Lunes 21 de enero de 2002

Lecciones para el indigenismo


Cuando en nuestra región se suceden hechos lamentables vinculados al pueblo mapuche, y se responsabiliza de ellos al sistema, al gobierno o a las empresas forestales, se cometen enormes injusticias. Y ello ocurre porque en estas acusaciones se desconoce el privilegiado contexto en el que se debate la temática indígena.

Es cuestión de echar una mirada a la historia para ver que nunca antes los asuntos de las minorías étnicas habían sido tan atendidos como sucede en la actualidad, a nivel de distintas instancias normativas, instrumentales y organizacionales. Basta sólo tener presente aspectos como la Ley Indígena, la Conadi y, en general, los diversos programas de apoyo, proyectos y subsidios públicos y privados que tienen las distintas comunidades. Ventajas y regalías de las cuales muchas son odiosas preeminencias, si se consideran otras realidades de pobreza en el país.

Cuando uno lee el diario de Charles Darwin encuentra una real idea de lo que significa el desprecio. Allí, el investigador opina sobre los habitantes australes que conoció en su viaje por el Estrecho de Magallanes a bordo de la fragata Beagle, refiriéndose a ellos como ''salvajes innobles e infectos'', para luego agregar con acento lapidario: ''nunca antes había visto seres más abyectos ni miserables''.

No conforme con lo anterior, Darwin señala que ''estos desdichados salvajes tienen la talla escasa, el rostro repugnante, la piel sucia y grasienta, los cabellos enmarañados, la voz discordante y los gestos violentos, que nada los diferencia de los animales más inferiores, y que apenas puede creerse que se trata de seres humanos, habitantes del mismo mundo que nosotros''. Estas aseveraciones nos permiten concluir que la situación actual de los indígenas nada tiene que ver con las repulsivas humillaciones del pasado, y que, por el contrario, hoy los aborígenes son personas plenamente reconocidas e integradas a la sociedad en que vivimos.

Se puede argumentar que la opinión de Darwin es propia de la época y del concepto equívoco que antes se tenía de los autóctonos en el resto del mundo. Sin embargo, debe considerarse que la verborrea ultrajante del sabio no fue sólo una anotación anecdótica sobre los habitantes australes, sino uno de los motivos más directos de su acelerada extinción.

En efecto, ''El origen de las especies'', publicado en 1859, revela una lógica armada de inefables prejuicios que, no obstante, fue muy valorada tanto por los contemporáneos de Darwin como por generaciones posteriores. Sus apreciaciones contribuyeron de manera drástica a cimentar el desprecio del europeo por los habitantes del último confín del mundo. Y bien sabemos lo caro que pagaron onas, yaganes y kawaskar (alacalufes) la ''ignorancia'' de quien es considerado el padre de la antropología moderna. Una lección de historia que hoy los indigenistas y fundamentalistas debieran tener presente.

Alfredo Palacios Barra


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