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Santiago de Chile, 01 de Abril del año 2002
 
Diariamente, los niños de Pisiga Carpa 
y Pisiga Choque llegan atrasados al 
colegio ya que la aduana por la que 
deben "ingresar" al país sólo abre a 
las 8 de la mañana, lo que los 
obliga perder algunos minutos 
en los trámites de Policía 
Internacional.  (Foto: Alexis Mesías)
Habitantes de Pisiga Carpa y Pisiga Choque deben realizar los trámites de Policía Internacional cada vez que van al colegio o al consultorio

La increíble historia de los poblados altiplánicos “olvidados” por la aduana

La construcción del complejo aduanero de Colchane dejó a los 260 habitantes de estas localidades aislados administrativamente. Cada día deben esperar a que abra el recinto si desean “ingresar” a Chile.


Patricia Vidal / Iquique 

¿Qué haría usted si cada vez que decide viajar a un pueblo cercano o ir de compras al supermercado debiera cruzar un paso aduanero y ser revisado completamente, incluyendo el trámite de inmigración? Lo más probable es que la molestia sería enorme debido a lo absurdo de la situación que -aunque sea difícil de creer- existe.

 Se trata de los poblados de Pisiga Carpa y Pisiga Choque, ubicados en el altiplano de la Primera Región (ver infografía), que tras la construcción del complejo aduanero de Colchane quedaron ubicados entre esta instalación y la línea fronteriza, situación que los obliga a cruzar esta frontera administrativa cada vez que desean ir a Colchane, Iquique o cualquier pueblo de Chile.

 Esta situación les impide el libre desplazamiento ya que la aduana sólo está abierta entre las ocho y 20 horas, lo que obliga a los habitantes de estos pequeños pueblos aimaras a recurrir con mayor frecuencia a la localidad de Pisiga Bolívar, del otro lado del límite internacional, pues está más cerca que Colchane y no hay mayores restricciones para acceder hasta allí.

 Según denuncia del alcalde de Colchane, Honorio Mamani, el problema surgió en 1992, cuando se iniciaron los trámites para comprar un terreno donde instalar el complejo aduanero. Entonces, al estudiar la factibilidad de ubicación, se optó por un terreno ubicado a casi tres kilómetros de la frontera, pero que tenía agua, electricidad por motor y un retén de Carabineros.

 Desde ese entonces, los 260 habitantes de Pisiga Carpa y Pisiga Choque quedaron más allá de la “frontera” administrativa, situación que ha conspirado para que sus escasos pobladores -todos aimara- hayan decidido abandonarlos año a año.

 Las complicaciones llegan a tal punto que los niños de estos poblados deben ingresar y salir de Chile todos los días para ir a clases en Colchane, e incluso las ambulancias, en caso de emergencia, están obligadas a cumplir los trámites de Policía Internacional si desean llegar hasta ambas localidades.

 Según relatan los habitantes de estas localidades, les es más fácil acceder día a día a Pisigua Bolívar para vender la lana y carne de sus animales, y efectuar sus compras de víveres, todo en pesos bolivianos, pero con cédula de identidad chilena.

 A raíz de estos constantes problemas, el alcalde solicitó la construcción de un nuevo control fronterizo en el límite exacto con Bolivia, para terminar con la exclusión de estos poblados.

 Mamani indica que el actual recinto ha superado con creces su vida útil y a raíz de ello, los funcionarios de policía y aduanas necesitan mayores espacios y mejores comodidades para poder habitar y residir en él.

 Tras años de presentar diversas solicitudes y proyectos, la Subsecretaría de Relaciones Exteriores destinó el año pasado una cifra cercana a los $ 220 millones que el edil espera ocupar, lo más pronto posible, en la construcción de las nuevas instalaciones.
 
 

A Bolivia
Mamani también explica que Colchane no ha estado ajena a los problemas, debido a la necesidad de contar con energía eléctrica. Por esto, está gestionando con la localidad boliviana de Pisiga Bolívar un pre acuerdo de trueque para intercambiar luz por agua.

 Tales gestiones apuntan a aprovechar la conexión al suministro eléctrico que llegará al asentamiento fronterizo en tres meses. “Hay gestiones muy bien encaminadas por parte de la empresa Nepsa para poder traer energía eléctrica de Bolivia a cambio del agua potable que nosotros les podemos vender”, indica Mamani.

Despoblamiento

El despoblamiento de las comunidades aimaras del altiplano es un tema que preocupa a las autoridades locales, ya que tras miles de años de mantener su asentamiento en dicha zona hoy están optando por viajar a ciudades como Calama, Iquique o Antofagasta para poder subsistir.

 Para el alcalde de Colchane, Honorio Mamani, la falta de tendido eléctrico es uno de los puntos más complicados, para lo cual recuerda que su comuna utiliza un motor que funciona sólo de 20 a 23 horas.

 Esto plantea una gran dificultad para el desarrollo de la zona, especialmente los agricultores.

 Otra preocupación de las autoridades es el progresivo cierre de establecimientos educacionales en diversos poblados. Por ejemplo, Mamani cita que desde 1999 a la fecha se han cerrado cinco escuelas rurales de la comuna.

 La primera fue Villablanca, que en su mejor época tuvo 19 estudiantes. Luego vino Ancagua, que cerró sus puertas en 1999 cuando sus dos profesores y escasos alumnos fueron derivados a un recinto cercano.

 La tercera y cuarta escuela cerradas fueron las de Chijo y Parajaya el 2000.

 Finalmente, la escuela del pueblo de Escapiña -inaugurada en 1998- cerró hace algunas semanas, pues sólo tenía cinco alumnos y una profesora, los que fueron derivados a la escuela de Colchane


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