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Jueves 30 de octubre de 2008 / Por Mónica Silva Monge

OBSERVATORIO DE GÉNERO

La palabra que pronuncia la mujer indígena

Nos endosan que las mujeres criamos hombres machistas, porque somos sus educadoras. Pero lo que en realidad ocurre es que las mujeres traspasamos a la prole lo que nos ordena la cultura imperante.

La palabra es el principal instrumento de identificación y construcción de la sociedad de la que formamos parte, sin importar si nuestro lugar en ella está arriba o abajo en la jerarquía. La Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó 2008 como el Año Internacional de los Idiomas con el propósito de fomentar el multilingüismo; es decir, la protección de las múltiples culturas. Las lenguas constituyen también un factor estratégico para avanzar a un desarrollo sostenible que pueda llevar a una articulación armoniosa entre lo global y lo local, entre la historia y el presente.

Es de justicia destacar el rol de las mujeres como transmisoras de la historia y la cultura de su pueblo, afianzando la identidad del grupo. Ha sido así con la lengua maya, y también es el caso de la cultura toba en México. En el eje Orinoco-Amazonas se hablan en torno a 60% de las lenguas del mundo. Pero menos de 1% ha sido tomado en cuenta por los lingüistas. En tiempos antiguos, los havasupai -cuyo nombre significa "gente de las aguas turquesas"- dominaron la zona del Gran Cañón del Colorado, en Estados Unidos, hasta que la colonización los redujo a una franja.

Mona Polacca, nieta del último jefe tribal, forma parte de un grupo destinado a resguardar los conocimientos ancestrales, hacer respetar sus derechos y predicar la paz. "Yo le pregunté a mi madre -dice Mona- cómo había hecho para mantener su lengua en esas escuelas en que los obligaban a hablar inglés. Me contó que ella y sus amigas se sentaban lejos, bajo unos árboles, y se ponían la mano en la boca para pronunciar las palabras que aprendieron en el calor de su hogar". Hasta ahora, las mujeres de esa época se tapan la boca al hablar.

Carmen Cardinali, de 64 años, ha dedicado toda su vida a preservar la lengua rapanui, que corre el riesgo de extinguirse. Es la profesora más antigua de la isla y líder de un grupo de mujeres que sueñan con crear un diccionario que ordene y sistematice las normas y cree una especie de alfabeto pascuense. Los habitantes de la isla hablan de oído y la lengua se conserva gracias a Carmen. El hecho que haya un buen diccionario y una descripción lingüística si bien no evita que una lengua desaparezca del uso, colabora a que las tradiciones y su sabiduría no se pierdan para siempre, ayuda a evitar que la vida de un pueblo se esfume en el tiempo sin dejar rastro. Eso sería una pérdida enorme para la humanidad. Algo así como la destrucción de los monumentos sonoros de nuestras culturas.

Hace poco, el Sernam se acercó a Cariquima, en Colchane, Región de Tarapacá, para ponerse en contacto con las warnis (mujeres) del lugar. Uberlinda, temerosa de molestar a su marido con haber ido al encuentro, de a poco se fue integrando y puso su nombre en la lista de las asistentes, junto con los de otras mujeres. Varias warnis se reunieron en ese poblado a tres mil 800 metros de altura, con calles de piedra y casas de adobe. Conocieron la reforma previsional que el Gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet ya puso en marcha y se enteraron de que había soluciones para ellas. Las palabras de todas esas mujeres ahí reunidas se trenzaban igual que el pelo oscuro de Uberlinda, construyendo nuevos conocimientos que servían para conocerse mejor, saber de sus derechos y hacer uso de ellos. Varias warnis contaban que las mujeres participan en el trabajo agrícola junto con los hombres y que todo lo relacionado con las semillas está a su cargo, transmitiendo su conocimiento de una generación a otra. Son ellas quienes usan traje típico. Los hombres no. Es el lenguaje de la vestimenta. Las warnis están comprometidas para defender y transmitir a su descendencia valores que faciliten la convivencia en condiciones de paz, justicia y bienestar.

Una de mis amigas mapuche me decía que la oralidad de su pueblo sigue estando vigente, aun cuando se expresen con las letras del alfabeto occidental. Me enseñaba, porque es profesora, que el ser humano usó el lenguaje oral como el primer instrumento para comunicarse y construir su sociedad. Que por medio de la palabra hablada se construyó con precisión la historia humana. Me explicaba que hablar es crear, que decir las palabras para que otras y otros las escuchen obliga a preocuparse de hablar bien, conservando la emoción del hecho narrado con el sonido de la garganta.

Un estudio publicado por la Universidad de Valparaíso muestra que las mapuche que se han asentado en la ciudad, enfrentan dificultades para vivir su cultura. Pero siguen sintiendo su pertenencia principalmente mediante los relatos. Por eso, para las mapuche, la familia es un referente del tronco ancestral común, además de instancia de transmisión cultural privilegiada, más que nunca cuando viven en la ciudad. En la familia lo prioritario es la conversación, donde se renuevan y consolidan los vínculos.

Las mujeres y hombres mapuches jóvenes escriben y leen lo escrito, pero para escribir continúan basándose en la tradición oral. La lengua, como dice una investigadora del lenguaje, no sólo expresa la realidad, sino que la ordena, le da una estructura. La lengua legitima la existencia de algo. Lo que no tiene nombre no existe. Un lenguaje rico puede ampliar el pensamiento, y el habla empobrecida lo limita. Por eso, cuando se dice "el hombre pobló la Tierra", sentimos la ausencia del protagonismo compartido con la mujer. Porque no dice "el hombre y la mujer". Eso es empobrecer el lenguaje y truncar la verdad. Antes no se decía "jueza", porque no había juezas, pero hoy las hay y debemos legitimar su existencia nombrándolas.

El lenguaje es un instrumento para pensar, para convencer, para destacar, para crecer y para cambiar. Las mujeres lo desarrollamos con rapidez y somos las responsables de transmitir la cultura y sus valores a nuestras hijas e hijos. Por eso nos endosan que las mujeres criamos hombres machistas, porque somos sus educadoras. Pero lo que en realidad ocurre es que las mujeres traspasamos a la prole lo que nos ordena la cultura imperante, hegemónica y que no construimos nosotras. Ahora ya sabemos que se puede construir otra, donde todas y todos quepamos y podamos desarrollarnos como pueblo.

Tenemos el poder de cambiar una cultura que nos margina, que no quiere decir la palabra jueza, que no quiere decir la palabra ministra ni la palabra abogada, que no deja que nos veamos. Es una cultura que no nos nombra, y cuando se lee la historia que han escrito los hombres, el que lee piensa que nunca estuvimos, que nada hicimos por estar en donde estamos. El lenguaje nos hace pensar que el hombre ha hecho los avances en la sociedad, cuando debería decirse que son las mujeres y los hombres. Si somos las encargadas de transmitir la cultura, de crear pensamiento, hagamos uso de ese poder, transmitamos a nuestros hijos e hijas, la idea de igualdad entre mujeres y hombres. Y describamos la realidad tal como es, mostremos lo que de verdad somos, sin ocultarnos a nosotras mismas.

Palabras dichas en la II Bienal de Arte Indígena.