Santiago de Chile, Miércoles 22 de Noviembre de 2000


Al Rescate de las Joyas Mapuches

En las vitrinas de los museos se exhiben hoy las alhajas de la mujer mapuche. Joyas de plata de tal delicadeza que aún deslumbran y sorprenden. Nuevos artesanos siguen los pasos de los desaparecidos retrafes (plateros) para recuperar un arte que simboliza la trascendencia de la cultura indígena.


Por Pilar Espinosa

Para el mapuche no es el valor del metal lo que importa. Es el prestigio de la familia, la permanencia del linaje, el testimonio de un pasado mejor. Por eso a algunos les duele, y a otros les irrita tener que conformarse sólo con ver esas joyas tras las herméticas y lejanas vitrinas de los museos.

Están en el Precolombino y en el de Arte Popular en Santiago. Hay colecciones en el museo de la Alta Frontera de Los Angeles; en el de Colchagua; en el Stom, de Chiguayante. En los museos de Cañete, Temuco y Arauco. Y también en Friburgo, París, Londres, Munich y Berlín.

Puede molestar, pero lo cierto es que gracias a esas colecciones se conservó para el país parte, al menos, de un patrimonio cultural de indiscutible valor.

Hoy son pocas las mujeres mapuches que pueden ceñirse la frente con un trarilonco, sujetar su chamal con un afilado tupu o lucir sobre el pecho una trapelacucha o un siquill. Las he visto allí y he sentido impotencia al no poder tocarlas, sentirlas y pensar que pudieran ser hasta de mis familiares, dice Eliana Queupumil, reconociendo que de ese sentimiento surgió con fuerza la búsqueda del conocimiento para reencontrarse con un arte del que pocos se atreven a precisar con certeza su origen en el tiempo.

Hay pocos rastros. Ciertos historiadores sostienen que el nacimiento de la platería mapuche se remonta a la llegada de los españoles, que les proporcionaron, en monedas y medallas, la materia prima para desarrollar habilidades sorprendentes como orfebres.

Vestigios arqueológicos coinciden con ellos demostrando que el desarrollo de la metalurgia en la cultura mapuche se remonta al período comprendido entre 1550 y 1750. Algunos estudiosos mapuches, en cambio, recuerdan que sus antepasados ya dominaban ciertas técnicas aprendidas durante la invasión de los incas, la que se extendió hasta el río Maule con incursiones que frenó el río Biobío.

Eliana es de Copiulafken, una comunidad de la Araucanía, ubicada a 23 kilómetros de Temuco, camino a Cunco. Actualmente vive en la comuna de Peñalolén, dedicada a difundir y promover las expresiones artísticas de su pueblo, contribuyendo al fortalecimiento de la identidad cultural de los mapuches urbanos.

Aprendió orfebrería y en 1992 creó el Taller Ad Malen - muchacha admirada en mapudungun- del que es directora. Junto a sus hermanos Angélica y Eladio, y otras cinco personas de la etnia, recrean piezas originales muy antiguas para que el huinca o el turista que las admira pueda tenerlas sin que las nanas del sur sigan despojando a sus familias, en cada vuelta a casa, para cumplir con el encargo de los patrones.

Compradores no faltan. Tienen catálogo en Internet, venden en el extranjero y también al exigente visitante del Museo Precolombino. Llegan pedidos de Holanda, Alemania y España.

A 800 kilómetros de Santiago, en Tranaquepe, en el corazón del territorio lafkenche, otro grupo de mujeres redescubrió el trabajo de la platería artesanal, creando réplicas de las joyas que lucían sus antepasadas. En los talleres Relmu - arco iris- y Kralhue
- agua preciosa- el paciente golpeteo del martillo y cincel transforma monedas, plata y alpaca en chawais, trariloncos, tupus, siqueles, punzones, trapelacuchas y otros ornamentos típicos que hoy interesan más a jóvenes que no son de la etnia.

En el pasado la profesión de platero tenía gran estimación entre los mapuches por el hecho de proveer a los caciques de los elementos necesarios para adornar a sus más preciadas posesiones: mujeres y cabalgaduras. Tener más de un experimentado retrafe (plateros) para el servicio exclusivo de un lonco era señal indiscutida de poder social y económico.

Hoy son las mujeres las que más añoran sus alhajas y están conquistando el reconocimiento de los suyos y la admiración de los huincas, al hacer un trabajo que antes era exclusivamente entregado a los hombres.

COLECCIONISTA AFICIONADO

Todo lo que se puede conocer de platería mapuche lo sabe el doctor Raúl Morris von Bennewitz. Comenzó admirándolas de niño y sintiendo verdadera pasión por ellas cuando grande. Siempre las vi en mi casa. Mi mamá, en la pieza de costura, tenía un manto y allí estaban muy arregladitas. Eran algo muy familiar, muy cercano, recuerda con nostalgia.

Años más tarde, al encontrarlas amontonadas, en una casa de empeño, dio el primer paso de lo que sería una verdadera operación de salvamento con proyecciones en ese entonces absolutamente insospechadas. Fue tal el entusiasmo por impedir que se fueran transadas al mejor postor, que logró reunir la colección más grande de Chile.

Recuerda que estaba ejerciendo la medicina en Angol cuando lo llamaron a visitar un enfermo y ahí las vio. Era un lugar donde la gente llevaba sus joyas y le pasaban plata. Tenían un armario lleno. Preguntó si estaban en venta. La respuesta fue inmediata: Sí. Hace como un año que no las vienen a reclamar y me tienen que pagar. Cumplieron el plazo y ahora son mías y yo las vendo.

Así empezó el doctor Morris. Las compró todas. Eran como 30 ó 40 y no muy baratas, precisamente. Siguió con la búsqueda de su significado y se fue involucrando hasta que llegó el momento en que se convirtió en pasión. Investigó no sólo por qué adornaban la cabeza, torso, pelo, orejas o cuello, sino también qué condicionaba su uso en invierno o verano, con lluvia o sol, para ceremonias o a diario. Datos que recopiló en más de diez mil notas y que tradujo, hasta ahora, en cinco libros de gran nivel técnico.

Reunió 1.700 piezas de plata y unos 2.000 artefactos culturales antiguos: tejidos, líticos, instrumentos musicales. Fue una importante colección y no tenía dónde guardarla. Es lo que nos pasa a todos los coleccionistas. Llega un momento en que nos sobrepasa, dice convencido de que hizo un rescate evitando que se evaporaran rumbo al extranjero. Porque no sólo las encontró el doctor Morris, el vasco Pedro Doyarcabal o la investigadora Mayo Calvo, que las reunieron con fines de divulgación.

Una verdadera red se conformó en las inmediaciones de las comunidades para aprovechar el apremio de los indígenas. Se sabía dónde quedaban y al menor apuro surgía tentadora la oferta en dinero para luego entregarlas al comercio especializado en platería y antigüedades mapuches.

De la colección Morris von Bennewitz, 1.020 piezas están en el Museo de Colchagua, en Santa Cruz. De ellas un centenar en exhibición, en el pabellón de las joyas. Suficiente según el director, Marcelo Santander, ya que son representativas de toda la colección.

Los diseños mapuches son pocos, explica. Unos 20 a 25 que se repiten variando sólo pequeños detalles, lo que hace innecesaria la presentación de más piezas.

Para el museo de la Alta Frontera de Los Angeles se reservó una colección de 600 joyas en las que están representadas todas las variaciones. Para una mejor exhibición se requiere más espacio, dice el director Manuel González.

¿Cuántas quedan en poder de mujeres indígenas? Nadie lo sabe. Tampoco si las siguen guardando en cántaros de greda enterrados junto al fogón en el centro del hogar. Lo que sí saben los mapuches es que las familias que aún las tienen, más que conservarlas deben defenderlas.

Motivos Ecuestres

El mapuche se preocupó no sólo de crear hermosas joyas para sus mujeres, sino también de elaborar adornos de plata, de indudable influencia hispano morisca, para sus caballos. El metal lo tuvieron en tal cantidad, que lo utilizaron en todo.

Entre los adornos ecuestres se encuentran el istipu (estribo), con una rica variedad de diseños. También hicieron ispuelas (espuela) de plata y un freno de hierro con chapas, argollas y adornos de plata al que llamaron ketrel piriña.

El trepuwe o chicote era una pieza no sólo para apurar el caballo sino también para lucirse cuando llevaba anillos de plata que enfundaban el mango. Porque el mapuche consideraba que la riqueza del equipo ecuestre y la vestimenta del jinete revelaban su poder, condición social y le otorgaban prestigio.

Con la radicación definitiva la etnia se empobreció y la platería del hombre fue la que más tempranamente se perdió.

En internet:

Origen de la Platería Mapuche
http://www.mapuche.cl/arte_cultura/
joyas/fundamentos.htm
Colección Doyarcabal.Brunet
http://www.uchile.cl/mapa/
doyarcabal_brunet.htm
Taller de Platería Mapuche Ad Malen
http://mapuches-urbanos.tripod.com/
espanol/admalen.htm
Fotos de Joyas Mapuches
http://www.puc.cl/faba/ARTESANIA/
FOTOS/FULL/CHILE/A.66.jpg
Para Comprar Sus Joyas por Internet
http://mapuches-urbanos.tripod.com/
tienda-e.htm

 

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