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Domingo 9 de agosto de 2009

Por Antonio Gil / PESO PLUMA

Piñera reclama una segunda “Pacificación de la Araucanía”

Gran observador de la situación del sur chileno, el estadista en ciernes apuntó, mirando al horizonte: “Chile es un país con una naturaleza maravillosa, y en esta región se ven paisajes y se dan condiciones que no se ven en otra parte del mundo, tenemos de todo y cerca: playas, lagos, ríos, termas, montañas, nieve”. Ni el mismísimo Neruda habría sido tan elocuente, don Sebastián

Sebastián Piñera se encaramó, igual que un Moisés de torta de novios, a la punta del cerro Ñielol de Temuco para, desde allí, tronar, lleno de su proverbial convicción, bellas promesas repletas de hondo contenido humano y social, en las cuales no asomó, ni por un instante, una pizca siquiera de demagogia electorera o palabrería hueca: "Vamos a restablecer la educación del mapudungún en todos aquellos lugares donde vive gente que tiene origen y que son parte del pueblo mapuche, para que no se pierda ni la lengua ni los idiomas ni las costumbres ni las tradiciones que son muy valiosas", dijo el abanderado, con una sincera sonrisa iluminándole el rostro. Las agudas observaciones nos revelan el colorido conocimiento de tarjeta postal que el hombre posee respecto de la compleja realidad mapuche.

Pero bastó que se bajara del turístico promontorio para que, buscando "pastorear" el voto antimapuche, Piñera se pusiera su sombrero de general Custer para afirmar, igual de enfático: "Yo estoy convencido de que en la Araucanía se perdió el principio de autoridad, está quebrado el Estado de Derecho". Acusando, de paso, al gobierno de no aplicar la Ley Antiterrorista en la Araucanía. No olvidamos que, hace sólo unos meses, el candidato bursátil de la Alianza emplazó a La Moneda a asumir los "lazos" que tienen grupos chilenos con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Todos sabemos que, en todo lo que no sean "pasadas" que le llenen la faltriquera, Piñera tiene la profundidad de un cenicero. Pero en el tema mapuche su solidez es sólo comparable con la de esos pegajosos algodones de azúcar que venden a la salida del circo. Nos preguntamos ¿cuánto pesan, en estos llamados con toque de corneta al Séptimo de Caballería, las 2.000 hectáreas que el abanderado de la Alianza posee en la localidad de Coique, rodeadas por la constante amenaza de toma de esos seres "flojos", "borrachos" y ahora "terroristas", a los que primero halaga en el pasteurizado Ñielol y luego denosta en sus oficinas? Gran observador de la situación del sur chileno, el estadista en ciernes apuntó, mirando al horizonte: "Chile es un país con una naturaleza

maravillosa, y en esta región se ven paisajes y se dan condiciones que no se ven en otra parte del mundo, tenemos de todo y cerca: playas, lagos, ríos, termas, montañas, nieve". Ni el mismísimo Neruda habría sido tan elocuente, don Sebastián, que bella y conmovedora descripción de nuestro sur profundo. Todo parece indicar que para salvar de la indiada esas bellas termas y canchas de esquí, Piñera estaría deseoso de ver avanzar los Leopard, las fuerzas especiales, y hasta una DINA 2.0 sobre el territorio mapuche, mientras en las escuelas se imparte un mapudungún muy bonito y, claro, muy valioso. La pobreza que hoy viven los pueblos originarios del sur se debe al despojo sistemático de sus tierras ancestrales. Al robo de que han sido víctimas desde lo más hondo de nuestra historia, pese a la heroica defensa que han desplegado sin tregua, siempre contra fuerzas incontrarrestables: ejércitos, burocracia venal, dinero, corruptela, codicia sin límite. Sólo una Ley Antiterrorista como la que sueña Piñera, con mano dura y tolerancia cero, terminará por hacer explotar el polvorín de una guerra étnica donde no va a quedar indio pícaro con cabeza. Y de las cabezas de los huincas pícaros, como el candidato-poeta de los andariveles y los spa, ni hablar.