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Domingo 5 de abril de 2009 Por Alejandra Carmona / La Nación

Una aventura habitacional mapuche-huinca en la novena región

La villa de las Machis

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Rosa Tralma .- Según su hija Carmen Paillán es la machi más importante de toda la región. Además de atender pacientes en su casa, aplica sus terapias ancestrales en el Hospital de Nueva Imperial. Foto: La Nación

En Chol Chol se levantaron 20 casas para meicas mapuches. La idea fue concebirlas como una ruca, pero con materiales modernos. Ahí 19 mujeres y un hombre elegidos por el dios Chau Ngünechen tienen todo a la mano para vivir dignamente, pero sin dejar de lado sus ceremonias tradicionales: una sala para los pacientes que se internan por semanas para atacar algún mal, están a pasos de su lahuen, donde recogen hierbas medicinales, y detrás de su altar sagrado siempre sale el sol.

Fue un sueño demasiado claro: una trutruca, un kultrún y una cascahuilla volando. Los instrumentos musicales mapuche girando sobre su cabeza. Animales en sitios extraños. El mensaje del Dios Chau Ngünechen derritiendo su cerebro.

-Me dijo Eimi machingeaimi (tú vas a ser machi). No me pude negar porque entonces una enfermedad muy terrible podía caer sobre mí, incluso la muerte.

Olga Ulloa es la machi más joven de la comunidad Juan Guaiquil Curillán, en Chol Chol, Región de la Araucanía. Tiene 20 años y una casa que parece ruca, pero no lo es.

A Olga, Dios le dijo que no tenía otra opción más que convertirse en meica. Lo mismo que a todas las machis: la orden divina es entregada por medio de los sueños y después que eso pasa, nadie puede negarse.

-Es un proceso de sufrimiento ser machi. A mí me dolía el estómago, los pies también. Casi no podía caminar del dolor relata el momento justo en que el dictamen de Chau Ngünechen cayó sobre su cabeza una noche cuando tenía seis años.

Desde entonces, Olga sabía que sería machi. Atiende cerca de 10 pacientes al día y la mayoría de ellos va por lo mismo: el viento malo (huekufo), una especie de espíritu maligno que se apodera del cuerpo y de la mente.

-Se nota cuando a un hombre lo tomó el viento malo. El hombre pierde el apetito, se decae, no tiene fuerza, le da dolor de cabeza dice Olga. Ella obtiene la fuerza del agua otro mandato de Chau Ngünechen , porque hay otras machis que buscan el poder en la tierra o en el fuego. Por eso ella vive cerca del río y no hay nadie que pueda moverla de ese lugar. Cerca del agua, en el sector rural de Pitraco bandera, construyó su altar (rehue), una pieza de madera tallada en torno a la cual las machis hacen sus ceremonias y procesos de sanación.

Sin rehue cerca, ni fuente de sanación, no hay machi.

Casi ruca

La casa de Olga asemeja una ruca. La planta es ovalada y su rehue da la espalda al nacimiento del sol, tal como dice la tradición. También está cerca del lahuén, el lugar donde las meicas recogen hierbas medicinales. Tiene tres dormitorios y uno de ellos está especialmente pensado para los pacientes, que a veces aturdidos por el viento malo deben hospitalizarse por días y hasta semanas en busca de una efectiva cura mapuche.

-Me ha tocado hospitalizar a gente hasta por un mes. Hay que cuidarlos, hacer ceremonias y remedios con peumo y canelo cuenta Olga.

La única diferencia con una vivienda indígena tradicional es la materialidad. Su casa está levantada sobre un radier de hormigón, con estructura de pino. El piso del living-comedor, cocina y baño está cubierto con cerámica y las ventanas son de aluminio.

Su casa es una de las veinte que construyó el Ministerio de Vivienda a través del Fondo Solidario de Vivienda para 20 machis de Chol Chol. 19 mujeres y un hombre.

Olga juntó 180 mil pesos durante dos años. Los dos mil pesos que cobra por consulta no ayudaron a que reuniera el monto holgadamente, pero lo logró. Su casa que costó poco más de 7 millones de pesos quedó pagada.

Las casas se construyeron en distintas zonas de Chol Chol porque cada machi tenía que estar cerca de su rehue.

-Nosotros le decimos la villa de las machis porque las casas fueron hechas para nosotros aunque no estén juntas dice Olga. Una de sus vecinas es Rosa Tralma (73) que por estos días apenas puede hablar. Un resfrío parece haberle tragado la voz.

-Es la machi más importante de toda la región
dice la hija de Rosa, Carmen Paillán (45), que ayuda a su mamá en todas sus labores. Sobre todo ahora que ella trabaja terapias mapuches en el Hospital de Nueva Imperial.

-A veces la gente la viene a buscar a las dos de la mañana pa’ que le saquen el viento malo. Pero también mi mamá ve enfermedades graves cuenta orgullosa Carmen. No se despega de Rosa. La acompaña a todas partes y se encarga de cocinar uno de los platos típicos de la dieta mapuche cuando no hay plata: sopa de papa sin carne. También la ayuda con los remedios. El que combate la fuerza maligna contiene más de 20; entre ellos canelo, laurel, matico, boldo, peumo, poleo y huicochón.

Rosa jamás se habría movido de su lugar de origen, por eso, el Serviu construyó ahí mismo su casa, donde alguna vez hubo una ruca, al lado de los saltos del río. La fuerza de Rosa Tralma también viene del agua.

Subsidio mapuche

No es casual que surgiera la idea de hacer viviendas especialmente diseñadas para las machis. Antes de Chol Chol, ya hubo otra experiencia en Lumaco, con ocho casas también para meicas. "Las machis son personas que están validadas culturalmente y tienen un lugar físico donde hacen sus procesos de sanación, por lo tanto había que concebir la casa en ese lugar. Estas viviendas están dispersas en el campo y se han puesto en lugares donde ya existían otras, algunas en regular estado, otras en mal estado y otras en pésimo estado", dice el director del Serviu de la Novena Región, José Luis Sepúlveda, quien explica que por las condiciones de los caminos para llevar adelante la construcción, en algunos casos, incluso fue necesario que animales transportaran los materiales. La idea era no mover a las mujeres y al único machi de este proyecto de sus lugares de origen.

Para ello se les entregó un subsidio de 330 UF y ellos debieron aportar cerca de 180 mil pesos. "Recibieron mucho apoyo del Gobierno regional y del municipio para concretarlo", acota Sepúlveda.

Sólo una queja, lanza Olga Ulloa: "No hay agua". Y Sepúlveda responde: "Esas zonas son rurales y el agua debe ser certificada; ese trabajo se está haciendo y va bien avanzado", explica.

A pesar de este detalle que para cualquiera podría ser fundamental, los nuevos propietarios están felices. Aunque son 20 machis las propietarias directas, hay 80 personas beneficiadas. Mariquita Colihuinca (68) es una de ellas. Vive con su mamá, su papá, un hijo y el marido. Caben todos e incluso los pacientes que vienen a visitarla. "Esta casa que tengo ahora es bonita. Antes, en este mismo lugar tenía otra, pero estaba fea, no estaba pintada; en cambio ésta tiene piso, ventanas y comedor. La machis tenemos un don que nos dio Dios, de chica la elige a una, por eso es bueno tener un lugar para hacer la oración, para ponerse de rodillas y pedir", dice Mariquita.

La casa de Mariquita está en el sector de Huentelar, cerca del río, cerca del agua, su fuente de poder.