Santiago de Chile, Domingo 11 de Febrero de 2001

SOBRE UN LIBRO DE JULIO RETAMAL AVILA:
Cultura y Vida de los Indios Sometidos

Los diversos aspectos abarcados por los testamentos son la demostración más explícita del deseo de los nativos, representados por los más activos y despiertos, de compenetrarse con la sociedad dominante, en un comprensible y muy humano propósito de mejorar su situación.
 

Sergio Villalobos R.

Por Sergio Villalobos R.

Testamento de Indios en Chile Colonial, por Julio Retamal Avila, Ediciones Universidad Andrés Bello, 2000.

En días recientes apareció el libro de Julio Retamal Avila "Testamentos de indios en Chile colonial" publicado por la Universidad Andrés Bello, una obra aparentemente trivial, pero significativa para comprender los comienzos de nuestra historia.

Encierra especial utilidad para etnólogos y etnógrafos, sociólogos, estudiantes de antropología, indigenistas y políticos en busca de notoriedad, que en los últimos años han abordado los problemas de la Araucanía con desconocimiento de la materia. Ha sido frecuente lanzar apreciaciones ligeras basadas en ideas vulgares y con frecuentes dosis emotivas, sin entrar seriamente en la documentación histórica y en numerosos libros que han cambiado por completo las nociones del pasado "fronterizo" entre hispanochilenos y araucanos.

La historia no es un conjunto de afirmaciones antojadizas repetidas incesantemente, sino que parte de fuentes cuya búsqueda y análisis toma mucho tiempo, para llegar finalmente a la interpretación de los hechos. Todo ello suele ser ignorado especialmente por los descendientes mestizos de los araucanos y los indigenistas.

La recopilación de Retamal Avila, y el largo estudio que le ha dedicado, brinda novedades en innumerables aspectos.

Los testamentos encierran, en verdad, un caudal de sugerencias que impiden apreciarlos únicamente como instrumentos jurídicos en que se dispone de los bienes al enfrentar una muerte cercana o lejana. Curiosamente, en lugar de encerrarse en la perspectiva final de la existencia, dichas piezas hablan al investigador de mil aspectos de la vida, entretejidos a lo largo de los años y que al fin parecen un balance del trayecto individual.

A diferencia de lo que acostumbramos hoy en día, el testamento es más que una distribución de bienes. Es un ajuste de cuentas con Dios y una confesión de buenos y malos pasos con los semejantes durante una vida desprevenida.

El testamento de indios difiere mayormente del que extendía el hispanocriollo en cuanto al formulismo jurídico y las prácticas religiosas. Ni siquiera parece que el protector de naturales ni el encomendero vigilasen ni interviniesen en la voluntad del indígena.

Los testadores, hombres y mujeres, que figuran en la recopilación de Retamal son mapuches, incluidos algunos araucanos, varios provenientes del Perú, los llamados "cuzcos", y uno del Tucumán.

El estatus social y el nivel económico son variables; pero en general se trata de indios con mejor pasar que el promedio. Son caciques, artesanos, propietarios de bienes modestos, que han alcanzado cierta posición al trabajar muy vinculados con los dominadores y participar de su cultura y sus valores, sin perjuicio de existir, probablemente, rasgos del pensamiento y las costumbres ancestrales.

Todos confiesan su fe religiosa, creen en la Santísima Trinidad y se complacen en la advocación de la Virgen. Varios indican su pertenencia a algunas cofradías de indios, llegando a ser seis las mencionadas. Con excepción de dos, el resto habla castellano. El sentimiento religioso no sólo se percibe en las declaraciones de fe, que podrían ser simplemente formales, sino en las disposiciones específicas relacionadas con la religiosidad. Parte de los bienes se apartan para pagar misas de réquiem, misas cantadas y rezadas o con responso. También se especifica acompañamiento del cura y sacristán con "cruz alta", que recargaba el pago funerario y que, en cierto modo, era una concesión a la vanidad terrenal.

Se escoge el lugar de entierro dentro de las iglesias, igual que los dominadores. Que sea en el lugar reservado a los pobres, en el de la cofradía tal o cual o junto a la pila bautismal, donde el continuo pisar de los fieles es una muestra de humildad del que reposa bajo las losas.

La religiosidad queda confirmada por la posesión de imágenes y pinturas de santos y temas de la doctrina.

No cabe duda de que son buenos exponentes de la aculturación o, mejor que eso, de su adscripción a la sociedad cristiana.

Según las apariencias, la gran mayoría era de indios de encomienda o que lo había sido; pero es indudable que también había yanaconas o descendientes suyos, como sería el caso de los nacidos en el Perú.

Un hecho que resalta de la documentación ahora publicada, es que el funcionamiento de la encomienda ha sido mal enfocado por la vieja y la nueva historiografía. Vista como una institución rígida y extremadamente dura para los nativos, ahora resulta que a través de ella éstos pudieron incorporarse al quehacer económico y a las metas de la sociedad dominante.

En los testamentos queda constancia de que hubo indígenas, como ya se percibía a través de otras fuentes, que se desempeñaron en beneficio propio como artesanos, dueños de solares, donde tenían cortos sembrados y viñas, terrenos agrícolas con esos mismos bienes productivos y ganados. Poseían sus casas, algunas con techos de teja, que no es poco decir, realizaban toda clases de transacciones, obtenían u otorgaban pequeños créditos en la adquisición eventual de especies modestas o como efecto de sus trabajos. Algunos prestaban dinero a dueños de bienes raíces mediante el sistema de "censos", una especie de hipoteca. En tres casos específicos aparecen negocios, por cierto que débiles, con Lima, Córdoba del Tucumán y Buenos Aires.

El nivel socioeconómico alcanzado por los testadores era indudablemente superior al de los indios corrientes; por lo tanto, sus características no pueden generalizarse. No obstante, queda en pie un hecho indesmentible: el sistema permitía que los que desplegaban voluntad y esfuerzo y llevaban una vida más o menos ordenada, se levantasen de su condición original y diesen los primeros pasos de su integración. Ocurría, en consecuencia, lo que sucede en toda sociedad: los individuos responsables y capaces salían adelante, mientras el resto vegetaba en un horizonte cerrado.

No queremos insinuar de ninguna manera que el régimen de dominación hispanocriolla fuese ideal ni brindase buenas perspectivas. Sólo sugerimos que, a pesar de los aspectos negativos, los hombres y mujeres valiosos se sobrepusieron y aprovecharon las pequeñas oportunidades que se les abrían.

Los testadores nacidos en el territorio de Chile se distribuían desde La Serena hasta Valdivia, abarcando, por lo tanto, varias etnias, sin descartar a los araucanos, aunque la mayoría residía en Santiago.

Esclavitud indígena

Quizás el hecho más sorprendente que mana de los testamentos es la práctica de la esclavitud indígena, llevada a cabo por los indios sometidos. En palabras simples, aclaremos que los hispanocriollos habían establecido la esclavitud de los nativos tomados en la Guerra de Arauco, como una manera de aplastar la resistencia y aprovechar su trabajo. Una institución tan deplorable, también fue adoptada por los indios sometidos incorporados a la sociedad cristiana. Además, en un caso figura la posesión de un negrito.

Los esclavos araucanos eran vendidos a los capitanes y soldados por sus propios hermanos de sangre, los "indios amigos" que colaboraban con la comunidad hispanochilena como guerreros, a los destacamentos que operaban en la Araucanía. La tropa también hacía sus prisioneros, que luego vendían a los estancieros y a las familias residentes en las ciudades. En esa forma, se comprende que tales esclavos llegasen a poder de los indígenas sometidos.

Entre otros casos, figura el de Joana, "india ladina" que poseía una vieja araucana y un muchachuelo de cuatro o cinco años, comprado a "un soldado llamado Benavides".

"Don" Gabriel Lingo, cacique de la rinconada de Huenchullami, situada al norte de la desembocadura del Maule, poseía un indio esclavo cogido en la guerra, que le fue vendido en 260 pesos. Por disposición testamentaria debía pasar a poder del "alférez don Gabriel Lingo", hijo del cacique, que indudablemente militaba en el Ejército.

El cacique poseía, además , una india con dos hijos, que tenía prestada a una hija suya.

Estos y otros casos muestran con claridad que los indígenas se identificaban con los dominadores hasta en una de las peores instituciones y que en tal situación coadyudaban al sometimiento de los suyos.

El afán de incorporarse plenamente a la sociedad hispanocriolla aparece en varias cláusulas testamentarias en ocasiones en que el o la testadora encomienda sus hijos al cuidado de personajes de buena situación. Una india de nombre Lorenza de Cárdenas solicita a un capitán Fuentes que "críe y ampare" a sus tres hijos, pues siempre lo ha estimado como si fuese padre de ella. Otra nativa pide a doña Luciana Vergara que críe a su hija, como ha hecho con otras huérfanas, en la confianza de que la "doctrinará y enseñará buena pulicia".

El cacique "don" Santiago Relvuman pide a otro personaje que cuide de su hijo, "me le entienda y repare" y "me le enseñe a leer".

La educación y especialmente el manejo del idioma escrito constituían una aspiración porque de esa manera se aproximaban más decisivamente a la cultura del sistema, penetrando en su forma de comunicación, en el registro de los hechos personales y hasta en la consignación de las cuentas. Con mucha sabiduría y buen criterio, un indio del sector de Chanco, al disponer de sus pocos bienes dejó fuera de ellos a uno de sus hijos, porque había costeado su educación y se le había enseñado a leer y escribir. En verdad, para el buen padre, leer y escribir era un bien tanto o más apreciable que las cosas materiales. Se había compenetrado hasta de la filosofía de aquellos ásperos señores y capataces con que se rozaba todos los días.

Los diversos aspectos abarcados por los testamentos son la demostración más explícita del deseo de los nativos, representados por los más activos y despiertos, de compenetrarse con la sociedad dominante, en un comprensible y muy humano propósito de mejorar de situación. Se desdibujaban los rasgos de la cultura y de las formas de vida ancestrales, a la vez que el mestizaje unía los cuerpos para crear el arquetipo del chileno.

La nación se abría paso entre dolores e ilusiones.

Hay que agradecer a Julio Retamal Avila haber rescatado los testamentos que han sobrevivido en el tiempo. Gracias a ellos se puede reconstituir en parte la etapa fundacional. Sería bueno que los leyesen etnólogos y etnógrafos, sociólogos, indigenistas y políticos, para que entiendan los hechos reales en lugar de acoger falsedades y lanzar acusaciones de racismo a quienes han investigado en el pasado sin perjuicios ni frases hechas.

Sergio Villalobos R. es Premio Nacional de Historia.


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