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ROCINANTE
Arte Cultura Sociedad
AñoIII No. 14
Diciembre 1999
 
Y se hizo la luz en Romopulli
  José Miguel Varas



 

El interruptor estaba instalado al lado afuera de la escuela. Un interruptor pequeño, vulgar, como los que Ud. o yo tenemos en casa. Se diría que su aspecto no correspondía a su trascendencia.

De todos modos, el Intendente de la 9º Región, Oscar Eltit le dio cierta solemnidad al pequeño gesto de hacerlo funcionar. Y se hizo la luz en Romopulli, una Pequeña comunidad mapuche en la región del maravilloso lago Budi, no demasiado lejos de Puerto Saavedra.

Bordeando el fin del siglo XX y del milenio, había llegado por fin la luz eléctrica a las modestísimas casas de la reducción.

En su discurso, el Intendente destacó la importancia del hecho. Llegaba a su término una larga era de oscuridad. El progreso llegaba por fin a esta zona tan alejada de las ciudades donde transcurre el desarrollo y donde ofician las autoridades. La luz eléctrica significaba el fin de muchas angustias: no más incendios provocados por velas volcadas, no mis angustias en medio de la noche

cuando un niño llora de dolor o arde de fiebre, sin que se pueda ni siquiera ver lo que marca el termómetro. El orador hizo notar que no cualquier gobierno es capaz de producir este tipo de mejoramiento de las condiciones de vida. El actual es el primero que prometió llevar la luz a Romopulli. Y cumplió. Esto no se puede negar. Por eso, al votar el 12 de diciembre por un nuevo Presidente, no hay que equivocarse. Cada ciudadano debe, con absoluta libertad, en la intimidad de su conciencia, decidir según su pensamiento y su experiencia, sabiendo sopesar bien qué conviene más al pueblo, a su comunidad y al país.

Sentados sobre largas bancas de palo, los lonkos de la comunidad y, en primera fila, las machis escucharon impasibles el discurso y al final aplaudieron. También aplaudieron los demás vecinos del lugar y, con notable entusiasmo, los funcionarios de la JUNAEB, INDAP y la CONADI, del ministerio de Educación y de otros servicios estatales y municipales, nacionales, regionales y locales, que hablan llegado por primera vez hasta esta apartada localidad en una flota de autos y camionetas desde Temuco, Puerto Saavedra y otros centros administrativos de la región.

El Intendente habló desde un escenario portátil instalado especialmente para la ceremonia, con su correspondiente sistema de amplificación. Luego, en el mismo estrado, el cura del pueblo dio su bendición a la obra inaugurada.

Cuando el acto terminaba, aparecieron de pronto grupos de activistas de Lagos y Lavín, muchachos y muchachas desenvueltos y expansivos, se introdujeron entre las filas de los asistentes y entregaron a los mapuches manojos de folletos tricolores en papel satinado, con fotografías del os candidatos mostrando los dientes en amplias sonrisas y con listas de promesas y medidas urgentes para salvar al país y distribuir felicidad para todos.

Todo esto me lo contó el sociólogo Jorge Calbucura, catedrático de la Universidad de Uppsala, Suecia, que pasa una temporada en Chile.

Luego vino el almuerzo. Las mesas habían sido colocadas en una amplia sala de la escuela. Había comida y vino. Mucho vino. Más vino que comida. Los lonkos y las machis fueron invitados a almorzar con las autoridades. También se dió cabida democráticamente a los activistas de las dos candidaturas. Estos se dedicaron a intercambiar bromas amistosas, «en buena». Al cabo de media hora, el Intendente y su séquito dieron por terminada su presencia en el acto y se despidieron. Con ellos salieron los funcionarios y los activistas electorales. Calbucura escuchó el siguiente diálogo entre dos de ellos, de uno y otro bando: Chao, Lucho, gusto de verte... Igual, nos vemos en la que sigue...

Desocupados los puestos centrales de la mesa de honor, los que permanecían en torno a las mesas, ya relajados, brindaron por la luz, por la salud, por el futuro, por la tierra. Al lado afuera rugieron uno tras otro los poderosos motores de los autos y las camionetas doble - cabina todo - terreno que arrancaban en medio de nubes de polvo. Calbucura tuvo en ese instante la sensación de estar viviendo una película de Fellini.

Las machis se levantaron y se dirigieron solemnemente al escenario, llevando sus kultrunes y sus ramitas del canelo sagrado. Subieron, formaron una fila y comenzaron su canto. Así agradecían la luz, de acuerdo con su propio rito. Todavía quedaba mucha gente en la pampilla delante de la escuela. Los amplificadores permitían que las voces y los redobles de los kultrunes se escucharan en todo el pueblo. Comenzó a llegar más gente, muchos niños, algunos perros y varios de los ancianos del lugar, de esos que ya ni salen, hombres y mujeres morenos, de pelo gris, algunos tullidos, otros ciegos, caminando con dificultad, apoyados en palos o en sus parientes más jóvenes.

De pronto se produjo el silencio. Las machis seguían moviendo los labios, pero ya no se escuchaban sus voces. Sólo se alcanzaban a oír los tambores.

- ¿Que pasó, qué pasó?

Un señor de terno y corbata, con aspecto de jefe, había desconectado el micrófono y el amplificador. Uno de sus subordinados comenzaba a enrollar los cables. Luego, tres "maestros", provistos de martillos y otras herramientas, se pusieron sin más a desarmar el escenario.

- ¿Que están haciendo? -preguntó Calbucura-, ¿por qué Interrumpieron la ceremonia?

- Disculpe - respondió amablemente el que parecía jefe- tenemos orden de llevarnos este escenario. Se va a necesitar en otra parte.

Las machis y los lonkos escuchaban y miraban impasibles. Una de ellas, la más vieja, se dirigió al señor y le dijo:

- De toda manera, le agradecemos mucho.

"Hablaba con tanta humildad que me dieron ganas de llorar", me dijo Calbucura. 


 
ROCINANTE
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