Vivir en la meseta no es sencillo. No llueve, la tierra es árida. Las pocas lagunas que se ven sólo ofrecen agua salada. En invierno, la nieve y el viento son impiadosos, las temperaturas rondan los treinta grados bajo cero. La incomunicación es total. No hay sistema de radio ni senderos. Las casas están a más de una hora de viaje unas de otras. Un viaje por caminos de piedra que se vuelven, de a ratos, intransitables. La Nación (Buenos Aires), 18 de marzo de 2002.



