de transformar a los Mapuche en una minoría étnica al interior de la formación social chilena. Incorporación política compulsiva, ya que se realiza a través del sometimiento militar, ella implicó, al perder el pueblo Mapuche toda autonomía y al no serle reconocido ningún derecho político -ni cultural- específico en tanto que grupo étnico diferenciado del resto de la población nacional, la transformación de los Mapuche en minoría nacional oprimida en el seno del Estado nación chileno.
La ocupación y transformación de la Araucanía en territorio de colonización significó para los Mapuche el saqueo de su ganado -hasta entonces base de la economía Mapuche- y la expoliación de las mejores y mayor parte de sus tierras -proceso este último que se prosigue hasta hoy-. Esta expoliación material, con el consiguiente relegamiento a las clases más explotadas y sectores sociales marginales, hace de los Mapuche un pueblo colonizado; es decir expoliado materialmente, explotado, marginalizado y discriminado socialmente en tanto que grupo étnico. Como esta dominación colonial se da en el marco de un Estado-nación, en donde los Mapuches tienen los mismos derechos individuales de cualquier ciudadano chileno, no es entonces una situación colonial clásica, sino que corresponde a una situación de colonialismo interno.
Con la ocupación de la Araucanía, los Mapuche dejan entonces de ser un pueblo independiente para transformarse en una minoría étnico-nacional oprimida y colonizada, sometida a un sistema de dominación global en una situación de subordinación y dependencia con respecto al Estado-nación y la sociedad dominante que se expresa en todos los ámbitos: político, económico, social, cultural e ideológico. Esta misma dependencia constituye, por su parte, uno de los principales mecanismos de reproducción y de perpetuación de la situación global de dominación y de marginalidad del grupo étnico.
La cuestión Mapuche expresa entonces un tipo de contradicción -y por lo tanto de conflicto- particular al interior de la sociedad chilena. Como problemática étnica, ella es específica; ella está ciertamente vinculada y en relación con otras problemáticas de la sociedad nacional, pero en ningún caso puede ser reducida ni subordinada a alguna de ellas. Para el Estado, la solución del "problema indígena" -es decir, del problema que representa para el Estado-nación chileno una población colonizada, étnicamente diferenciada- será, obviamente, la "integración nacional"; en otras palabras, la asimilación.

 
 

2. Pueblo invadido, conquistado y colonizado, no ha habido descolonización de los Mapuche.

La dominación política, con su corolario de medidas jurídicas a lo largo de estos cien años, desencadenó un proceso que, a través de mecanismos económicos, sociales, culturales e ideológicos, ha llevado a los Mapuche a una situación de marginalidad y de descomposición como grupo étnico. Las sucesivas "leyes indígenas" no han tenido otro objetivo que volver más eficaz la acción de estos mecanismos a fin de facilitar la asimilación y resolver así el "problema indígena". Hay que recordar, en ese sentido, que las reducciones fueron consideradas, cuando se dictó la ley de radicación, como una medida transitoria.
Sin embargo, estos mecanismos han funcionado, de manera contradictoria. Por lo general han actuado favoreciendo la asimilación étnico-nacional, pero también han contribuido a bloquearla, e incluso, en ciertos casos, a reproducir una cultura y a reforzar una identidad Mapuche.
Si desde la conquista de la Araucanía la voluntad y los esfuerzos asimiladores del Estado han sido constantes, los resultados no han sido sin embargo concluyentes. Confrontado a lógicas contradictorias -colonizar el territorio y asimilar la población Mapuche-, el Estado no se dió en ese momento los medios de una política coherente. A fin de liberar tierras para la colonización debió proceder, luego de la "pacificación", a la concentración de una buena parte de la población Mapuche en las reducciones, donde el grado de aislamiento geográfico iba a la par con el grado de aislamiento económico y social. De esta manera creó al mismo tiempo, sin proponérselo, las condiciones -concentración de la población y aislamiento cultural- para la reproducción de una cultura que seguirá siendo, a pesar de los cambios y transformaciones que experimentará como resultado de su contacto/subordinación con la sociedad dominante, una cultura específicamente Mapuche.
La asimilación cultural se vió así bloqueada, pero a qué precio: el arreduccionamiento significó la transformación de los Mapuche de ganaderos-agricultores libres en campesinos pobres, viviendo en una economía de subsistencia que los puso al margen de toda inserción económica y, por lo mismo, impidió su real integración social. La lengua y otros rasgos culturales, así como una organización social propia, la comunidad, lograron mantenerse en la sociedad Mapuche reduccional, pero a costa del retraso económico, de la marginalidad social y del éxodo rural.
En efecto, la mala calidad de la tierra dejada a los Mapuche, y parcelas demasiado pequeñas para permitir la rotación de los cultivos, han conducido al agotamiento de los suelos y a la erosión, sobre todo en la zona central de la Araucanía y en la parte occidental de la provincia de Malleco. Junto con la pérdida de la tierra y el crecimiento demográfico, ello alimenta un éxodo rural cada vez mayor, y que afecta sobre todo a los jóvenes.
Este éxodo rural ha dado como resultado el desarrollo de núcleos cada vez más importantes de población Mapuche urbana. De un punto de vista sociológico, la cuestión Mapuche no se reduce hoy, por lo tanto, a un grupo étnico exclusivamente campesino. Junto al campesinado, la población Mapuche está repartida también en los centros urbanos, lo que representa una problemática específica dentro de la problemática étnica global Mapuche, y que se expresa a través de las problemáticas étnico-sociales particulares de los grupos sociales que la componen.
Pero los sectores que emigran a las ciudades no logran tampoco una mejor inserción económica ni una mayor integración social, dificultadas por el bajo nivel de escolaridad y la falta de calificación. Relegados a los sectores más explotados -o simplemente marginales-, los Mapuche deben enfrentar, además, una discriminación racial, muchas veces solapada, pero con resultados bien reales, y que no afecta solamente a los sectores inmigrantes de origen campesino. Pues si no se puede hablar de opresión abierta de los Mapuche, esta no es, sin embargo, menos eficaz: es el propio individuo que termina por rechazar, "espontáneamente" en apariencia, su patrimonio cultural para conformarse mejor al modelo propuesto/impuesto por la sociedad dominante.
Un rasgo común a todas las minorías étnicas sometidas a una situación de discriminación y de marginalización social y económica es su dificultad para retener sus sectores más formados, de por sí ya bastante escasos. Los pocos individuos que han conseguido una preparación que les permite una mejor inserción económica o al menos una integración social más favorable,tratan de apartarse definitivamente de su grupo étnico de origen, donde el patrimonio cultural les aparece asociado a la miseria y marginación que conocieron cuando niños, y a la discriminación a la que están expuestos incluso en sus mejores condiciones actuales. Ahora bien, ningún grupo social, y en particular ningún grupo étnico oprimido, está en condiciones de modificar su situación si no puede contar con los sectores que han logrado una mejor formación, y que están por lo tanto en condiciones de romper la dependencia técnico-intelectual estructural con respecto al grupo dominante.

 
 

3. Las condiciones que permitieron a la cultura Mapuche sobrevivir luego de la conquista chilena ya no existen o están en crisis.

A través de las usurpaciones, las ventas y los "arrendamientos", la colonización del territorio Mapuche prosigue. Ciertas zonas que tenían una población exclusiva o al menos mayoritariamente Mapuche, se encuentran progresivamente colonizadas por chilenos; en contrapartida, se encuentran cada vez más Mapuche en las ciudades y fuera de la región, en donde su condición minoritaria se acentúa, pero esta vez agravada por la dispersión y el aislamiento socio-cultural.
En efecto, el éxodo rural es también migración regional, pues se deja el campo, pero cada vez más la región, para ir a Santiago. Junto con la pérdida de la tierra, la región se vacía de su población Mapuche, tendiendo a desaparecer así el espacio territorial en el cual los Mapuche se desarrollaron históricamente como pueblo libre e independiente, y en el cual pudieron reproducir su cultura incluso después de la "pacificación". Poco a poco, los Mapuche se van transformando en minoría en su propia tierra.
Por otra parte, las rutas y las escuelas han roto el aislamiento geográfico y cultural: sólo quedan la pobreza y la marginalidad. Si en un primer momento la lengua y la cultura Mapuche fueron excluidas de toda posición de poder y relegadas en esos reductos periféricos que constituyen las reducciones, son hoy esos propios reductos que son tocados por la lógica de la evolución económica -ayudada por medidas políticas- y dislocados desde el interior.
En este contexto, un repliegue en la cultura tradicional no es mas que una ilusión. Cultura de pobreza y marginalidad, la recuperación y recreación de la cultura Mapuche no puede hacerse tratando de conservarla intacta, ni como una mera expresión folklórica, carente de contenido, sino sólo enriqueciéndola: una cultura Mapuche que no sea marginalizada, ya no será la misma cultura Mapuche actual.
La ciudad tampoco ofrece un espacio para el desarrollo de la cultura Mapuche. Los Mapuche que dejan el campo no enseñan la lengua a sus hijos, pues en la ciudad ésta ya no tiene ninguna utilidad social. Así, la lengua se pierde en el medio urbano desde la segunda generación. Relegada al ámbito rural y doméstico, ella sobrevive aún en el campo, pero, ¿por cuanto tiempo todavía? Incluso allí el mantenimiento de la lengua es, muchas veces, considerado un obstáculo para la integración social, razón por la cual los padres no enseñan el mapudungun a sus hijos, considerando que es preferible la salida de un ghetto sociológico al mantenimiento de una personalidad cultural fácilmente asimilable al estancamiento, y que podría, además, constituir una fuente suplementaria de discriminación.
En esas condiciones, la enseñanza del mapudungun en la escuela o cualquier otra medida del mismo tipo tampoco podrían nada si la lengua no dispone de su lugar -todo su lugar, y el más valorizante posible- en el funcionamiento de la sociedad regional. Pero, sobre todo, es necesario que los propios Mapuche tengan la voluntad de defender su patrimonio cultural: ello sólo ocurrirá si la conservación y desarrollo de la lengua van relacionados con la promoción social y el desarrollo económico del grupo étnico. La cultura y lengua Mapuche sólo podrán reproducirse y desarrollarse sobre una base regional -y comprendido, por lo tanto, en los centros urbanos-, y asociadas a todas las demás condiciones que permitan el desarrollo integral de la etnia.

 
 

El Movimiento Mapuche

El movimiento Mapuche, como expresión de una acción organizada del grupo étnico al interior de la sociedad chilena, surge -por lo tanto- después de la ocupación de la Araucanía, durante las primeras décadas del presente siglo. En él se han expresado posiciones diversas, desde aquellas que han privilegiado las tesis asimilacionistas e integracionistas, hasta las culturalistas e indianistas.
En lo orgánico, el tipo de organización Mapuche más característico ha sido la organización gremial de carácter étnico, campesinista y basada en las comunidades, que se presenta como representativa del pueblo Mapuche, o al menos aspira a serlo. Junto a ella, se han desarrollado organizaciones de frente (estudiantes, mujeres); profesionales (profesores, etc.); económicas, en particular cooperativas; asociaciones culturales, artísticas, sociales u otras; y sociedades especializadas (las "instituciones").
La organización étnico-gremial Mapuche se caracteriza, en lo estructural, por surgir al favor de un ciclo de movilización Mapuche y en torno a una problemática puntual. Incapaz de acumular fuerzas más allá de la coyuntura, desaparece cuando termina el ciclo de movilización que le dió origen. La crisis actual de las organizaciones Mapuche surgidas en el período de la dictadura no hace más que expresar el agotamiento del ciclo de movilización y organización Mapuche abierto en 1978.
En lo estratégico, ella se ha caracterizado por una política reformista que ha buscado resolver la miseria material y la marginalidad social sin superar la situación de colonialismo interno que le da origen, por tratar de resistir a la política asimilacionista del Estado-nación chileno sin superar, mediante la obtención de derechos políticos específicos en tanto que minoría étnica, la condición de minoría nacional oprimida del pueblo Mapuche. Las organizaciones étnico-gremiales Mapuche se han limitado a actuar como grupos de presión, buscando la mediación de instituciones estado-nacionales -en particular partidos e iglesias- en la perspectiva de que intercedan ante el Estado a fin de obtener medidas en favor del grupo étnico, sobre todo a través de una legislación indígena protectora.
En lo político, las organizaciones Mapuche se han caracterizado por su dependencia y subordinación política e ideológica con respecto a la sociedad dominante -dependencia que se inscribe, en última instancia, dentro de la dependencia global del grupo étnico Mapuche con respecto al Estado-nación chileno-, delegando la conducción de las luchas Mapuche en los partidos chilenos, en el entendido de que deben ser ellos los que busquen las soluciones a los problemas de la etnia. Junto con llevar a que sean los partidos chilenos quienes definan las políticas de las organizaciones Mapuche, en función de los intereses de los grupos que representan y de sus prioridades y opciones políticas nacionales, ello ha bloqueado toda posibilidad de definir un proyecto político propio, susceptible de permitir una acumulación de fuerzas más allá de la coyuntura.
Un ejemplo ilustrativo reciente lo constituye el caso de Ad Mapu. Durante algunos años única organización Mapuche bajo la dictadura, Ad Mapu surgió para organizar una respuesta Mapuche a la aplicación del decreto ley 2568, alcanzando un desarrollo no despreciable y una capacidad de movilización y convocatoria considerables, sobre todo si se considera las condiciones de represión que debió enfrentar. Sectores importantes del pueblo Mapuche reconocieron en ella su organización representativa; de ella nacieron, una tras otra, las diversas organizaciones que hoy existen.
Típica organización gremial politizada, sus opciones políticas siempre estuvieron determinadas por las correlaciones de fuerza y las alianzas que se expresaban en su dirección. Si en sus orígenes se expresaba en ella todo el arco opositor nacional -y comprendida la Iglesia Católica-, Ad Mapu se transforma, luego de sucesivos quiebres, en la expresión de diversos partidos de izquierda -los que determinan la composición de la dirección y definen las orientaciones de la organización en función de sus políticas y alianzas nacionales-, para terminar, finalmente, hegemonizada en la actualidad ya prácticamente sin contrapeso por el Partido Comunista.
Su falta de independencia política e ideológica en relación a los referentes políticos chilenos, y la consiguiente ausencia de proyecto político propio, terminaron hipotecando definitivamente toda posibilidad para Ad Mapu de convertirse en un instrumento de acumulación de fuerza Mapuche. Sus intentos por definir un "Proyecto Histórico del Pueblo Mapuche", manteniendo al mismo tiempo esta dependencia, fue una contradicción que nunca logro superar: a pesar de los plazos bastante precisos fijados en el III Congreso de 1983 -seis meses- para que la Directiva Nacional elaborara un documento al respecto, hoy día nadie sabe aún en que podría consistir tal proyecto.
Las demás organizaciones surgidas posteriormente reproducirán, por lo general, esta dependencia, aunque en relación a otros referentes. Así por ejemplo Nehuen Mapu, quien se definía en sus orígenes como una organización "independiente", "pluralista" y "unitaria", termina siendo, rápidamente, la expresión política Mapuche de la Democracia Cristiana.
La dependencia política e ideológica Mapuche se expresa también a nivel del compromiso político individual. Ella ha significado, a través de la militancia en los partidos chilenos, una dispersión constante de los cuadros mejor formados, quienes no sólo se restan así a una acción política propia de su pueblo, sino que, frecuentemente, se transforman en agentes de los partidos estado-nacionales en el manejo del movimiento Mapuche.
No se trata, por cierto, de negarse a toda relación con las fuerzas políticas nacionales, ni de aislarse en una actitud de repliegue en el grupo étnico. Este, a fin de cuentas, está de todas maneras incorporado a la sociedad chilena, y participa de lo que es la problemática nacional. Pretender ignorarlo sería un idealismo cuyo único resultado sería la impotencia y la marginalidad política.
Pero si los acuerdos con partidos nacionales son necesarios, la experiencia prueba que la iniciativa y conducción de la lucha por los derechos de la etnia no puede ser dejadas a éstos, sino que deben ser asumidas esencialmente por fuerzas nacionalitarias. Todo partido estado-nacional es, en definitiva, una instancia de poder del Estado-nación, y encarna y es portador, en mayor o menor grado, de la ideología nacional dominante: junto con el centralismo, el nacionalismo encuentra defensores tanto a derecha como a izquierda. El ignorarlo ha sido otra forma de idealismo, que ha llevado a las mayores desilusiones.
Un caso aparte lo constituye el Partido de la Tierra y de la Identidad (PTI), quien surge con el objetivo de constituir una fuerza política indígena autónoma de los referentes políticos chilenos. Pero si bien su independencia política e ideológica comporta sin duda un avance, su adhesión al indianismo constituye un retroceso.
Esto no tan sólo por lo confuso de tal ideología, construida sobre la base de mistificaciones y discursos estereotipados, sino sobre todo porque, a través de esto, el PTI se define como partido indio, y no como partido Mapuche. Ahora bien, el indio es una categoría social supra-étnica, que designa a la población aborigen colonizada, y no una categoría étnico-cultural . No existe un pueblo indio, ni una cultura india, ni una lengua india, pero si un pueblo, una cultura y una lengua Mapuche. En este aspecto, el indianismo contribuye a entorpecer el reforzamiento de la identidad étnica Mapuche, fundamento de la capacidad de movilización de la etnia.
Por ahora, en el actual marco político, las diversas organizaciones Mapuche tienen como interlocutor a un Estado "negociador", susceptible de dar cabida a demandas que no son forzosamente contradictorias con lo que son las propias concepciones de los equipos gobernantes para resolver el "problema indígena". En esa medida, la nueva situación política es -sin duda- favorable para que estos grupos continúen haciendo sus apuestas en dirección a la política superestructural, (participación, por ejemplo, en el Consejo Especial de Pueblos indígenas propuesto por la Concertación por la Democracia), sin que puedan, mediante esa estrategia, acumular la fuerza necesaria para, al menos, negociar eficazmente.
Al contrario, su actual carencia de base de apoyo -como lo refleja los resultados electorales de las elecciones parlamentarias- los vuelve extremadamente frágiles frente al poder, dependiendo más su participación de la buena voluntad del gobierno que de su representatividad real. Sus posibilidades de incidir en la definición de las políticas estatales hacia los grupos indígenas son, por lo mismo, bastante reducidas.

 
 

La Autonomía Regional

Si bien el problema Mapuche es una cuestión nacional, puesto que se da en el marco del Estado-nación chileno, su solución sólo puede darse en un marco regional, allí donde está concentrada -en su territorio histórico- la población Mapuche. Ninguna legislación indígena es susceptible de crear, a nivel de un Estado centralizado, las condiciones de plena igualdad para las poblaciones indígenas con la población chilena. Estas sólo pueden ser aseguradas a nivel de los territorios de concentración y presencia histórica de cada etnia -y no en el territorio nacional en su conjunto- y mediante estatutos de autonomía regional que garanticen allí, políticamente, los derechos específicos, en tanto que minoría nacional, de cada grupo étnico.
En lugar de una legislación indígena, es necesario entonces que el Estado reconozca constitucionalmente el carácter pluriétnico del país, así como el reconocimiento y la garantía constitucional del derecho de los pueblos indígenas, hoy colonizados y dominados, a la autonomía. La autonomía, como proyecto de liberación del pueblo Mapuche, no se limita entonces a la reivindicación de una simple autonomía cultural, sin base territorial ni derechos políticos: ella es una autonomía territorial política del pueblo Mapuche.
Desde un punto de vista histórico, la autonomía responde a la conquista de la Araucanía y a la incorporación política de los Mapuche al Estado-nación chileno. Como proyecto de liberación, la autonomía Mapuche es una respuesta global a una situación de dominación global. La autonomía representa la superación de la condición de minoría nacional oprimida y de pueblo colonizado de los Mapuche; ella se encuentra, en esa medida, en oposición absoluta a la asimilación étnico-nacional buscada históricamente por el Estado-nación chileno como medio para resolver la cuestión Mapuche. La autonomía territorial política del pueblo Mapuche significa un Estatuto de Autonomía regional que garantice políticamente, en un espacio territorial, todas las condiciones políticas, económico-materiales, sociales, culturales e ideológicas para el pleno desarrollo de la etnia y su cultura .
La autonomía territorial Mapuche, es decir el derecho a un territorio donde poder existir como pueblo y desarrollar su cultura, es la primera condición para una autonomía Mapuche. Esta Región Autónoma debe tener como base territorial, en consideración de la concentración de población Mapuche en lo que fue el espacio histórico de vida independiente Mapuche hasta la conquista chilena, a la actual región de la Araucanía, más algunas zonas adyacentes. Es allí y no a nivel nacional que el pueblo Mapuche puede recrear su cultura y desarrollarse como pueblo. El pueblo Mapuche tiene un derecho histórico sobre este territorio -base material de su existencia histórica- que sólo le ha sido usurpado por la violencia y la fuerza de la conquista militar. El Estatuto de Autonomía regional debe reconocer ese derecho, en particular en lo referente a la posesión de la tierra y recursos naturales, íntimamente ligados a la existencia de la etnia Mapuche y su cultura .
La autonomía política regional deberá expresarse a través de una Asamblea Regional, elegida democráticamente por toda la población de la región a través de un sistema proporcional integral que garantice la representación de todos los sectores de la sociedad regional y con poderes reales sobre todos los aspectos que conciernen directamente a la región, y por un Gobierno Regional emanado de dicha Asamblea.
Un Estatuto de Autonomía regional debe tomar en cuenta la realidad pluri-étnica de la región. La autonomía Mapuche como proyecto político no está dirigida contra la población chilena, en tanto que tal, de la región. Al contrario, un Estatuto de Autonomía regional debe ir en beneficio del conjunto de la población, permitiendo un desarrollo regional más armónico y en función de los intereses de la población local. Hasta la fecha, el centralismo del Estado no ha hecho mas que penalizar y distorsionar el desarrollo regional. La autonomía regional no puede ser sino una autonomía regional pluri-étnica de una región Mapuche, con derechos garantizados para todos los grupos que componen la población regional.
Pero el carácter Mapuche de la región debe quedar claramente establecido. Cuando decimos que este Estatuto de Autonomía regional debe garantizar todas las condiciones para el pleno desarrollo de la etnia y su cultura, esto significa derechos para el pueblo Mapuche sin los cuales una autonomía regional no tendría mayor sentido. Estos derechos deben traducirse en disposiciones que deben ser parte integrante del propio Estatuto de Autonomía regional.
Estas disposiciones deben garantizar al pueblo Mapuche, en primer lugar, el derecho a los recursos naturales, en particular la tierra, mediante la creación de mecanismos que permitan la devolución masiva de tierras expoliadas a partir de la conquista chilena; a la preservación del medio ecológico; a los beneficios de explotación; a vivir y poder trabajar en la región, reglamentándose a efectos de incitar y dar prioridad a la contratación local -y comprendida la de los Mapuche emigrados- y evitar la emigración; a la protección del mercado; a la lengua, mediante la oficialización regional -al mismo título que el castellano- del mapudungun -lengua propia del pueblo Mapuche y de la región-, de su utilización en los medios de difusión de masa y de su incorporación al sistema educacional regional mediante una educación bilingüe intercultural.
Es por eso que, para el pueblo Mapuche, no se trata solamente de la obtención de una autonomía regional. Podría darse perfectamente la situación de una región con una Asamblea y Gobierno regionales, en el marco de un estado democrático y descentralizado, sin que la situación de dominación y colonización del pueblo Mapuche sea resuelta. Lo importante es que, más allá de la autonomía regional, el Estatuto de Autonomía garantice estos derechos históricos y el carácter Mapuche de la región. Sólo en este caso podrá hablarse realmente de autonomía territorial política del pueblo Mapuche.
El problema Mapuche es por lo tanto político, pero no en el sentido que deba ser solucionado "por" el Estado o "desde" el Estado, con políticas "para" los Mapuche o incluso "con" los Mapuche, sino que por los propios Mapuche. Ello implica una estrategia de acumulación de fuerza propia a través de la construcción de una fuerza nacionalitaria autonomista, política e ideológicamente independiente de los referentes chilenos.
Como proyecto político de emancipación étnica, la autonomía debe involucrar, en función de sus propias problemáticas étnico-sociales específicas y mediante el reforzamiento de la identidad étnica y del desarrollo de una conciencia nacionalitaria, al conjunto de los sectores sociales que componen el pueblo Mapuche. Debe responder, por ende, tanto a las aspiraciones de la base campesina como de los sectores urbanos (trabajadores, estudiantes y profesionales). Ello constituye la única garantía de una real acumulación de fuerza, tanto cuantitativa como cualitativa.
La autonomía regional no se limita a la democratización y descentralización del Estado, ni mucho menos es una simple regionalización. La regionalización es funcional a las necesidades de descentralización administrativa del Estado; no significa necesariamente una transferencia de poderes del Estado a la región, ni menos la consideración de las particularidades étnicas regionales. Pero, por otra parte, la autonomía regional implica la democratización y la descentralización del Estado. Más aún, la autonomía regional significa una profundización de la democracia, puesto que acerca los niveles de toma de decisión a los ciudadanos, permitiendo, de ese modo, una participación política más efectiva.
La democratización de las comunas, con las atribuciones que ya tienen en la actualidad, puede hacer de ellas un verdadero instrumento de poder local . Junto con una Asamblea Regional -aunque esta tuviese, en el contexto de una regionalización, poderes limitados-, proporcionarían el marco para la reivindicación autonomista y serían un terreno para la acumulación de fuerzas. Es acumulando fuerzas en la región que permitirá negociar eficazmente con el Estado. Ganar posiciones en las comunas y en los poderes regionales de las zonas Mapuche es más importante que tener uno o dos diputados en el Congreso Nacional, si estos no están respaldados por una real fuerza a nivel local.
No se trata de desconocer la historia. El pueblo Mapuche fue incorporado por la fuerza de las armas al Estado chileno, perdiendo su independencia con la conquista de la Araucanía, y no podemos ignorar esa realidad. Pero al igual que la superación de 16 años de dictadura mediante la construcción de una sociedad democrática no puede hacerse sino sobre la base de la realidad dejada por el régimen militar -lo cual impide hablar de una simple vuelta al pasado-, para los Mapuche se trata de superar más de un siglo de dominación y colonización, de miseria, discriminación, marginalidad y negación de nuestra identidad en nuestra propia tierra.
Para los autonomistas Mapuche no se trata solamente de la construcción de un Estado democrático, sino que del cuestionamiento de toda una tradición de estado centralista y asimilacionista. Cuando el objetivo declarado del gobierno de la Concertación y de todas las fuerzas que lucharon contra la dictadura militar es la construcción de una sociedad democrática, es necesario recordar que, en un país pluri-étnico como Chile, esta sociedad democrática sólo será verdaderamente pluralista en la medida que acepte esta diversidad.
Esto significa el reconocimiento a cada etnia del país de un derecho igual a existir como pueblo, con su propia lengua, cultura y organización social.