"No queremos que nos den una mano,
queremos que nos quiten las manos de encima"
La ola de fuertes movilizaciones llevadas a cabo por comunidades mapuches en el sur de Chile, bajo la conducción de la hasta hace poco desconocida Coordinadora de Comunidades en Conflicto Arauco-Malleco, no ha dejado a nadie indiferente. Menos aun cuando tanto el gobierno central como los sectores empresariales trasnacionales que ven amenazados sus intereses en dicha zona plantean una posible infiltración de grupos de ultraizquierda en el accionar de las comunidades. Hasta el momento, los dardos y las investigaciones apuntan en dirección al Ejército Guerrillero de los Pobres- Patria Libre, grupo armado formado en marzo del año 1992 producto de la unión del Mapu-Lautaro y de una fracción del MIR (Coordinadora Subversiva), quienes entre sus múltiples planteamientos reivindicaban también la lucha del pueblo mapuche. "En nuestros planes un elemento fundamental es la resistencia indígena en torno a los 500 años. Esta no es una coyuntura más del pueblo mapuche, es decisiva ya que permitira vislumbrar si efectivamente el pueblo mapuche es capaz de generar su propia vanguardia…" explicaba Alejandro Montenegro (MIR) en una entrevista de la época. Lo cierto es que el EGP-PL nunca pudo lograr un trabajo concreto con las comunidades indígenas, desapareciendo sin pena ni gloria poco tiempo más tarde. ¿Por qué el gobierno y los empresarios se empeñan en la tesis del EGP-PL inmerso en las comunidades?. Existen dos respuestas posibles: la primera es que el gobierno, a sabiendas de que la supuesta inflitración subversiva no existe, pretenda deslegitimar ante la opinión pública las justas causas de los hermanos mapuches. Para Pedro Cayuqueo, dirigente de la Coordinadora de Comunidades en Conflicto, la vinculación que se hace de ellos con grupos de ultraizquierda persigue sólo eso, deslegitimar una lucha justa y necesaria, aunque también agrega que "en el fondo el discurso del gobierno también viene a demostrar una vez más que el racismo y la discriminación del huinka para con nuestra gente no ha desaparecido. Ellos no conciben que los mapuches seamos capaces de organizarnos y pelear por nosotros mismos, es decir sin tener que responder a tal o cual estructura o partido político, los cuales por lo demás históricamente solo nos han utilizado". La segunda respuesta posible tiene que ver con la posibilidad de que el gobierno y los sectores empresariales de verdad crean que el EGP-PL está inmerso en las comunidades. Esto, además de reflejar signos evidentes de racismo, reflejaría también un desconocimiento total de lo que ha sido históricamente la relación entre los indígenas y los grupos guerrilleros de izquierda. Para aclarar un poco esto entremos en materia.
Por muchas simpatías que la lucha guerrillera pudiera despertar en los sectores oprimidos y explotados de la sociedad, su actuación no siempre ha sido beneficiosa. Esto es algo que pareciera tener claro la nueva generación de líderes indígenas en general y mapuches en particular. En el caso de los pueblos indígenas que se han visto involucrados en procesos armados, un riguroso análisis nos permite descubrir que la acción guerrillera desencadenó una lógica de violencia que en no pocas oportunidades paralizó importantes transformaciones sociales que se estaban desarrollando en el seno de las comunidades. Por lo general, la oligarquía aprovechó la ocasión para desencadenar una represión despiadada y reforzar asi su dominio sobre los olvidados de siempre. En muchos casos, las comunidades indígenas pasaron a quedar encerradas entre dos fuegos: el de las fuerzas oligárquicas y el de la propia guerrilla. A duras penas, un sector de la izquierda revolucionaria va reconociendo hoy el error de haber ignorado completamente la dinámica social de las comunidades indígenas, su cultura y su particular forma de ver la vida. La guerrilla zapatista de Chiapas, con su aire fresco y renovado, es un claro ejemplo de aquello. El otro sector, más dogmático por cierto, aun se niega aceptar que el estrepitoso fracaso de las variadas experiencias armadas en latinoamerica tiene como principal causa la ceguera ante la cultura y las reivindicaciones de las poblaciones indígenas por parte de los revolucionarios. No deja de ser significativo que las llamadas "luchas de liberación nacional" en Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Colombia, Perú y Bolivia ignorasen a aquellos que conformaban precisamente la mayor parte de la población.
La ciega guerrilla de Latinoamerica
"El sueño guevarista nació en Guatemala, pero allí el Che no vio a los indígenas" afirma el sociólogo francés Yvon Le Bot al comienzo de un estudio titulado La Guerra en Tierra Maya (Edición Karthala. Paris, 1992) obra indispensable para determinar la responsabilidad de la guerrilla en el desencadenamiento de la violencia política en el seno de las comunidades indígenas de Latinoamerica. La referencia al Che no es casual, ya que tampoco más tarde en Bolivia vio a los indígenas. El estudio es capital ya que demuestra una vez más que la dimensión excepcional de la violencia en contra de las comunidades indígenas no sólo ha sido obra de los poderes oligárquicos, sino también de los actores opuestos a ese poder, pero exógenos a las comunidades: la guerrilla.
América es un continente ancestralmente indígena y de anacronismos históricos, influencia que determinó la forma de actuar de las fuerzas enfrentadas a partir de la década de los sesenta: por un lado, la oligarquía heredera de la codicia y el racismo de los conquistadores europeos, con su brazo armado el Ejército, reacia a todo cambio social, buscó seguir manteniendo la relación amo/esclavo con las poblaciones indígenas. Y por otro lado, los movimientos de izquierda que le disputaban el poder y luchaban por un cambio radical que sólo veían posible a través de la lucha armada siguiendo el modelo cubano y la posterior implantación de un régimen inspirado en el modelo social marxista. La fidelidad a estos modelos les impidió a algunos revolucionarios del continente llevar a buen término sus campañas. La fuerzas revolucionarias, que se supone deberían haber sido motor de modernidad, obedecieron a un modelo anacrónico cuya acción representó un retroceso tanto cultural como político y produjo una falla insalvable: aquellos llamados a ser los futuros líderes políticos de los explotados en Latinoamerica, producto de la modernización cultural y política iniciada en los años sesenta, yacen hoy bajo tierra. El derroche de esas valiosas vidas a permitido, en cambio, que el lugar se mantenga ocupado por patriarcas obsoletos o politiqueros faltos de visión, formados en los antros del tradicionalismo izquierdista más arcaico.
La ceguera ante el mundo indígena mencionada en el guerrillero heróico de nuestra América Morena actúa como metáfora para ilustrar un hecho que fue común en todos los revolucionarios. En los hechos, cuando tomaron en cuenta a las comunidades no fue porque vieron la especificidad de un pueblo y de una cultura, sino futuros soldados, carne de cañón para engrosar el ejército rebelde con el cual se apoderarían del aparato del Estado. Esto se comprueba observando de que tanto del lado de la guerrilla como del ejército, los muertos en su mayoría fueron indígenas. En muchas partes del continente la historia se repitió trágicamente. Nicaragua, El Salvador, Guatemala. En los años sesenta, en el Perú, la guerrilla liderada por Hugo Blanco sustentó su acción en lo que se llamó "la propaganda armada". Esta consistía en hacer irrupciones rápidas en las aldeas para "politizar" a las comunidades indígenas, luego la guerrilla desaparecía en las zonas montañosas para evitar el enfrentamiento con el ejército, que al llegar a las aldeas masacraba a los indígenas, ya que se volvían sospechosos de activismo o complicidad. Esta experiencia fue muy discutida en los círculos guerrilleros de La Habana, lo que no impidió que se repitiera una y otra vez. Pareciera que la inexistencia de una memoria histórica es una constante en el campo revolucionario latinoamericano, hasta tal punto que parece haberse convertido en una vocación productora de tragedias.
Es de gran importancia hacer notar que la aceptación de la guerrilla en el seno de esas mismas comunidades indígenas que en épocas anteriores se habían mostrado reacias a movimientos exógenos a ellas, se debió principalmente al aumento de la opresión y explotación por parte del ladino, que ante la incipiente reconstrucción indígena de su capacidad de resistencia irrumpió con toda la fuerza y la crueldad de la que son capaces los usurpadores ante el terror de perder lo que no les pertenece. En muchos casos la integración a la guerrilla significó para las comunidades indígenas un último recurso ante la violencia de los Estados nacionales, jugando un papel importantísimo en este encuentro la Teología de la Liberación, el mediador religioso necesario para toda acción en la cosmovisión indígena. Para las comunidades, el objetivo de la lucha era la emancipación como culturas y pueblos; para la guerrilla, el de canalizar esos objetivos comunitarios al servicio de un proyecto de Estado. Apoyándonos en Le Bot, "nada más alegado de la comunidad indígena que la lógica de la guerrilla, hija del jacobinismo del Siglo de las Luches, aspirante a un Estado centralizado para quienes las luchas indígenas son meras luchas sociales, que sólo tienen cabida en el marco de la lucha de clases". Y si bien a veces les concedieron legitimidad a las aspiraciones culturales indígenas, fue una actitud puramente instrumental y táctica, subordinada a la teoría de la vanguardia leninista que para estos grupos es la única detentora del sentido de la Historia. Asi, la complejidad de la situación en Latinoamérica exigía que se plantearan no sólo reformas de tipo social relacionadas con la tenencia de la tierra, sino también una profunda reforma de los Estados coloniales que rigen los destinos de latinoamerica desde la emancipación del yugo hispano y que no representan sino a una minoría. Estados que tal como lo plantean los guerrilleros zapatistas, deberían ser pluriétnicos y pluriculturales.
Al finalizar esta parte, surge la pregunta del por qué de esta nefasta ceguera revolucionaria. La respuesta pareciera estar en el despotismo histórico de los ilustrados occidentales y su prepotencia de ser los únicos, civilizados, racionales y verdaderos. Precisamente esas pretenciones llevaron a la utopía de occidente, el socialismo, a cometer los mismos errores del sistema al cual se suponía cuestionaba. Los socialismos históricos fueron tan pragmáticos, dogmáticos y autoritarios que se olvidaron del objeto de su lucha: la emancipación del hombre. Llegaron a extremos inconcebibles para un sistema que planteaba la única alternativa de vida, negando la posibilidad de tener una historia personal, sacrificando la diversidad cultural en aras del socialismo. En palabras de Galeano, "fueron tan racionales que olvidaron ser la utopía", acabando así con las esperanzas de muchos y destruyendo lo que en verdad puso ser el nuevo orden internacional. Y no podía esperarse que fuese de diferente forma, pues el socialismo histórico tiene el mismo origen que el capitalismo: ambos son producto del racionalismo de Occidente. Racionalismo que nace de la nefasta unión entre la lógica y la razón griega, con el derecho romano y la sacra verdad judeocristiana. De allí nace Occidente, el racional, verdadero y justo, bajo cuyos argumentos invade tierras y niega culturas desde hace ya 508 años.
Los indígenas y la busqueda del camino propio
"Las malas experiencias acumuladas durante años de trabajar con partidos políticos de izquierda, incluida la izquierda armada o revolucionaria en décadas pasadas, nos ha demostrado a las nuevas generaciones de mapuches que la lucha por nuestra liberación como pueblo debe ser conducida por nosotros mismos. Es hora de que confiemos en nuestras propias fuerzas y para ello es vital recuperar y fortalecer nuestra cultura ancestral, nuestra lengua, nuestra religiosidad, nuestras tradiciones, es decir, el sustento ideológico que nutrirá el día de mañana nuestra lucha", nos dice Pedro Cayuqueo, dirigente de la combativa Coordinadora de Comunidades en Conflicto. El fenómeno, por cierto, no es sólo observable en los mapuches. Desde la desvergonzada celebración por parte de las oligarquías del Quinto Centenario y el alzamiento de la guerrilla zapatista en el sureste mexicano, nuevos aires de insurgencia se venían estrenando entre las comunidades indígenas de latinomerica. No hemos podido ser conquistados gritan con orgullo hoy los navajos y lakotas en EE.UU, los zapatistas en México, los quechuas en Perú, los guaranies en Paraguay, los Yanomami en Brasil y los mapuches en Chile. Indio porfiado dijeron los conquistadores hace 500 años; indio porfiado repite hoy el blanco empresario, militar o religioso, sin comprender que el porfiado no es quien resiste, sino quien insiste. América indígena hoy busca nuevas formas de resistencia en lo más profundo de su pensamiento filosófico, pensamiento mágico que transforma paradigmas y relativiza verdades absolutas, cuestionando desde la práctica teorías y modelos importados. Nadie se atrevería hoy a afirmar que América es una copia de Occidente, ni siquiera una mala copia. Son pueblos, muchos pueblos y culturas que tienen elementos propios para inventar su filosofía y construir en el presente un camino para sus luchas. "Es hora de dejar el esceptisismo, romper el culto sagrado a la verdad Occidental y dedicarse a observar esas prácticas cotidianas de los pueblos olvidados del continente. No olvidemos que algo huele mal cuando se pretende portar la verdad absoluta" escribe el subcomandante Marcos en uno de sus comunicados. Hoy, para muchos intelectuales es una herejía el afirmar que en América existe un modo de filosofar : el culto rendido por los pensadores no indígenas a la cultura occidental es el obstáculo más grande que existe para iniciar un estudio serio sobre las formas propias del pensamiento que subsisten en nuestros pueblos. El miedo por perder la razón y la objetividad científica mantienen atados a estos pensadores a esquemas externos; es muy común analizar las culturas indígenas desde la hermenéutica, la fenomenología, la dialéctica, etc. Nada más contradictorio que este ejercicio de mirar con mentalidad occidental la creación filosófica y cultural de nuestros pueblos.
De alguna forma la historia comienza una vez más el terrible y eterno retorno que planteara Nietzsche. La supuesta caida de la utopia socialista marca el fin del camino para las sociedades no indígenas, pero este eterno retorno no es idéntico a su pasado, en eso Nietzsche se equivoca. El nuevo orden internacional neoliberal si es un retorno, pero uno diferente: los Pueblos antes marginados y olvidados, ausentes como protagonistas de la historia, no han sido estáticos en el tiempo. Nuestros pueblos, a pesar de los intentos homogenizantes que desde hace 508 años se vienen implementando en su contra, no han podido ser plegados en su totalidad a la cultura occidental. De tiempos milenarios han desarrollado formas de resistencia ya sean violentas o pacificas que demuestran la existencia de un ser que se niega a unificarse. "El desafio es poder construir un sistema social basado en las milenarias formas de asociación, organización y producción de nuestros Pueblos, alejado de cualquier forma de autoritarismo, respetando al hombre como ser individual y social, superando de una vez los desgastados modelos socialistas occidentales. Eso es lo que nos permitirá salir de ese anillo del eterno retorno y superar así la propuesta de este nefasto nuevo orden mundial", se lee en un artículo del Colectivo Alas de Xue de Colombia. Aunque el gobierno chileno quizás no lo crea, son jóvenes indígenas y no "guerrilleros ultraizquierdistas infiltrados" quienes escribieron esas bellas y refrescantes palabras.