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Me encuentro en la sede de Lonko Kilapán donde un pequeño grupo de mapuches se ha reunido para celebrar el We Tripantü. El lugar es una pequeña casa en un barrio pobre de Temuco, en la central calle Portales, pero más allá de la línea ferroviaria que separa físicamente la gente bien de "los de abajo". Hay una treintena de personas: los ancianos son numerosos, los niños poquísimos. Poco antes de las doce se da comienzo a la celebración de un pequeño ngillatún: en un patiecito al lado de la calle se planta un canelo. Una machi vestida de manera winka y con su kultrún; una jovencita buena moza con pañuelo a la manera mapuche y un chal negro asegurado con una grande trapelakucha y con su trariwe colorado; algunos hombres con bonitos ponchos y trutrukas; otro hombre con una parka y la pifilka. La ceremonia procede. Se dejan caer en la tierra harina y alguna semillitas molidas: antes de beber su muday de un metawe de greda que corre de mano en mano, cada uno derrama algunas gotas en la misma tierra. Yo hago lo mismo que los demás. Me acuerdo de las palabras que me dijo un machi en Chiloé, hace casi treinta años: la tierra se vuelve avarienta con quienes les han perdido cariño. Acá el cariño, todavía, no lo han perdido. El sonido rítmico del kultrún se alterna al rezo en mapudungún. Me alegro, porque algo logro entender en este melodioso idioma. El ritmo del kultrún se hace rápido, todos corren en círculo alrededor del pequeño canelo, las trutrukas y la pifilka lanzan al aire su sonido, los gritos de todos alejan a los wekufes. El lugar ahora ha sido purificado y ya es posible plantar el canelo. Ahora que todo el mundo se ha detenido, pregunto a la chica que está a mi lado si puedo sacar unas fotografías: me dice que sí. N***, la chica buena moza con la grande trapelakucha de plata y el pañuelo rojo y amarillo me mira con desconfianza. No hay hostilidad en su mirada, pero sí hay mucha tristeza. Seguimos haciendo correr de mano en mano el metawe con el muday. La gente que pasa por la calle Portales observa la ceremonia a través del bajo murito que separa el pequeño patio de la vereda. Algunos miran con curiosidad, otros con indiferencia, otros se hacen mofas: "pásen para acá la chicha: no se la vayan a tomar toda sólitos!" y se ríen. Terminada la ceremonia, entramos todos en la casa para almorzar. Una larga mesa para sentar todos juntos. Me siento al frente de N***, la cual sigue mirándome con desconfianza. Me pregunta si soy un turista en búsqueda de imágenes exóticas. Le contesto que no: inche ta winka - le digo - welu ñi kuré huillichengey. Se ríe de mi intento de hablar mapudungún, pero me entiende y me corrige: tu mujer será mapuche, no huilliche, que existen solamente los mapuches: son los winkas que tratan de dividirnos. La desconfianza desaparece. Le explico que estoy en Temuco para conocer las orígenes culturales de mi mujer, porque amar a una mujer significa amar también a su propia origen. Entonces ella también se larga a hablar. Me cuenta que en su comunidad todos hablan mapudungún "también los niños más chicos". Sí, está muy bien: pero que pasará cuando saldrán de la comunidad y encontrarán a un mundo que los aisla? También me dice que ahora financiaron un proyecto para poner un pequeño estanque de agua para regar la huerta: cuesta 800 mil pesos y con eso su vida podrá mejorar. A veces cuesta tan poco resolver algunos apuros: porqué nadie hace nada? Otros me preguntan si soy español: no, no soy español (aprobación general), soy italiano, pero (es mejor) preciso al tiro que ese penal fue un robo, una vergüenza. Ahora se habla de fútbol. Vino tan poca gente a la sede de Lonko Kilapán porque ese mismo día Chile se jugaba la clasificación con Camerún. Me viene de pensar que la televisión con su mundial y con sus telenovelas logra destruir al mundo mapuche aún más de cuanto ya no lo logró Pinochet con su ley indígena y con la división de la tierra de las comunidades. Chaltú, pu peñi, peukayal, peukayal. Me despido. En la tarde tengo una cita con algunos exponentes "oficiales" de la cultura mapuche, en el Museo Regional Araucano (pero hasta cuando seguirán utilizando ese término, araucano, que es tan inadecuado? Es tan difícil llamarlo Museo Regional Mapuche?). En el hermoso jardín del Museo se van a inaugurar unos grandes y hermosos mamülches. Conozco el autor: al día siguiente se marchará a Inglaterra. Intervienen las autoridades oficiales: hablan de "nuestro arraigo mapuche tan querido" (y me viene de pensar a los que en la mañana pasaban y se reían: dónde está el arraigo mapuche, cuando todo el mundo habla del mundo indígena como si fuera algo arqueológico, y no un sufrimiento vivo y actual?); hablan de lo mucho que está haciendo el gobierno democrático para los mapuches (y me viene de pensar en las tierras que nadie les devuelve, en la inutilidad de la Conadi, en los huilliches de Yaldad que, como si fueran objetos, pretenden de sacarlos de sus casas y trasladarlos diez o veinte kilómetros más lejos, y en su lonko que me dijo que antes de permitir que una vez más le quiten su tierra prefieren que los maten todos, con sus mujeres y sus niños); hablan del renovado interés para la cultura mapuche (y me viene de pensar a la increíble cantidad de estudiosos que se interesan a los mapuches y a las innumerables publicaciones que vi en pocos días: y si estudiaran un poco menos a los mapuches y les ayudaran un poco más?, me pregunto, pero me parece que a los chilenos los mapuches les interesan únicamente como objeto de estudios y no como seres humanos y como "nación" que quiere sobrevivir). El encuentro se concluye con infinita retórica. En la entrada del Museo regional de Ancud está escrito que la nación que desconoce sus raíces no tiene futuro. En una revista medica nacional acabo de leer una investigación sobre los resultados relativos a los análisis de la sangre de la población chilena: el origen mapuche incide en el 55%, lo cual significa que los chilenos son, antes que otra cosa, descendientes de los mapuches. Me pregunto si Chile tiene verdaderamente un futuro que sea algo más que un resultado solamente económico. Vuelvo a mi residencial, casi al lado de la estación ferroviaria. Ya es noche, pero prefiero ir caminando por estas calles tan anónimas de Temuco, ciudad que me dijeron ser bonita porque han construido un par de decenas de torres y ser pujante porque hasta el campanario de la catedral se ha convertido en un centro comercial, y que a mi me parece tan triste, pobretona y sin ánima. Wekufe, así se llama el diablo en mapudungu, es decir "él que queda afuera del mundo del espíritu", o sea que no tiene ánima. Pienso que Temuco es una ciudad sin ánima, una ciudad wekufe. Por fin llego a mi residencial. Unas cuantas palabras con los dueños, las cosas de siempre: los mapuches son borrachos, son flojos, son pocos fiables. Pienso en la abuelita de mi mujer, Juana, que trabajó en el campo hasta más allá de los 80 años, siempre levantándose a las seis de la mañana, lloviera o hubiera sol, hasta que un día dijo "hoy no me siento más de trabajar": se quedó todo el día sentada al costado del fogón y en la mañana siguiente se murió. También vuelvo a recordar algo que me contaron en Lonko Kilapán: ese mismo día les propusieron si hubieran podido celebrar un pequeño ngillatún para algunos gringos que querían filmarlo y que les hubieran pagado bien! Con cuanta tristeza quien me contó esto me dijo: y quienes nos piden éstos son nuestros amigos: piensa en los que no nos son amigos! |