Si Camino Hablar... Ser los Mapuches que Venir
A una semana de que la marcha indígena
ingrese a la capital, los mapuches causan furor en la carretera. Un peregrinaje
que los ha llevado a ser vitoreados en cada pueblo por donde pasan y a
ser tan aplaudidos y mimados como estrellas de la farándula.
Por RODRIGO BARRIA REYES, desde la Ruta 5 Sur
SI alguna vez fueron los españoles quienes enfilaron una y otra vez al sur del país para someter a los rebeldes indígenas, ahora son los mapuches los que marchan hacia el norte para doblegar al huinca que, según ellos, los ha despojado de sus tierras.
Después de 12 días de caminata desde Temuco, el peregrinar mapuche llegó en la tarde del pasado martes al pueblo de Retiro, unos 20 kilómetros al sur de Linares, en la VII Región.
Con 20 mil habitantes, calles adueñadas por la tierra, una estación de trenes semifantasmal y pequeños boliches en donde se puede comprar sin problemas un huevo o un sobrecito de champú, Retiro tiene un rostro anónimo para el resto del país.
Pero en sus calles todos se conocen, todos se saludan. Las bicicletas de los parroquianos quedan estacionadas por doquier sin mayor temor a quesean robadas y los niños de cachetes rosados por el frío matinal se mueven en las destartaladas micros rurales como si nada.
La vida acá es pausada. Quizás la mayor novedad sean los afuerinos, a quienes se les hace imposible escapar de la mirada entre vigilante y bonachona de los lugareños.
Por eso es que la presencia de la marcha mapuche causó tal conmoción en la comunidad.
Ese martes, durante todo el día, una camioneta con altoparlantes se encargó de recorrer las calles del poblado invitando a los retiranos para que dieran una gran bienvenida a los ocasionales y afamados visitantes.
Y la comunidad respondió.
Mapuches congelados
Apenas la columna mapuche apareció en el horizonte carretero, los lugareños - que se habían trasladado en masa hasta la desviación caminera que lleva al pueblo- se encargaron de vitorear hasta el cansancio a los recién llegados.
Hasta la banda de los scout se instaló en la carretera para brindar a los mapuches un ingreso semimarcial al pueblo.
Por cierto, todas las autoridades locales - encabezadas por el alcalde- estaban ahí. Todas soportando indiferentes un frío galopante, que ya a esa hora anunciaba una noche bajo cero.
Los indígenas entraron a Retiro - el pueblo que vio nacer a Arturo Alesandri Palma- como profetas en una tierra que los esperaba desde siempre.
Caminaban entre aplausos, saludos y admiración. Y ellos, olvidando los 30 kilómetros andados en la jornada, inflaban el pecho y saludaban a sus ocasionales "fans".
Al enfilar por la avenida principal, la sirena de la compañía de bomberos lanzó su aullido.
Ahí retumbaba con fuerza y eco el grito indígena: "¡Tierra, cultura, justicia y libertad...!".
No era fácil entender la escena: los autóctonos no eran de allí y la verdad es que, si no se hubiesen desviado de la carretera, pocos indígenas habrían sabido siquiera la existencia de Retiro.
Pero eso parecía no importar a quienes los escoltaban. Para los retiranos, los indígenas caminantes eran un "espectáculo" digno de verse y aplaudirse.
Esa noche, los mapuches-estrellas alojaron en el salón de la escuela pública Manuel Montt.
Después de una larga jornada, los indígenas eran mimados: la alcaldía se había encargado de adquirir colchonetas para un mejor dormir, el dueño de la hostería local "Days" se encargaba de prepararles un contundente plato de arroz mezclado con longanizas, cerdo y vacuno, y los funcionarios del servicio médico se aprestaban a echar pomaditas en esos pies adueñados por ampollas y hongos.
Pero Retiro también se ensañó con los recién llegados.
Esa noche, la niebla se dejó caer como un manto de tétrica oscuridad, mientras el frío congelante de la noche hacía que cualquier palabra, y hasta la mínima respiración, fuera acompañada de una estela de vapor que salía por boca y narices.
Los mapuches parecían alojar al interior de un freezer. Las enormes ventanas rotas del local hacían inútil el trabajo de entibiamiento de las dos estufas a gas instaladas en el lugar.
Mantas y frazadas parecían ser una burla para esa temperatura de hielo.
Al caer la noche, el salón era un gran iglú aromatizado por el hedor de zapatos y cuerpos incapaces de mitigar el efecto de casi dos semanas de caminata ininterrumpida.
Así, mientras unos cuantos indígenas intentaban ganar un espacio alrededor de las estufas, otros se dedicaban a preparar sus improvisadas alcobas o a revisar cómo las heridas de sus pies se multiplicaban.
Mientras, los más jóvenes estaban felices con los ocasionales flirteos que mantenían con las escolares que habían llegado a la escuela a ver a esta suerte de "alumnos de intercambio".
"A ver, ya po', díme algo en mapuche". El mapuche le respondía en mapudungun. "¿Y qué dijiste?". "Que todas ustedes son muy lindas...", decía el improvisado ídolo ante su grupo de incondicionales.
A medianoche se apagaron las luces del salón.
En el patio del liceo, amarrado a un árbol y cubierto por una manta, quedó "entorchado", el caballo en el que viaja el único jinete de la marcha.
Mapuches y caballo a dormir. Indígenas y jamelgo a congelarse.
Peregrinos organizados
A las 6 de la mañana las luces del salón se encendieron.
Decenas de cuerpos desparramados en el suelo parecían más bien bultos tapados por frazadas.
Pese a la premura con que debían levantarse, buena parte de los mapuches seguía a las 7 soñando con una buena cama, con el cuerpo descansado, pies sanos o un día con sol brillante.
Todos durmieron vestidos. Al levantarse, ninguno se duchó. En realidad, ni el más valiente - mapuche o no mapuche- habría osado una hazaña así. Apenas un tímido lavado de cara.
Había que "levantar el campamento" y reanudar la marcha.
Una tarea que no resulta sencilla: la logística de la peregrinación exige que cada indígena lleve sus pertenencias en bolsos o en sacos de papas y que los alimentos, ollas y cocinas móviles que transportan tengan que cargarse y descargarse en cada jornada.
A las 8 los indígenas continuaban su caminata carretera, mientras los habitantes de Retiro despedían cariñosamente por las calles a sus ilustres huéspedes. Nada había cambiado esa mañana: ni el afecto de los lugareños ni el frío ni la niebla.
Escoltados por un radiopatrullas del retén "Copihues", los indígenas enfilaron rumbo al norte.
La jornada se veía agotadora: 40 kilómetros hasta Villa Alegre.
Como fantasmas en la niebla los mapuches seguían acortando distancia de Santiago.
Es claro que la marcha es una muestra del grado de preparación que han alcanzado los mapuches en estos meses de movilización.
Son 96 indígenas disciplinados y bien organizados.
Están acompañados de dos camionetas del Consejo de Todas las Tierras, vehículos que tienen por misión llevar los bolsos de los marchantes, los alimentos, el agua y el resto de aparato logístico hasta el siguiente punto de alojamiento.
En ellas, también, el líder de la marcha, José Naín, parte todos los días a chequear dónde dormirán y qué comerán los mapuches al final del día. Es la "comitiva de adelanto", encargada de decidir los kilómetros a avanzar en las horas diurnas y los pueblos donde ingresarán los caminantes.
Y esta es una tarea que se hace cada vez más compleja, ya que los ofrecimientos de recepción se han multiplicado, por lo que los indígenas manejan una carpeta con un largo listado de pueblos donde quieren recibirlos. Por eso que los mapuches se hacen querer y ahora sólo están parando en donde la "oferta de bienvenida" resulta más atractiva.
Además, existe la "comitiva de alimentos", cuya tarea es la recolección y distribución de los mismos a los miembros de la andadura. Hasta llevan un "registro histórico" con los nombres de todos las personas y locales que han entregado comida a los indígenas.
También existe una "comitiva de seguridad" - integrada por 10 mapuches- , la cual tiene varias misiones: desde resguardar el orden del recorrido en la carretera hasta chequear que quienes deben medicinarse cumplan con los horarios en la toma de sus remedios. Son ellos, también, los que se dedican a tapar en la noche a sus "hermanos" para que no se resfríen.
José Naín, pese a estar a cargo del viaje, suele ir casi al final de la columna.
Celular en mano, entrega informes periódicos respecto del avance y recibe otros tantos con noticias desde el "comando central" en la sede del Consejo de Todas las Tierras, en Temuco.
Naín también es el que encabeza una reunión diaria del grupo en cada uno de los lugares en donde alojan.
Ahí, antes de que se duerman, el mapuche entrega a sus "hermanos" un resumen de los últimos acontecimientos ocurridos en el sur del país y se evalúa en conjunto el desarrollo de la partida.
En pleno camino, cada uno de los mapuches tiene un lugar específico al interior de la columna.
A la cabeza, por ejemplo, van los que llevan mejor ritmo y los que cargan una gran bandera de la llamada "nación mapuche". También a la cabeza va José Cruz montando a "entorchado" - caballo que pretende rematar en la capital- y la única mujer que lleva sus atuendos típicos.
Tan organizados están que hay dos indígenas responsables de filmar los mejores momentos de la marcha para después hacer un video de la misma.
El hecho de tener a no más de cien mapuches caminando tampoco es casual. Con un número mayor, el control del grupo y las posibilidades de encontrar locales de alojamiento se harían más difícultosos.
Pero, es un hecho que apenas falten algunos kilómetros para ingresar a Santiago, se espera la llegada de un gran contingente de mapuches para realizar así un ingreso apoteósico a la capital el domingo 20 de junio.
Dulces en bandeja
En general, los que marchan son mapuches jóvenes. La mayoría de ellos está en el rango de los 30 años. Hay casi una veintena de mujeres.
Hombres de pocas y escuetas palabras, no suelen mantener largas conversaciones durante la excursión. En realidad, se mantienen distantes y escuetos con el forastero.
Pese al carácter simbólico y reivindicativo de lo que es su cultura, en la caminata nadie habla en mapudungun. Todas las conversaciones son en un castellano achilenado.
Sus vestimentas revelan la existencia de "tradicionalistas" y "progresistas". Mientras los primeros acarrean trutrucas, mantas típicas y ojotas, los más "lolos" exhiben chaquetas de cuero negro, jockeys y zapatillas oscuras caña alta tipo "nike air".
Suelen ir en silencio, soportando estoicamente el chiflón congelante de los camiones que pasan por la carretera. Los momentos de distensión suelen aparecer con los saludos de la gente apostada al borde del camino.
"Mijita, la invito a Santiago. Aproveche, mire que es gratis...", le decía uno de los viandantes a una chica que los saludaba afectuosamente desde la ventana de su casa.
"¡Eso colocolinos, sigan no más que los apoyamos en todo!", les gritaba un hombre encaramado en una pasarela.
O un colegio que, en las cercanías de Longaví, interrumpió sus clases para dar aliento a los viajeros.
"¡Seguir, seguir, lo van a conseguir...!", era el sorprendente y entusiasta grito de los pequeños apostados al borde de la pista contraria.
Y esta creciente fama indígena quedó de manifiesto en Longaví, en donde los marchantes tuvieron recibimiento de héroes.
Ahí, la comunidad se lanzó en masa a las calles a recibirlos entre aplausos y regalos diversos. "Entorchado" y su jinete encabezaron este ingreso triunfal.
Hasta las actividades escolares tuvieron a los mapuches como tema central ese día. Como las "tías" que, mientras pasaba la columna, orientaban a los pequeños: "Ya niños, fíjense bien los instrumentos que tocan y cómo andan vestidos...".
Incluso, al pasar la marcha frente a la alcaldía, una funcionaria, bandeja de plata en mano, se encargaba de ofrecer dulces toffee a los viajeros.
Como para no creerlo, en varios rostros, hasta lágrimas se vieron caer.
Y los mapuches se encargaron de retribuir esa emoción con los sonidos de sus instrumentos y con gritos reivindicativos: "¡Con ley, sin ley, igual nos engaña Frei!" y "¡Las tierras, robadas, serán recuperadas!".
Hasta colegialas en zancos artesanales salieron al encuentro de los forasteros.
En el local en donde se les dio almuerzo, las funcionarias saludaban de beso a cada mapuche que ingresaba al comedor. "Por favor, pase a servirse", le decían a cada uno. Ellos, felices: nunca habían sido tan mimados.
Y sus dirigentes se encargaban de agradecer con frases obvias a las radioemisoras que mantenían contactos en directo desde el local en donde estaban: "Nuestro pueblo jamás podrá olvidar el cariño de nuestros hermanos de Longaví", decía uno de los lonkos.
Con el estómago lleno, los pies nuevamente se pusieron a trabajar.
Aún faltaba la mitad del recorrido de esa jornada.
Apurando el paso, la columna se fue perdiendo en la niebla. Desapareciendo entre bocinazos de apoyo de los automovilistas y el saludo de los peatones que salían a verlos y alentarlos, como si se tratara de los pedaleros de la vuelta ciclística.
Cada vez es más evidente: si
camino hablar, ser los mapuches que venir a Santiago...