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¿Distrito no territorial indígena?

Editorial

Domingo 13 de abril de 2008


Según la Constitución, el Estado de Chile es unitario, las personas nacen iguales en dignidad y derechos, y son chilenos los nacidos en el territorio, los hijos de padre o madre chilenos nacidos en el extranjero y los que hayan obtenido su nacionalización.

La identidad patria se ha forjado durante casi cinco siglos en la mezcla de diversas razas y ha permitido un grado de homogeneidad interna muy superior al de otros países, incluso más avanzados. Esa fusión sería hoy todavía más completa si en el siglo XX no se hubieran concebido leyes que prohibieron a los indígenas enajenar sus tierras y legalmente los confinaron en verdaderos estatutos de protección, como si fueran menores de edad. De no mediar esas normativas, la mayoría indígena se habría fundido ya del todo con la chilenidad, como antes venía ocurriendo. Lamentablemente, una presión político-intelectual proveniente de países donde sí existían fuertes desigualdades raciales, que obligaban a dictar estatutos diferenciadores para evitar conflictos, ha penetrado en Chile en las últimas décadas, alentada por las fuertes contribuciones económicas de algunas naciones desarrolladas. Eso, más el desplazamiento de corrientes revolucionarias desde posturas ideológicas derrotadas hacia el nuevo frente de la exacerbación de la odiosidad racial, ha gestado un clima de beligerancia artificial en ciertas zonas del territorio.

Por su parte, el Estado ha destinado ingentes recursos para beneficiar con entregas de tierras a quienes, en nombre de su ancestro indígena, han logrado crear presiones.

Ahora se propone un nuevo paso que desvirtúa la unidad del Estado chileno y la igualdad entre sus habitantes: el Gobierno anuncia un proyecto para crear un "distrito no territorial indígena". Éste elegiría representantes de las etnias originarias (son ocho, pero casi el 90 por ciento se declara mapuche), para que tengan representación asegurada en el Congreso, los consejos regionales y los concejos. Votarían solamente las personas que acreditaran pertenencia a etnias originarias. Pero algunos, temerosos de una equivalente disminución de su caudal de votos en los distritos normales, impulsan la idea de que los indígenas pudieran votar dos veces: una como tales y otra como ciudadanos iguales a los demás -lo que es un reconocimiento implícito de la artificialidad de tal medida.

El país ha librado hace décadas una lucha contra la pobreza que, sin distinciones arbitrarias, ha ayudado a los que enfrentaban las mayores carencias, permitiendo, de paso, el progreso económico y social de los miembros de etnias más atrasadas y sin detener su progresiva integración a la nacionalidad chilena. Este proceso debería ser fortalecido, desechando innovaciones importadas de otras realidades, que sólo crean o profundizan divisiones que, ojalá más temprano que tarde, desaparecerán inevitablemente de nuestra vida como nación.