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lunes 14 de abril de 2008
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Los brotes de coigüe, el mgchon y el chasku son productos que Ana Epulef
comienza a mostrar en un restaurante.
LORETO GATICA
Ana Epulef desarrolló el gusto por la cocina de chica en su natal
Curarrehue a 40 kilómetros de Pucón.
"Mi mamá se dedicaba a lo que tradicionalmente hacen las mujeres de
nuestra cultura: La casa, los hijos, la cocina y el telar. Se dio cuenta
que no me gustaba el telar y me mandaba a la huerta, a cosechar, moler los
granos, así me fui entusiasmando", cuenta Ana.
Los conocimientos los fue afinando durante las vacaciones, cuando visitaba
a su tía y a su abuela en la cordillera.
"Ellas cultivaban sus propios huertos, cosechaban del bosque y pescaban en
el río", recuerda.
A los 16 años quedó embarazada de su primer hijo, así que
entró a trabajar en casas particulares. Cuando le preguntaban si sabía
cocinar decía que sí, a pesar de no saber nada de la cocina "continental".
"Salía del paso. La cocina mapuche es distinta a la occidental, de
la que yo no sabía nada, pero era mi espacio y lo conservaba también
en mi casa, con mi familia", señala.
Pasaron 12 años hasta que comenzó a trabajar en un restaurante
vegetariano propiedad de extranjeros. Aprendió de todo, incluyendo
gestión y administración. Estaba contenta, pero le daba vueltas
una pregunta. ¿Por qué no hacer lo mismo con las cosas de su
comunidad?
"Me sentía aislada, estaba rodeada de gente que no era la mía.
Ahí comenzó la idea de hacer mi propio restaurante, un lugar
con comida y gente local", señala.
El proyecto se fue ampliando hasta convertirse en "La Ñaña",
un centro cultural y museo a una cuadra y media de la plaza central de Curarrehue,
y donde sólo se sirve comida mapuche.
Fue poner en marcha las vivencias que tenía de su familia. Pero quería
saber si lo que ella servía al menos estaba en sintonía con
lo que se cocinaba en el Alto Biobío o incluso la isla de Chiloé.
Postuló a un Fondart que ganó en 2005, con el proyecto "La
búsqueda de un patrimonio mapuche".
"Hoy la comida mapuche no está en las mesas. Hice un recorrido no
en busca de recetas, sino de mujeres con las cuáles conversar sobre
los ingredientes que son nuestros y los que han sido introducidos. Así fui
encontrando la sintonía con lo que hacía mi abuela o mi madre",
señala.
RESCATAR LA CULTURA
"La cocina mapuche tiene su base en el medio ambiente, el bosque y las estaciones
del año. Se come de acuerdo a lo que la naturaleza te va dando. Brotes
de coligüe en la primavera, frutas y verduras en el verano, semillas
como las avellanas, la murta y los piñones en otoño y carne
en el invierno cuando es poco lo que se puede recolectar", dice.
En la comida mapuche no hay entrada, plato de fondo y postre, sino sólo
un plato, sopa de piñones por ejemplo, que se acompaña con
panes y distintas pastas. "En La Ñaña prácticamente
no cocinamos carne, lo que llama la atención de nuestros clientes.
Se extrañan al quedar satisfechos con platos vegetarianos", señala
Ana.
Ella está preocupada porque la vida moderna interfieren en la transmisión
de la cultura hacia los niños. Por ello está empeñada
en devolverle a su cocina el lugar que se merece. En temporada baja, hace
clases abiertas de cultura y cocina mapuche en las universidades Católica
de Valparaíso y de Valparaíso.
"Hay que ir reconquistando espacios, creando conciencia. Quiero devolverle
la importancia al bosque y a los cultivos propios", señala Ana Epulef.
El menú de Expo nativa
En febrero se realizó en pucón la feria del manejo sustentable
del bosque nativo. Ana Epulef fue la encargada del menú: sopa de piñón,
elaborada con harina de la misma semilla; pastas de brotes de coligüe,
parecidos a los palmitos; pasta de ají; tortillas de rescoldo; nültren,
pan en base a piñón; quínoa o maíz y sopa de
harina tostada con mgchon, una especie de acelga y chasku, aliño similar
al orégano.
Loreteo Gatica.